Por Héctor O. Becerra (Especial para Humanidad)
La moderación y la humildad de Macarena Cao Gené hizo muy difícil que consintiera en hablar de su monumental tarea en la clínica, la docencia y la edición de sus libros respecto de las infancias vulneradas; pero, es necesario avanzar en uno de los temas más acuciantes y más silenciados por nuestra sociedad.
-Los descubrimientos de Freud han logrado instalar en el imaginario colectivo las fantasías sexuales que tenemos con mamá y papá; pero, resulta que en tu trabajo clínico vas descubriendo que esas fantasías se materializan no sólo en familias de clase baja; sino en padres, madres, tíos, padrinos; inclusive, hermanos, de las más diversas clases socio-económicas…
-Freud sacudió los cimientos de la moral victoriana, al instalar la idea de que niños y niñas atraviesan fantasías edípicas que son deseos hacia uno de los progenitores y hostilidad hacia el otro. Estamos pensando – recalco -, en una familia tradicional. Hay que situarse en la época en que se ha pensado esto que ha sido una revolución; pero, Freud no dijo que esos deseos fueran equivalentes a actos reales; lo que describe son fantasías inconscientes no hechos materiales, él no habla de cuestiones fácticas; sirviéndose del mito griego construye el complejo de Edipo que puede ser pensado como estructura.
Cuando los profesionales de la salud mental en el estudio clínico con niños, niñas, y adolescentes, también con adultos, trabajamos recuerdos encapsulados, encubridores, inconclusos y sin palabras, escuchamos algo más que una fantasía: lo real de lo traumático, lo que se impone como acto y no como un deseo inconsciente infantil. Ahí estamos en otro terreno. Sandor Ferenczi da una conferencia magistral que tiene por título Confusión de lenguas entre el adulto y el niño. El niño que juega y ama lo hace desde el amor tierno y el adulto que responde en clave de pasión genital está en otro carril, en otro terreno, eso no es una fantasía, eso es un abuso, eso es una irrupción violenta del deseo del Otro en el cuerpo y en la idea del niño y eso deja marcas imborrables.
Un niño puede fantasear con casarse con su mamá o eliminar al hermanito recién nacido; pero, eso no quiere decir que esté pergeñando cómo hacerlo, es una ficción constitutiva de un entramado simbólico con el que se construye la subjetividad. Ahora, cuando un adulto, padre, madre, tío, abuelo, docente, cura, médico, enfermera, maestra, actúa sobre un niño, niña o adolescente un deseo sexual, está imponiendo su goce, está ejecutando un acto real con consecuencias reales sobre un sujeto en constitución. Eso es una forma de crueldad que – como mencionaba Rita Segato -, es un acto de crueldad extrema porque no es simplemente un abuso físico; sino que es un atropello subjetivo, una captura de la mente, una invasión del cuerpo de alguien que no tiene los recursos suficientes para comprender, ni defenderse. Muchas veces no puede ni siquiera poner en palabras lo que ocurrió porque fue vivido como cómplice, le han hecho creer eso, fue silenciado, manipulado, muchas veces quedan anulados en su capacidad de simbolizar eso vivido.

-Frente al horror del incesto, la cultura en genera, inclusive, los medios guardan silencio. Es impresionante como el tema se proyecta al lenguaje ya que toda esta cuestión aparece nombrada – si aparece – como “abuso sexual infantil” como si el abuso proviniera de los infantes y no de los adultos. ¿Cuál habrá sido ese recorrido metonímico que hizo que la preposición “contra” se haya extraviado en el camino?
-Lo que está en juego no sólo es cómo se nombra el horror; sino, cómo el lenguaje participa de ese horror cuando encubre, suaviza, desplaza. El incesto es un crimen contra la infancia, contra la cultura; sin embargo, podemos decir que frente a ese horror, la cultura calla.
El incesto es abrumador y no sólo el silencio literal; sino, los modos en que se nombra, el modo en que no se nombra lo que sucede, porque nombrar también es decidir de qué lado estamos. En este caso todo parece estar cuidadosamente diseñado para no incomodar demasiado, no agitar el avispero, no señalar a nadie en particular. Ahí aparece esa categoría aparentemente neutra, desinfectada, mal llamada “abuso sexual infantil”. Ya no podemos seguir hablando de abuso sexual infantil, como si el abuso fuera un atributo del infante, como si el niño tuviera alguna participación activa en esa escena horrorosa.
