Por Luis Vinker (Clarín)
La semana pasada, cuando Haruki Murakami fue distinguido con el premio Princesa de Asturias junto a Meryl Streep y al maratonista Eliud Kipchoge, volvió a referirse a la música. Es un reconocido melómano y la música es parte inseparable de sus obras. “Al levantarme y cuando empiezo a escribir escucho música clásica. Cuando corro o conduzco el coche, escucho rock y por la noche, jazz», contó en un encuentro con los estudiantes en Avilés. El escritor japonés regenteó, en sus comienzos, un bar de jazz, antes de dedicarse a la literatura a tiempo completo. A esta altura se lo podría considerar un erudito hasta en la música clásica: su libro “Música, sólo música”, síntesis de las conversaciones con el notable director Seiji Ozawa, es el ejemplo. Otros de sus textos renovaron en Japón el interés por la “Sinfonietta” de Janacek (que aparece en 1Q84) o por las obras de Liszt, a las que alude en “Los años de peregrinación del chico sin color”.
Pero el libro que disparó la popularidad de Murakami, primero en su país y luego en Occidente, fue “Tokio Blues”, también titulado “Norwegian Wood”. No hay misterio: se inspiraba en la canción que Los Beatles incluyeron en su álbum Rubber Soul, grabado en 1965 y que se recuerda como otro de los instantes decisivos en la saga de los Fabulosos Cuatro. Por ejemplo, allí tocaron por primera vez un sitar, con el que ya venía experimentando George Harrison. También se mencionó la influencia de Bob Dylan sobre Lennon – el compositor de Norwegian Wood -, algo que enfureció alguna vez… a Dylan. En Rolling Stone calificaron a Norwegian Wood como “uno de los mejores temas jamás grabados por Los Beatles, pura perfección. Rubber Soul fue un momento histórico en la carrera de Los Beatles. El disco vio a la banda avanzar en su sonido como nunca antes y demostrar que estaban muy por encima de cualquier otro grupo del planeta. ‘Norwegian Wood’ fue un momento conmovedor del disco, en el que Los Beatles abrazaron el cambio”.
La obra de Murakami comienza cuando un treintañero japonés, Toru Watanabe, llega a Hamburgo y escucha Norwegian Wood. Suena lógico: esa ciudad alemana fue punto de despegue para la banda de Liverpool.

Norwegian Wood (Madera Noruega) transporta a Watanabe a sus tiempos de adolescente. Y el libro, luego, nos hablará de los sueños y frustraciones, confusiones y sentimientos, de la misma generación de jóvenes japoneses.
“Aquella noche Naoko habló mucho, algo poco frecuente en ella. Me habló de su infancia, de su escuela, de su familia. Cada relato era largo y detallado como una miniatura (…) Puse un disco, luego otro, cuando los escuché todos, volví a empezar por el primero. Naoko sólo tenía seis discos, el primero era Sargent Pepper’s y el último, Waltz for Debbie, de Bill Evans. Al otro lado de la ventana seguía lloviendo, el tiempo discurría despacio y Naoko continuaba hablando sola”.
Un pasaje de Murakami
Mucho después, otro de los temas del mismo disco Rubber Soul inspiró un nuevo relato de Murakami. Se trataba de Drive my car, sobre el cual Murakami escribió Hombre sin mujer. En definitiva, Los Beatles convertidos en la “banda sonora” para los relatos de Haruki Murakami.
En el encuentro con los estudiantes en Avilés – todos jóvenes, menores de 18 -, Murakami aportó otras curiosidades. Por ejemplo, su descubrimiento de la literatura de adolescente: Stendahl, Dostoievski, Tolstoi, para llegar luego a los clásicos occidentales. Dijo que no se consideraba portador “de ningún talento en especial”. Y reivindicó la pausa y la tranquilidad necesarias para leer: “Hay cosas y pensamientos que se pueden transmitir solamente cuando se toman con calma y despacio. Yo prefiero una vida tranquila. Estoy feliz solo con tener conmigo libros, música y gatos. Aun así, me alegro mucho de que me lea mucha gente”.
La próxima novela de Murakami se editará en 2024 bajo el título “La ciudad y sus muros inciertos”. Ya anticipó que recupera un texto de hace varias décadas y donde el protagonista “va y viene entre dos mundos. Un mundo está rodeado de altos muros y no es posible salir. En su interior, la gente vive una vida pacífica. Nadie alberga deseos, nadie sufre. El otro mundo es el mundo en el que vivimos tú y yo, donde pasamos por el dolor, el deseo y las contradicciones. Tiene que elegir en cuál quiere vivir».
Pero el tema de los muros es de penosa actualidad. En los instantes en que Murakami, Streep y Kipchoge eran premiados en Asturias, conmovía la masacre en Israel y recrudecían los tambores de guerra, que tampoco se acallaron en Ucrania.
“En mis novelas, los muros son reales. Pero desde luego, al mismo tiempo existen muros metafóricos. Para mí, los muros son cosas muy significativas. Soy un poco claustrofóbico. Si estoy encerrado en un espacio reducido, puedo sufrir un leve pánico. Por eso pienso con frecuencia en los muros”.


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