Pronto se cumplirá un año de la llegada de un avión a Moscú, avión que llevaba parte de la Argentina, con lo más preciado que tiene: su futuro. Más precisamente, ese vuelo -que arribó el primero de agosto del 2024- llevó entre otros a Sofía y Daniel, dos niños nacidos en Buenos Aires, hijos de espías rusos.
Artem Viktorovich Dultsev y Anna Valerevna Dultseva fueron «agentes ilegales» que reportaban al Kremlin, construyendo historias falsas para vivir en la Argentina y así pasar desapercibidos en su objetivo principal: Europa.
Fue en Liubliana, capital de Estonia, donde en diciembre del 2022 descubrieron a los dos «topos», denominación con la que Hugo Alconada Mon tituló su libro sobre este tema. La razones pueden ser dos según el periodista de La Nación: por causa de un traidor, o por una reunión que tuvo la mujer con alguien que estaba «bajo la lupa» de servicios de inteligencia occidentales, levantando así sospechas.
La pareja rusa-no-rusa vivió en la Argentina desde el 2012 al 2017, año en el que dejaron su departamento en Belgrano. Para entonces sus dos hijos -nacidos en el Hospital Italiano porteño- habían vivido su primera infancia en la Capital hablando español, su lengua materna.
Más allá de todos los detalles de la construcción de esta mentira novelesca, disponibles en Internet y libros, ¿quién piensa en el sufrimiento de los hijos de los detenidos?
A Daniel y Sofía podrá explicárseles que sus padres participaron del intercambio de espías más importantes desde la Guerra Fría, en el que se liberaron a otras 22 personas. ¿Pero qué pasó durante el año y medio que estuvieron bajo el cuidado de servicios sociales? ¿Qué ocurre con su identidad?
¿Existe una justificación moral en los objetivos del trabajo, sea o no de espionaje? O por el contrario, ¿podría la falta de moral llevar a engaños que solos nos alejan más del verdadero intercambio? Aquel que es sincero y un poco loco, pero bien intencionado. Aquel que lleva a conocer a los hermanos más alejados, pero de la misma Tierra.


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