El lenguaje en ese desplazamiento – al hablar de abuso sexual infantil -, desubjetiva tanto a la víctima como al victimario y eso no es casual en esta época. Es exacto: se pierde la preposición “contra” y ese extravío gramatical no es ingenuo porque decir violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes de algún modo implica señalar la dirección del acto, hay alguien que ejerce la violencia y hay alguien que la recibe y la padece.
Nuestra tarea como psicoanalistas, como trabajadores de la salud mental, como sujetos políticos, es devolverle a la palabra su filo, su potencia, la posibilidad de decir lo que arde, lo que quema, decir incesto, decir violación, decir violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes, nombrar con todas las letras lo que el discurso hegemónico prefiere mantener en las sombras porque sólo lo que se nombra puede ser tramitado, solo lo que se denuncia puede ser enfrentado, solo lo que se reconoce como crimen puede ser reparado y puede tener justicia. Con Jorge Garaventa coincidimos en que la preposición más conveniente es “contra”, porque nombrar contra, es también una manera de empezar a constituir un después.

-¿Es cierto que un estudio del Programa Las Víctimas Contra las Violencias, que recibe denuncias de todo el país, registró que el 26% de los llamados fueron de personas que habían sido abusados durante la niñez?
-Son cifras documentadas en la clínica. Es un fenómeno estructural, transversal, silenciado, que está siendo más visibilizado. El Programa las Víctimas Contra las Violencias dependiente del Ministerio de Salud junto con UNICEF Argentina elaboran informes anuales donde las cifras son alarmantes: en lugar de ir disminuyendo van en aumento.
Acá se abre otra pregunta que es si hay más casos o hay más denuncias. No tengo una respuesta a eso. Sí puedo decir que observo que en muchos lugares de nuestro país se abren lugares donde hay otro acceso a la Justicia y estos niños pueden ser escuchados; pero, hay pueblos pequeños en donde no hay para denunciar, la persona para denunciar tiene que hacer muchos kilómetros. Otra realidad es lo que se llama “cifra negra” que es lo que no se denuncia; entonces, hablar de porcentajes es bastante relativo. La línea nacional 102 es una herramienta fundamental de atención directa a las infancias también arrojan cifras inquietantes.
Y aunque nos nos impactan, no terminan de reflejar la magnitud del problema porque en el campo de las violencias sexuales la cifra negra es mucho más alta que en el campo de otras violencias porque ese niño necesita de un adulto que se la juegue, un adulto que ponga voz, un adulto que deje de ser cómplice silencioso; por eso existe una cantidad de casos que no se denuncian que no se registran; entonces no llegan a las estadísticas.
-¿Por qué no se denuncia?
–Muchas veces los agresores al ser parte de ese círculo íntimo de la víctima o del damnificado – siguiendo el concepto de Moty Benyacar -, no llegan a la denuncia porque hay amenazas, hay chantajes, hay culpas, hay dependencias afectivas y económicas, hay ambivalencias afectivas porque hay niños y niñas que ni siquiera tienen acceso al lenguaje. Con esto entro en otro gran tema: hay niños violentados que son bebes. Hay una investigación profunda, científica, de Claudia Amigo en Bahía Blanca que da cuenta del gran número casos de bebes violentados sexualmente. Por eso las cifras oficiales – creo humildemente -, son la superficie visible de una trama mucho más extensa, compleja y dolorosa; la cifra negra no se cuantifica; pero está presente todos los días en la clínica, en las escuelas, en los barrios, en los hospitales, en las salitas de atención, en las parroquias. Las cifras son como un arma de doble filo. Necesarias para la investigación, necesarias para saber por dónde vamos; pero, no sé si reflejan la cruel realidad.
¿Qué hacemos como sociedad con eso que no se puede decir?, ¿qué dispositivos de escucha generamos?; ¿qué formas de alojamiento subjetivo estamos ofreciendo?. Al final del día el verdadero dato de violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes es que no se denuncian; pero, eso no quiere decir que no existan; significa que aún no se encuentran las condiciones éticas, clínicas y sociales para ser dichas y esa es nuestra responsabilidad: construirlas, crear condiciones para que la palabra circule, acompañar sin juzgar, escuchar incluso lo que no se dice, sostener lo que por su misma condición traumática se resiste a ser narrado.

