Literatura

El hombre que nunca estuvo allí

Mi infancia transcurrió entre casas en llamas y ángeles de barro. Solía caminar en círculos hasta marearme, y gestar abyectas fantasías piromaníacas dentro de mi ser. Sé puede decir que nunca fui una niña normal.

Por Julieta Mora

Mientras subía las escaleras

conocí a un hombre que no estaba allí.

Él no estaba allí otra vez hoy…

¡Cómo desearía que se fuera!

-William Hughes Mearns, “Antigonish” (1899).

Mi infancia transcurrió entre casas en llamas y ángeles de barro. Solía caminar en círculos hasta marearme, y gestar abyectas fantasías piromaníacas dentro de mi ser.

Sé puede decir que nunca fui una niña normal. Bueno, para ser sincera, quizás lo fui alguna vez. Claro, hasta que vi a Otto observarme desde la otra punta del jardín.

Él se acercó a mí el primer día, e hicimos pasteles de lodo llenos de gusanos y lombrices. Dijo que yo era su nueva princesa, y que por lo tanto, él sería mi rey.

-¿Y eso qué significa? – dije, dubitativa.

-Que vas a hacer todo lo que yo te diga – respondió, con voz firme.

Al ser una tímida criatura, no tuve más remedio que obedecer los deseos de aquel hombre.

Agarró mi brazo y hundió su uña larga y afilada en mi piel, trazando un corazón deforme que jamás se borraría. Desde entonces, pasé de soñar con castillos y vestidos de tonalidades rosáceas a imaginar lo más extraño e inabarcable para una mente infantil.

El principio de mi perdición fue cuando rocié con gasolina la cama de mis padres. Ellos dormían, y según el reloj, eran las dos y seis minutos de la madrugada. Dejé caer un fósforo encendido, y se prendió fuego casi instantáneamente.

Huí de mi casa, mientras oía detrás de mí los aullidos de dolor de parte de mis padres, que estaban siendo quemados vivos. Me reuní con Otto en la esquina, lejos del incendio.

-Ya lo hice -anuncié, temblorosa-. Ahora, ¿qué hago…?

-Pedí ayuda -susurró-. Y por nada del mundo menciones lo que hiciste.

Y así fue. Corrí por el barrio, con lágrimas de cocodrilo corriendo por mis mejillas. Llegué hasta la comisaría más cercana, y llorando, les dije a los policías que mi casa estaba consumiéndose entre las llamas.

Cuando llegaron tanto ellos como los bomberos y las ambulancias, la vivienda ya estaba prácticamente reducida a cenizas. Mientras apagaban el fuego, miraba desolada el desastre que yo había hecho. Detrás mío, Otto parecía sonreír.

Me trasladaron a una nueva familia. Mis padres adoptivos eran cariñosos y en realidad, me hacían recordar a mis verdaderos padres. Vivimos meses en tranquilidad, hasta que una tarde, haciendo ángeles de barro en el patio de mi hogar, volví a ver a Otto surgir de las sombras.

-Alejate -gemí-. No quiero ser tu princesa, nunca más.

-El pacto está hecho, señorita -rió con malicia-. Mirá tu brazo.

Y en efecto, la marca seguía ahí, cicatrizando, pero jamás sanando. De hecho, parecía tomar una tonalidad morada, y ahora ardía, más que nunca.

Estaba condenada.

Esa noche, me acerqué con la caja de fósforos y la gasolina a la cama de mis nuevos padres. Estaba nerviosa, pero ya no había vuelta atrás. De repente, me doy cuenta de que las camas están vacías. Escucho una voz femenina detrás mío, que grita:

-¡Ya!

Y ambos, marido y mujer, me agarran de pies y manos, dejando caer mis pruebas incriminadoras.

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Más tarde me encuentro siendo interrogada por varios adultos. Son médicos. Me preguntan, ¿por qué lo ibas a hacer, Delfina?

-Es Otto… el hombre… ¡ese hombre! -exclamé, al verlo en un rincón de la habitación, sonriendo perversamente-. ¡El que está allí!

Pero nadie lo vio. Tampoco me creyeron.

Así que ahora escribo esto dentro de estas paredes blancas, donde nadie puede verme. No puedo escapar de esta habitación, pero tampoco del recuerdo… y de la presencia de aquel hombre que no estuvo allí, y que tampoco está aquí hoy, en realidad.

Este hombre está dentro de mí. Sin embargo, yo soy su rehén y no podré escapar, a menos que alguien me salve.

Sólo espero que aquí, tras estas paredes blancas, me puedan salvar de este infierno.

Y mientras tanto, Otto está en el rincón, sonriendo.

-Bien hecho, mi princesa.

Cuento originalmente publicado en xgraduallythensuddenlyx.wordpress.com

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