Por Sergio Sinay
Las relaciones entre culpa, memoria y verdad son complejas. “La memoria es el pasado filtrado y reconstruido”, escribe el gran pensador humanista búlgaro Tzvetan Todorov (1939-2017) en “Los abusos de la memoria”.
En efecto, es imposible recordar todo, y recordarlo tal como fue. Si eso ocurriera enloqueceríamos, como Funes el memorioso, de Borges. La memoria edita, y su edición cambia con el tiempo y las circunstancias.
Puede generar culpa a partir de lo inexistente o de una distorsión. El pasado es siempre una versión de la memoria. ¿Dónde está entonces la verdad? Primero habría que saber en qué consiste, quién la busca, cómo, para qué. Y aceptar que no sea una, que esté en la mirada de quien la persigue y que acaso nunca pueda ser atrapada. Quizás, por fin, deban intervenir la aceptación, el perdón y la compasión en esa maraña que conforman culpa, memoria y verdad.
Con este tema la dramaturga y directora Corina Fiorillo compone una apasionante obra de cámara titulada “La lógica de la culpa”, en la que dos personajes (magníficas y conmovedoras interpretaciones de Roberto Vallejos y Gustavo Pardi) se reencuentran tras 27 años de no verse: un hecho del pasado que fue punto de inflexión en sus vidas los hace objeto de un maremoto emocional en el que la memoria y la culpa juega sin piedad con ellos mientras la verdad entra y sale, siempre elusiva, sin quedarse nunca.
“Necesito recordar para poder olvidar”, clama uno de ellos y plasma en esa frase la profundidad de la cuestión. Breve y potente, “La lógica de la culpa” (que se representa en el Teatro del Pueblo) reafirma la fuerza catártica del buen teatro, nos deja, como espectadores, enfrentados a filosos interrogantes acerca de hechos esenciales de nuestra propia vida, y acaso nos induce a revisar las versiones de ellos que nos hemos acostumbrado a contar y a contarnos.


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