-¿Podes explicar por qué los tiempos de los damnificados transcurre tan lentamente, lo que hace que cuando se puede llevar adelante una denuncia no falta aquel que sostenga: ¿Y ahora lo denuncia?
-El trauma no obedece al tiempo del calendario, no tiene el tiempo cronológico. El trauma rompe con la linealidad del tiempo, queda encapsulado, se disocia, se vuelve innombrable, agujerea el cuerpo. Muchas víctimas necesitan años, a veces décadas, para poder poner en palabras lo vivido; para entender que lo que vivieron fue violencia. Para correrse de la culpa y de ese silencio que el agresor sexual le impuso y a veces el entorno exige silencio. Por eso es tan importante considerar lo que llamamos el derecho al tiempo que muchos profesionales y organizaciones no gubernamentales están trabajando para que ese tipo de delito no prescriba. Ya hay distintos fallos que avalan que el damnificado tenga sus tiempos. El sujeto damnificado debe poder contarlo cómo y cuándo pueda.
-Sabemos del esfuerzo que ha sido convocar a un grupo de profesionales de distintas disciplinas: psicólogos, psicopedagogos, médicos, musicoterapeutas y abogados que pudieron dar testimonio de todo esto en Ecos del horror y que lógicamente te tiene como co-autora y editora. ¿Cuál es el recorrido que va teniendo un texto así?
–Ecos del horror se convirtió casi en un hashtag; pero, el título completo del libro es Ecos del horror. Secuelas en adultos del arrasamiento subjetivo por violencias sexuales durante la infancia. El texto es como la segunda parte del otro libro que había mencionado cuyo título completo es Agresión sexual contra niños, niñas y adolescentes. Te lo cuento cómo y cuándo puedo. El polimorfismo del lenguaje infantil.
Ecos del horror fue ante todo una apuesta ética: sostener un recorrido complejo, doloroso, profundamente necesario. La idea nació de algo que escuchamos reiteradamente en la clínica: las secuelas de las violencias sexuales contra niños, niñas y adolescentes no terminan en la infancia; esas marcas persisten; que el cuerpo recuerda; la subjetividad se organiza o se desorganiza en torno a lo indecible y muchas veces los adultos que llegan al consultorio con angustias profundas, trastornos vinculares, padecimientos sexuales, con síntomas psicosomáticos. Ellos fueron niños que no pudieron hablar o no se los escuchó o no se les creyó.
Todo lo que estamos haciendo en RAÍCES tiene como eje dejar una huella sobre estos crímenes. Editar estos libros es acompañar relatos duros, conmovedores, honestos, genuinos; es también debatir cómo decir sin re victimizar, testimoniar sin volver a herir, cómo pensar las violencias sin esterilizarlas, sin caer en un lenguaje de expediente porque hay algo que importa: que la palabra circule; pero, de manera cuidadosa, empática y científicamente rigurosa. Ecos del horror es un texto coral; pero, también es un texto urgente. Es un gesto de restitución: esto pasó y no lo vamos a silenciar más.


Muy buena nota. Interesantísimo el tema, y muy vigente, lamentablemente en estos momentos. Qué bueno que se ya no haya silencio
Muy bueno el artículo y la entrevista. Muy necesario también en estos tiempos.
excelente nota sobre la problemática de la niñez y adolescencia. Felicitaciones
Excelente nota sobre esta problemática que nos ocupa. Felicitaciones
Profesional y excelente nota!!!
Qué gran nota! Excelentes preguntas y las respuestas profundas que nos hacen reflexionar acerca de la necesidad de visibilizar aún más éste tema. Gracias
me recuerda esta nota a Peter Sloterdik .faro de Karlrushe por su profundidad y agudeza.
Excelente nota, el poder nombrar para dar estatuto de existencia a ese trauma que tiene efecto, pero no puede ser representado si no puede empezarse a aprehender por la palabra. Muy interesante el recorrido del texto para abordar un tema de siempre y tan actual aún.