
En el mundo nos encontramos con muchas instituciones. Cada una con características específicas para el sector al que debe atender.
Desde muy jóvenes podemos notar las diferencias sociales y el poder de las diversas clases.
Una persona que mata para comer, merece ir a la cárcel. Pero, al mismo tiempo, tiene el derecho a que el Estado la proteja y la haga evolucionar como ser humano para que no vuelva a apelar al robo ni a la violencia.
Las condiciones de los prisioneros en cárceles comunes son deplorables. Para ninguna persona es lindo vivir encerrado. Claro, las situaciones de rigurosidad y maltrato varían de país en país.
Sin embargo, no hay que dejar de destacar que si un empresario, militar o político comete una actividad ilícita, recibe un trato especial. Diferente. Puede disponer de espacios más agradables y sanos y hasta gozar de prisión domiciliaria.
Entonces, ¿acciones de igual valor, conducen a resultados muy diferentes?
Traslademos esto a la salud mental. Los menores y mayores de la sociedad viven con traumas, desavenencias y problemas cotidianos, que podrían ser subsanados yendo al psicólogo un par de años, practicando yoga o tomando el café con un familiar o un amigo del alma todas las semanas, si se da la ocasión. Son algunas de las posibilidades como seres humanos creativos y expansivos que somos.
Pero cuando alguien sufre una enfermedad mental crónica o un desequilibrio emocional que puede poner en juego su vida, la gente del entorno (familiares, amigos, autoridades, profesionales), decide su internación. Aquí es donde nos encontramos con un nuevo tipo de encierro que, en su intención básica, trata de beneficiar al privado de su libertad para hacerlo retornar mejor preparado para enfrentar la realidad – la dura realidad – del «afuera».
El acceso a la salud es un derecho. Ahora, ¿un chico con una prepaga como Osde, es alojado en el mismo lugar que un joven sin ese beneficio? No. Seguro que no. Eso debe hacernos reflexionar e impulsar que desde el Estado se instrumenten los medios para que el trato sea igualitario y justo para todos. De excelencia, de ser posible.
Pero a pesar de esta conclusión, me sigue rondando en la cabeza una pregunta: ¿merece un ser humano estar encerrado?
En el mundo nos encontramos con muchas instituciones. Cada una con características específicas para el sector al que debe atender.
Desde muy jóvenes podemos notar las diferencias sociales y el poder de las diversas clases.
Una persona que mata para comer, merece ir a la cárcel. Pero, al mismo tiempo, tiene el derecho a que el Estado la proteja y la haga evolucionar como ser humano para que no vuelva a apelar al robo ni a la violencia.
Las condiciones de los prisioneros en cárceles comunes son deplorables. Para ninguna persona es lindo vivir encerrado. Claro, las situaciones de rigurosidad y maltrato varían de país en país.
Sin embargo, no hay que dejar de destacar que si un empresario, militar o político comete una actividad ilícita, recibe un trato especial. Diferente. Puede disponer de espacios más agradables y sanos y hasta gozar de prisión domiciliaria.
Entonces, ¿acciones de igual valor, conducen a resultados muy diferentes?
Traslademos esto a la salud mental. Los menores y mayores de la sociedad viven con traumas, desavenencias y problemas cotidianos, que podrían ser subsanados yendo al psicólogo un par de años, practicando yoga o tomando el café con un familiar o un amigo del alma todas las semanas, si se da la ocasión. Son algunas de las posibilidades como seres humanos creativos y expansivos que somos.
Pero cuando alguien sufre una enfermedad mental crónica o un desequilibrio emocional que puede poner en juego su vida, la gente del entorno (familiares, amigos, autoridades, profesionales), decide su internación. Aquí es donde nos encontramos con un nuevo tipo de encierro que, en su intención básica, trata de beneficiar al privado de su libertad para hacerlo retornar mejor preparado para enfrentar la realidad – la dura realidad – del «afuera».
El acceso a la salud es un derecho. Ahora, ¿un chico con una prepaga como Osde, es alojado en el mismo lugar que un joven sin ese beneficio? No. Seguro que no. Eso debe hacernos reflexionar e impulsar que desde el Estado se instrumenten los medios para que el trato sea igualitario y justo para todos. De excelencia, de ser posible.
Pero a pesar de esta conclusión, me sigue rondando en la cabeza una pregunta: ¿merece un ser humano estar encerrado?
DALO A CONOCER