Psicología Sociedad

Yo converso, tu conversas, él interrumpe

La psicóloga Di Nasso explicó por qué algunas personas interrumpen conversaciones todo el tiempo. Dijo que hacerlo puede ser un síntoma de ansiedad, una defensa ante incomodidades o una forma de control con final rupturista.

Por Rodrigo Carrizo (MDZOnline)

Conversar no se reduce a decir cosas: también implica respetar turnos, sostener silencios y darle lugar a la palabra ajena. Cuando algunas personas cortan al otro una y otra vez, lo que se altera no es solo una oración, sino la sensación de vínculo.

“Si esto se vuelve constante, el mensaje que recibe la otra persona es que su voz no tiene el mismo valor”, explicó a MDZ la psicóloga Ailin Di Nasso (matrícula 5082), al analizar un comportamiento frecuente en parejas, familias y ámbitos de trabajo.

En la vida diaria, las interrupciones suelen aparecer asociadas a la impaciencia y a la dificultad para esperar. Quien habla encima puede sentir que, si no se apura, no va a ser escuchado. “Muchas veces no hay mala intención: hay urgencia interna, una sensación de ‘si no lo digo ya, lo pierdo’”, señaló Di Nasso. Ese impulso puede nacer de ansiedad, de inseguridad o de experiencias previas en las que la persona se sintió ignorada.

En esos casos, la conversación se vuelve una carrera: se responde antes de comprender y se prepara la réplica mientras el otro todavía está explicando su idea.

No todas las interrupciones tienen raíz emocional inocente. En vínculos desparejos, cortar al otro puede transformarse en un recurso de dominación suave, pero persistente. “No hace falta levantar la voz para marcar jerarquía: alcanza con decidir quién termina una frase y quién queda a medias”, advirtió la psicóloga. En contextos laborales, familiares o de pareja, esas pequeñas irrupciones repetidas pueden operar como desautorización.

El efecto es acumulativo: la persona interrumpida empieza a hablar menos, se frustra, se enoja o se protege con silencio. En el largo plazo, el intercambio se empobrece y el vínculo se llena de tensión.

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Otra explicación aparece cuando la palabra ajena trae algo difícil de procesar. Si lo que el otro dice confronta, duele o cuestiona una posición propia, interrumpir puede ser un atajo para recuperar control. “A veces se habla por encima para no entrar en contacto con lo que el otro está planteando”, describió la licenciada. En ese punto, el problema no es el exceso de habla, sino la falta de escucha. La interrupción actúa como defensa: desvía el tema, acelera el ritmo y evita que la conversación toque un punto sensible.

Ahora bien, cortar no siempre implica agresión. Hay interrupciones que nacen del entusiasmo, de la intención de acompañar o de la identificación rápida con lo que se escucha. La diferencia suele estar en la frecuencia y en el resultado. “La pregunta no es solamente si interrumpí, sino si el otro se sintió realmente escuchado”, remarcó la especialista. Si la conversación deja a alguien sin espacio de cierre, la empatía se rompe aunque no haya mala fe.

El contexto actual tampoco ayuda. Pantallas, alertas y mensajes fragmentados entrenan una atención dispersa: se contesta antes de terminar de oír. En ese escenario, escuchar con presencia se vuelve una decisión activa. Para Di Nasso, sostener la palabra del otro tiene un costado ético: “Escuchar es correrse del centro y aceptar que el vínculo se construye con respeto, no con velocidad”. Tal vez por eso el desafío no sea hablar mejor, sino aprender a pausar lo suficiente como para que la otra persona exista en la conversación.

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