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Soñar con Dios

A continuación, Humanidad les deja un relato ficticio. Con el ánimo de que se entretengan y disfruten:

Paz veía a través de la ventana de su cuarto un cielo nublado, gris, a punto de escupir relámpagos. Se encontraba en la casa de su tío. Allí, pasaba los fines de semana junto con su padre y, claro, su tío. Algunas mañanas, veía un rayo de luz, que se colaba por una de las hendijas de la persiana de madera. Y le fue entrando una obsesión: salir a buscar la fuente de aquella luminosidad, tan persistente que inexplicablemente le interesaba.

Salió entonces, en uno de esos «finde», de la cabaña, ubicada en el claro de un inmenso bosque. E inició un recorrido de 12 o 13 minutos hasta sorprenderse de manera extraordinaria. La energía no provenía del sol, sino que salía de un círculo que se encontraba a unos pocos metros, dentro de un ancho río. Además del susto, Paz no quería mojarse y, por qué no reconocerlo, tenía miedo de ser alcanzado por un relámpago, algo usual, según contaban los lugareños. Temblando, tomó una piedra de mediano tamaño y la arrojó sobre esa rara luz. Luego del impacto, una voz logró estremecerlo aún más.

– ¿Qué hacés niño?, se dejó escuchar el sonido que emergía de la profundidad más clara, a esa altura, casi enceguecedora.

Por toda respuesta, como una hoja arrastrada por el viento, salió como un petardo aturdido por el sonido grave y fuerte que lo interpelaba, rumbo a la cabaña.

Corriendo más rápido (eso creyó) que el velocista negro más renombrado del mundo, Usain Bolt, se tropezó con unas ramas, desvaneciéndose junto a un gigantesco árbol. Al despabilarse, una tortuga que le pareció tan enorme como el legendario George, de Galápagos, empezó a mordisquearle la nariz: «Por qué ir tan rápido, siempre es mejor tener los pies en la tierra y caminar lento, pero sobre seguro, hacia un objetivo que nos haga sentir vivos y con esperanzas».

No podía creer lo que le estaba sucediendo. Se frotó los ojos y en ese momento escuchó a su tío Mario que, al tiempo que abría las persianas de par en par, palmeaba llamando a desayunar. Paz salió de su arrobamiento, y vió a la tortuga «Panchita». Chiquitita ella, pero movediza y (eso le pareció) con un ojito haciéndole un guiño de complicidad. Una lámpara se prendió sobre la cabeza de Paz: mejor paso a paso, haciendo frente a los desafíos, mirando de frente en busca de claridad. La naturaleza es sabia, por algún lado se expresa, pensó y se pensó a sí mismo, insignificante y al mismo tiempo milagroso.

El café con leche con tostadas lo esperaba en la rústica mesa del comedor. Afuera, las nubes eran corridas por el cielo azul.

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Escritor y estudiante. Fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad.