Amor Literatura

Una revelación de amor

Una pérdida duele. No importa cuán cercanos fuimos con esa persona o si la relación comenzó tarde o murió en el camino. Ya nada importa. Las pérdidas duelen.

Cuento escrito por Lucía Duarte

Una pérdida duele. No importa cuán cercanos fuimos con esa persona o si la relación comenzó tarde o murió en el camino. Ya nada importa. Las pérdidas duelen.

 

Se llamaba Javier. Lo conocí cuando entró en segundo año, al mes nos hicimos amigos y para mitad de año ya éramos mejores amigos. Era hermoso poder tener alguien con quien compartir tus pensamientos y tener tanto en común. La mayoría de mis amigas eran las típicas adolescentes que no les interesa nada salvo las cosas de adolescentes (tomar, salir, hablar por teléfono, etc.), en cambio a mí me encantaba la política, la música, la literatura, el teatro, la filosofía. Con ninguno de mis amigos podía contar para hablar de estas cosas, salvo canciones o artistas del momento aunque muchas veces ni eso, a ellas les gustaban las Spice Girls y a mi Oasis. Pero con Javier… con él podía hablar de todo y lo que sea, debatíamos a pesar de pensar lo mismo en varios temas y nos divertíamos muchísimo.

 

En octubre, una par de semanas antes de mi cumpleaños lo invité a mi casa. Me iba a declarar, decirle todo lo que sentía por él, ya tenía todo planeado. Cuando llegamos, jugamos al desfile. El juego consistía en desfilar y al llegar al final de la “pasarela” decir una frase de algún filósofo, el que decía la mejor frase ganaba. Como yo no tenía ropa linda, fuimos al cuarto de mis padres, ellos vivían viajando por negocios (por lo que mi hermano y yo nos quedábamos con Techi, la niñera) y nunca se darían cuenta. Fui al armario de mi mamá y encontré un vestido rojo con tacos combinados que me iban bastante bien, Javier fué al de mi papá y mientras revolvía todo paró y me dijo “no me gusta nada, a ver qué tiene tu mamá”. Entre tanto buscar encontró un vestido azul con unas sandalias negras que le iban chiquitas, se lo puso y me dijo “Y si nos maquillamos?”. Le contesté un sí lleno de euforia y con una sonrisa enorme, aunque por dentro… No sé cómo estaba mi cara ese día, lo que sí sé es que estaba completamente sorprendida, no entendía nada no me cuadraban las cosas y me sentía horrible por eso, por el hecho de ser tan cerrada.
A partir de eso estuve muy pensativa, volviendo sobre lo mismo todo el tiempo, Javier se dió cuenta por lo que en un momento me dijo “qué te pasa, Sócrates? Estás muy pensativa hoy”, le respondí “nada, Aristóteles, nada. Estoy pensando una buena frase para ganarte”. Nos decíamos así, por nombres de filósofos o políticos famosos. En parte lo que dije era cierto, siempre me ganaba con muy buenas frases.
En la última ronda yo iba primero y él la cerraba, ahí veíamos quién ganaba. Desfilé y dije “El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona.” Desfiló él con el vestido azul y las sandalias, se paró en el final y con un movimiento de cabeza y mano muy peculiar dijo “scio me nihil scire o scio me nescire.” Claramente me había ganado.

 

En el colegio cumplimos nuestra rutina de siempre, desayunar en el primer recreo y hablar todo lo que no podíamos hablar mientras estábamos en el aula. Siempre nos quedábamos cinco minutos más después de terminado el recreo y venían las monjas a retarnos. Nos castigaban con más tarea en todas las materias, la cual no era un castigo del todo pero lo aceptábamos, aunque les hacíamos creer que nos molestaba para que el “castigo” no sea peor.

 

Cuando terminamos la secundaria ambos tomamos caminos casi diferentes. Él decidió seguir la docencia y se inscribió en un terciario. Yo también quería seguir docencia con la diferencia de que curse la carrera en Letras.

Nos juntabamos seguido con algunos compañeros del secundario, tomábamos mate en la plaza o mirábamos una película en la casa de alguno. Ambas excusas para hablar de lo mal que la pasamos en el colegio católico al que íbamos. Discutíamos lo que nos “enseñaban”. Cuando crecimos cambiamos nuestra mentalidad acerca de muchas cosas, la religión, la política, etc. Pero nunca nos atrevimos a hablar de la sexualidad, nos quedamos con lo que el colegio nos marcó: “los nenes con las nenas y que no se diga más.”

El primero en abrir la conversación en grupo fue Javier, “vieron que dicen que el Sida es una enfermedad de gays? Me parece una estupidez abismal. Que me dicen ustedes?”, todos nos miramos como estúpidos sin saber qué contestar. Le contesté que no me parecía que sea una enfermedad de una determinada orientación sexual, que también me parecía una estupidez. Los demás hablaron con temor, pensábamos todos lo mismo pero había miedo, miedo de no sé qué. La conversación sobre la sexualidad y las enfermedades venéreas se hizo extensa. Hablábamos de eso todo el tiempo y el tema no faltaba cuando nos juntábamos con nuestros compañeros. Nuestra educación había sido pobre en esa materia, tan pobre que nunca nos enseñaron nada. Por nuestros medios nos informábamos para tratarlo luego juntos.

