Cultura

Un proverbio de creación anónima, popular y colectiva

Días pasados, a propósito de una expresión letal de Milei hacia Cristina, Humanidad tituló una nota "Los muertos que vos matáis...". Aquí Fernando Sorrentino, indaga sobre su origen, que entretiene a la vez que instruye.

Por Fernando Sorrentino (Letralia)

En su edición del 29 de diciembre de 2005, el diario argentino Página 12 exhibió, en su contratapa, un artículo titulado “Izquierda”, firmado por el conocidísimo narrador y ensayista David Viñas (1927-2011). El trabajo en cuestión está precedido por este preciso epígrafe:

“Los muertos que vos matáis
gozan de buena salud”.

José Zorrilla, Don Juan Tenorio, 1844.

El cual es utilizado por don David como “apelación a la autoridad” para respaldar los argumentos que despliega a continuación, y que no está en mis intenciones ni aprobar ni rebatir.

En cambio, debo consignar que, si bien es cierto que el Don Juan Tenorio de Zorrilla data del año 1844, esta verdad se torna irrelevante ante el hecho de que ninguna persona de este u otro mundo podría hallar la proposición “los muertos que vos matáis gozan de buena salud” en dicha obra teatral. Y no por falta de aplicación o de buena voluntad, sino porque José Zorrilla se abstuvo de redactarla.

En el libro Descanso de caminantes. Diarios íntimos (Buenos Aires, Sudamericana, 2001) Adolfo Bioy Casares (1914-1999) escribe::

Mi secretaria me preguntó el origen de la frase “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”. Afirma que yo le dije que era del Don Juan, de Tirso o de Zorrilla; me parece increíble, porque no tengo ningún recuerdo al respecto. Borges ignora la procedencia de la frase.

Tras la palabra “salud”, Bioy introduce una llamada y, al pie de página, consigna: “Me aseguraron que es de Don Juan, de Tirso de Molina”. En rigor, aunque su protagonista es don Juan Tenorio, el drama de Tirso se titula El burlador de Sevilla y convidado de piedra.

Ni Tirso de Molina ni José Zorrilla: ‘el origen es Juan Ruiz de Alarcón. En general, no me gustan las comedias con disfraces, ni con hermanos gemelos, ni con personas idénticas, ni con juegos de enredos y confusiones. Sin embargo, debo admitir que – aun con el equívoco entre Jacinta y Lucrecia -, siento especial debilidad por La verdad sospechosa. La intención moralizante de Juan Ruiz de Alarcón pone de relieve los efectos deletéreos del vicio de mentir, pero lo cierto es que el embustero don García, exornado de jactancias e imprudencias, me resulta, psicológicamente, muy simpático.

Se supone que, como suele ocurrir en otras obras, le está reservado al criado el papel del gracioso (Clarín, en La vida es sueño; Catalinón, en El burlador de Sevilla, etcétera, etcétera); el caso es que, en La verdad sospechosael verdadero gracioso no es el criado Tristán sino el galán: el mismísimo García.

En el acto III, escena VII, don García se regodea en relatarle a Tristán la imaginaria pelea que sostuvo con don Juan de Sosa, según la cual le abrió

                     en la cabeza
un palmo de cuchillada.

Tristán queda, desde luego, atónito:

Tristán:   ¡Qué suceso tan extraño!
                   ¿Y si murió?

García:                             Cosa es clara,
                   porque hasta los mismos sesos
                   esparció por la campaña.

Tristán:   ¡Pobre don Juan..! Mas, ¿no es este
                   que viene aquí?

Así es: en ese mismo instante, el muerto cuyos sesos fueron esparcidos por la campaña aparece, sano y salvo, conversando con don Beltrán, el padre de García.

La verdad sospechosa data de 1630.

Del español (Ruiz de Alarcón) al francés (Corneille). En 1644 Pierre Corneille estrena Le menteur, que constituye una suerte de imitación y reelaboración de aquella comedia.

LEER MÁS:

Los muertos que vos matáis…

En la interesante y explicativa nota en Infobae, Jesica Bossi, incluye una frase sorprendente en la relación entre «¡Ave Milei!» y la vapuleada Cristina Kirchner: «Lejos de colocar el último clavo, lo que hace es sacarla del ataúd». ¡Que los lectores juzguen!

El mentiroso se llama ahora Dorante, y su criado, Cliton. Las situaciones se plantean de manera muy parecida a las de La verdad sospechosa: Dorante afirma haber matado a su rival, Alcippe, y éste se les aparece, pleno de alegría, anunciando que va a casarse con Clarice:

Sache donc que je touche à l’ heureuse journée
qui doit avec Clarice unir ma destine. (Sábete, pues, que tocó el dichoso día/que debe unir mi destino con Clarice)

Continúa el diálogo entre Dorante y Alcippe. Entonces Cliton, que presencia el curioso coloquio entre el homicida y el occiso, deja caer la reflexión irónica que se ha hecho proverbial:

Les gens que vous tuez se portent assez bien.

Algo así como

Las personas que vos matáis tienen bastante buena salud.

O, según la traducción, más libre, de María Alfaro:

Observo que vuestros muertos gozan de una salud envidiable.

Y del francés al español. Claro que eso mismo puede decirse de un modo infinitamente mejor:

Los muertos que vos matáis
gozan de buena salud.

Al respecto escribe Héctor Zimmerman:

Lo más probable es que, al pasar a España, los versos alejandrinos de Corneille hayan tomado el metro octosilábico en nuestro idioma: Los muertos que vos matáis / gozan de buena salud. En ambas versiones el sentido sarcástico permanece inalterado; vale para toda afirmación exagerada que los hechos desmienten de manera terminante, dejando en ridículo al fanfarrón que la proclama.

Ahora bien, tanto mi traducción (Las personas que vos matáis tienen bastante buena salud) como la de María Alfaro (Observo que vuestros muertos gozan de una salud envidiable) son muy inferiores a la epigramática contundencia de Los muertos que vos matáis / gozan de buena salud.

En este punto, dejo planteada una pregunta que yo no sé contestar: esos afortunados octosílabos ¿pertenecerán a algún mortal con nombre y apellido, o serán el fruto de una creación anónima, popular y colectiva?

Un hecho parece seguro: en el pasaje de ida y vuelta entre España y Francia -desde Ruiz de Alarcón hasta Corneille, y desde Corneille hasta no sabemos quién-, ambas lenguas afines forjaron el proverbio que hemos pronunciado más de cuatro veces.

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