Literatura Vida

El arte de morir, según Sylvia Plath

Sylvia Plath nació en Boston el 27 de octubre de 1932, en el barrio de Jamaica Plain. Su padre y su madre habían sido respectivamente profesor y alumna en una universidad, y había una amplia diferencia de edad entre ambos...

Por Julieta Mora

Hoy a la madrugada todavía estaba dando vueltas en mi cama. Se suponía que me había curado del insomnio por completo, pero el desvelo había regresado a mi habitación. Entonces, somnolienta, recordé que hacía un par de horas que habían dado las doce en el reloj.

“Hoy es 11 de febrero”, me dije.

En este día, se cumplen cincuenta y cinco años de que Sylvia Plath metió la cabeza en el horno, dejando abierto el gas.

Pero, algunos se preguntarán, ¿quién fue esa mujer? Para los hispanohablantes no nos es muy familiar su nombre. Más relevante nos será el de Alejandra Pizarnik, o el de Alfonsina Storni, por citar un par de casos. ¿Cuál fue su importancia en este mundo, en esta vida, más allá de su macabra decisión?

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Sylvia Plath nació en Boston el 27 de octubre de 1932, en el barrio de Jamaica Plain. Su padre y su madre habían sido respectivamente profesor y alumna en una universidad, y había una amplia diferencia de edad entre ambos. Otto Plath falleció cuando Sylvia tenía ocho años de edad, debido a una diabetes mal tratada. Este hecho marcó profundamente a la niña, quien siempre le reprochó a su madre, Aurelia, no haber llorado jamás por este hecho.

A pesar de siempre haber visto la figura de su padre como la de un juez, atento a sus movimientos y los de su hermano Warren, la perfección de Sylvia puede deberse a la severidad de su madre, quien la regañaba por pintar saliéndose de los bordes, en vez de felicitarla por sus trabajos. O en el ámbito literario, en el que dio sus primeros pasos en la época cercana a la muerte de su padre, publicando su primer poema. Le decía que en vez de imprimir las palabras, las escribiera.

Además de escribir, pintar y tocar el piano, Sylvia era dueña de un gran coeficiente intelectual. En uno de los tests consiguió la excepcional puntuación de 160. Pero esto no la salvaría de su pena, tan honda y persistente.

En su adolescencia, además de concentrarse en ser la mejor alumna de su clase, Plath se esforzaba por salir con la mayor cantidad de chicos posible, a tal punto que lo anotaba todo obsesivamente en su diario, cuántas veces había invitado ella, cuántas veces los muchachos, etcétera. Abandonó su nombre Sylvia por el apodo “Sherry”.

Sin embargo, Sherry no tardó en quedarse atrás. Sylvia estaba de nuevo en la ruina emocional. Tras la desilusión amorosa con su novio Dick Norton, quien le fue infiel, una pasantía en la revista de moda Mademoiselle, entre otros sucesos, cayó en depresión una vez más.

Fue entonces que Sylvia tuvo su primer roce con la muerte.

A los diecinueve años, se ocultó en una parte poco accesible del sótano de su casa, e ingirió una considerable cantidad de pastillas para dormir. Fue descubierta dos días después por Warren, quien oyó gemidos. Ella estaba inconsciente, cubierta de su propio vómito.

Tras recibir terapia de electroshock, Sylvia consiguió una beca para estudiar en Cambridge, lo cual la anima en parte. Tras leer en una revista algunos poemas del poeta laureado Ted Hughes, acude a una fiesta donde estaba él presente. Él la seduce, y según el diario de Plath, ambos terminan en una habitación, en la que él le besa violentamente el cuello y ella le muerde la mejilla con fuerza, al punto de hacerle sangrar.

Tiempo después, Ted y Sylvia contraen matrimonio. Ella cree haber conseguido todo lo que buscaba en su vida: un hombre que le amara. Pero no todo es de color rosa en la relación Hughes-Plath. Su marido le empieza a ser infiel con varias mujeres, aún luego del nacimiento de los hijos de la pareja, Frieda y Nicholas. Además, Sylvia está deprimida porque siente que ella debe ser la sumisa de la relación, mientras que Ted desarrolla su brillante carrera literaria. Sin embargo, ella ya había publicado un libro de poemas, el que igualmente tuvo mala recepción. Más tarde publicaría una novela semiautobiográfica, titulada “La Campana de Cristal”.

Hughes deja finalmente a Plath por la poeta Assia Wevill.

Y, la madrugada del 11 de febrero de 1963, Sylvia se despierta a las seis de la mañana. Les deja el desayuno listo a sus hijos, y se encierra en la cocina. Sella las rendijas de la puerta con toallas. Mete la cabeza en el horno, y abre el gas.

Sylvia Plath había muerto para ser perfecta, cuestión que la había angustiado toda su vida.

Ted Hughes se haría cargo de la obra de su ex mujer hasta su muerte, en los años noventa. Se dice que él fue abusivo en la relación, y que se aprovechó del legado de Sylvia. Recientemente, Nicholas, el hijo de ambos, se suicidó ahorcándose. Frieda, la mayor, tuvo una historia de depresión y trastornos alimenticios.

La oscuridad parece no abandonar a la familia Hughes-Plath.

Si quieren pueden hoy buscar la película de Sylvia, titulada simplemente de esa forma, protagonizada por Gwyneth Paltrow. Cerraré esta nota con la siguiente cita de la propia poetisa.

Morir

Es un arte, como todo lo demás,

Yo lo hago excepcionalmente bien.

 


Leer más: La Esperanza

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