 

Un día, Mariano, uno de nuestros compañeros, se abrió con nosotros y dijo “tengo sida”. Lo tiró como una bomba atómica pero se notó que para él fue tan liberador que lo hizo llorar. Todos nos miramos con la misma cara de sorpresa menos Javier. Él estaba con una sonrisa y dijo “no llores”. Un “no llores” con esa voz tan dulce y calma que sólo Javier tenía. Después de decirle eso, se levantó y lo abrazó.

Mientras todo esto sucedía nosotros seguíamos con la misma cara de sorprendidos, de seguro por las cabezas de todos pasaba si sería contagioso por compartir mate o lo que sea. Me sentía igual de rara que cuando lo vi a Javier con el vestido azul y maquillado, esa sensación no me gustaba y me hacía sentir completamente horrible. Corté todo, me levanté y abracé a Mariano. Javier me sonrió.

 

No vi a Javier en toda esa semana, él estaba con parciales y yo también. Hablamos por teléfono, me dijo de vernos el próximo fin de semana y que tenía una sorpresa para mí. La semana siguiente estuve pensando en qué sería la sorpresa. Pensé desde un libro de filosofía hasta que me iba a pedir de ser novios. “Ojalá” me decía a mi misma. Nunca le pude confesar todo lo que sentía y de grande no me daba la cara, me sonaba muy cursi.

Quedamos de encontrarnos a las dos de la tarde en nuestro bar preferido. Como de costumbre llegué tarde y vi que una mujer estaba en nuestra mesa preferida. Era morocha y parecía un hombre. A la distancia no veía bien, me acerqué y le dije que estaba reservado y si podía ir a otra mesa, con un buen tono de amabilidad. Me respondió “ay boluda! Qué no me conoces?”. Era Javier. Me fui corriendo hasta mi casa, llegue y me tiré a llorar en mi cama. Creo que la razón principal por la que lloré era el hecho de haberlo dejado sin decir nada. Me sentí horrible de nuevo, la sensación había vuelto.

 

No hablé con Javier hasta las vacaciones de invierno, me llamó él. Yo nunca tuve el valor de llamarlo. Con su voz dulce me dijo de vernos de nuevo, en el mismo bar a la misma hora el sábado próximo. Y que ésta vez no me asuste. No sabía si reírme o qué. Ya me empecé a sentir mal de nuevo.

Fui y llegué media hora antes. Cuando Javi entró me miró y dijo “alabado sea el señor, llegaste temprano!”, me hizo reír. Pedimos dos capuccinos sin canela y un tostado que siempre compartíamos. Antes de que hablara le pedí perdón y le dije que lo quería mucho. Me dijo que él también pero no de la misma manera que yo lo había querido todos estos años. Me empezó a contar que él no se sentía bien consigo mismo, que no se veía ni sentía Javier, se sentía Carolina y que ahora quería que empiece a decirle Carolina. Me dijo también que en el terciario la miraban mal. Que le decían cosas horribles y le preguntaban cuánto cobraba. Que la echaron del trabajo y del departamento y la estaba pasando mal. Le dije si quería vivir conmigo, que obvio no había problema. Dijo que sí y nos fuimos. La ayudé a mudarse y en la transición. Hicimos una reunión con nuestros amigos y se presentó como Carolina, antes de que llegara yo les había contado y les dije que no juzguen ni se sientan mal o raros. Que seguía siendo una buena persona y la misma de siempre salvo que ahora era mujer. Cuando llegó Carolina, hizo su entrada y se presentó. Todos se levantaron y con una sonrisa aplaudieron. Yo estaba en la puerta, tratando de no sentirme mal, de cuadrar todo. Fui y la abracé.

 

Un día llegó de cursar y estaba llorando, se fue corriendo hasta el  baño, la seguí y me contó lo mal que la estaba pasando en el terciario. Que le decían de todo y la miraban mal, que incluso los profesores participaban en esto. Que los directivos y los psicólogos del colegio le preguntaban cosas, si se sentía bien, de su infancia, con qué frecuencia tenía relaciones. La humillaban. Me dijo que ya no quería vivir más. Le dije que no, que no hable estupideces, que la quiero y la querían todos nuestros amigos. Que podía cambiarse de colegio, que yo la iba a ayudar.

Me dijo que no quería dejar el colegio, quería seguir, sentía pasión por eso. Le contesté que no podía seguir ahí si la estaba pasando mal. Quedó todo en la nada, siguió yendo al colegio.

 

Me acuerdo que era 13 de octubre, un día antes de mi cumpleaños. Como siempre, mi casa llena de comida y guirnaldas. Una torta gigante hecha por Nati y Mariano. Faltaba Caro, justo cursaba ese día y la estábamos esperando. No llegaba, venía retrasada. Cuando me cantaron el feliz cumpleaños, sonó el teléfono. Era Caro diciéndome que me quería mucho y que lamentaba que yo me haya desilusionado tanto. Antes de que pueda responderle cortó. Al día siguiente me llamó su mamá diciendo que se había tirado bajo las vías tren.

 

En su funeral estuve desde el principio al fin. Ahí, frente a su tumba, me declare. Al fin tuve valor.

Derechos literarios reservados a Lucía Duarte, miembro de Humanidad.


Leer más: Mi corazón en tus manos.

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