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Revisar el pasado, desechar lo malo, trabajar en equipo y ejecutar pensando en el corto, mediano y largo plazo

La siguiente es una entrevista que se le hizo hace dos años al neurólogo Facundo Manes, quien posiblemente éste año sea candidato en las elecciones legislativas de octubre por «Cambiemos». A Humanidad, le parece interesante como noticia y reflexión de nuestro presente, siempre tan convulsionado.

La pregunta del millón: ¿dará, finalmente, el salto a la política?
Si estuviera en Noruega, estaría haciendo neurociencias, que es lo que me apasiona. Pero yo tengo otras dos pasiones: mis afectos y la Argentina. La ciencia tiene mucho que aportar a la política. La ciencia trabaja en equipo, toma en cuenta el pasado –no inventa la rueda, es decir, no puede investigar algo sin revisar lo que hizo el anterior–, imagina el futuro, es ejecutiva –consigue el dinero para investigar, sea un mecenas o un grant–, lo publica y se expone a la crítica. ¡Mirá si esa metáfora de la ciencia no podría ser buena! Imaginate lo que sería la política si revisara el pasado, no tomara lo malo aunque lo hiciera el propio partido, trabajara en equipo, ejecutara, se expusiera a la crítica y pensara en el largo plazo. ¡Mirá si no tengo para aportar!
¿Visualiza su aporte como candidato?
Creo que los argentinos estamos discutiendo el día a día. Más allá del drama de Nisman, que nos preocupa a todos, y de temas importantes de la coyuntura, tenemos que discutir el problema real. Imaginemos un escenario sin inflación y con 10 años de crecimiento: igual tendremos al 30 % del país pobre y con mala calidad educativa. Entonces, aún solucionando las dos cuestiones que los economistas señalan como prioridad, no se resuelven los problemas del país. Ahí creo que tengo mucho para aportar. En términos concretos, me siento un privilegiado porque mi voz se escucha. Hoy no necesito una candidatura. Y nunca me lo plantearía como un ejercicio narcisista y personal, o para un proyecto propio. Si aparece una causa importante donde Manes candidato podría ser de utilidad, quizás lo pensaría.
¿Pero la política, en la foto de hoy, le da margen para plantear los temas que le interesan y aportar las soluciones que propone por fuera de una candidatura o adhesión partidaria?
Creo que hoy la política da margen si nos juntamos referentes sociales y logramos una suerte de comisión que busque soluciones para asegurar la nutrición y la educación en el país. Para mí, la revolución educativa no pasa por un ministro brillante, un nuevo Sarmiento u otro presidente. La revolución educativa tiene que ser de abajo hacia arriba, tiene que pasar entre el docente y el alumno. El cerebro humano aprende de tres maneras: por motivación, ejemplo e inspiración. Si uno pone un cd para aprender alemán, no lo logra ni en 100 años. Pero si uno se enamora de una alemana, en 6 meses está hablando. Entonces, el docente tiene que volver a ser eso: un inspirador, un motivador y un ejemplo. Tenemos que ayudar al docente a reinventarse. Y esa es una política que requiere de la sociedad. Raúl Alfonsín, en el ‘83, canalizó la democracia y la representó porque había una sociedad que lo pedía. Aspiro a que, ahora, la sociedad argentina ponga al conocimiento y a la educación como prioridad. Suena utópico, pero también sonaba utópico hacer neurociencias en la Argentina hace 15 años, siendo un país con gran impacto del psicoanálisis, sino el único en el mundo. Entonces, mi idea es que la sociedad pida y demande educación a los candidatos y políticos. En el mundo del conocimiento, donde una idea vale más que 300 hectáreas, no nos podemos quedar afuera.
¿Y por qué cree que los políticos no encuentran estímulo en esos temas fundamentales para la sociedad?
Creo que los políticos están, en general, dependiendo mucho de los consultores y las encuestas. ¿Qué hubiera hecho Sarmiento si una encuesta le desaconsejaba invertir en educación? Necesitamos más líderes y próceres que piensen más en el largo plazo y no en las encuestas y en los consultores políticos. ¡Así estamos en el día a día total! Y por eso hay una gran frustración y un gran espectro social que no se siente enamorado de los candidatos actuales. Para mí, la historia de vida acá también es muy importante. ¿Por qué le creemos al papa Francisco cuando habla de austeridad? Porque fue austero toda la vida. Cuando uno habla de educación o de moral hay que tener una trayectoria, porque sino es difícil ser creíble.
¿Cuál es la encrucijada que paraliza al país?
Creo que la Argentina tiene un dilema: el corto plazo, el populismo, la corrupción, la falta de instituciones fuertes; o la República, el corto plazo –llevar comida ¡ya! a los chicos– pero también el largo plazo, las instituciones fuertes, el combate de la corrupción. Esa es la división actual. Creo que hay que educar, charlar y reunirse para posicionar a la Argentina como uno de los países más influyentes en educación y conocimiento. Puede pasar en 100 años o en 50 pero, si no ambicionamos ese objetivo en grande, no vamos a llegar nunca. Si nuestra meta es llegar a no tener inflación… Y bueno, por ahí lo logramos y crecemos 2 %. Ojo, eso es indispensable para crecer, pero ¿para qué lo queremos lograr? Muchas veces estamos peléandonos por temas menores, en una discusión muy miope, del día a día. Y por eso mucha gente está asqueada. ¿Quién discute las políticas de Estado? No veo más que chicanas.
¿Cómo se lleva con la fama un científico que, desde joven, gozó de prestigio profesional y ahora es visto como un referente social?
Con una gran responsabilidad. Siento que la fama mía, pequeña, no viene fácil sino que viene con una enorme responsabilidad. Siento que no es importante ser conocido si uno no tiene una causa. Y yo he tomado la fama por respeto a la causa. Me cuido de que no me confunda el reconocimiento porque, si lo tomo como algo personal, soy un tarado. Tengo que resistir la tentación natural del ser humano, porque mi fama no me viene como actor o deportista, sino con una causa que, creo, es la de muchos argentinos. Hoy tengo un lugar privilegiado que no tenía hace tres años, cuando quizás consideraba participar en un partido político porque ahí podría contribuir. Pero ahora que tengo reconocimiento, lo puedo hacer sin estar. Eso no quiere decir que, si me convenzo de que mi figura puede ser vital para una causa, no considere una candidatura. Pero no lo haría por algo personal o narcisístico.
Llegado el caso, ¿su identidad partidaria, de origen radical, incidiría?
Creo que si hay un proyecto republicano que ponga al conocimiento como política de Estado, que ponga como política de Estado que no haya un niño desnutrido, sin afecto ni estímulo cognitivo, que combata la corrupción y que fortalezca las instituciones, voy a estar. Después podemos discutir si privatizamos tal empresa o no, si la geopolítica es con China o con los Estados Unidos: pero lo que no podemos discutir es fortalecer la República.
¿Y eso es viable de cara a las próximas elecciones presidenciales?
Hoy es un problema, porque fijate que tenemos massismo, sciolismo y macrismo. Y lo que tenemos que tener son partidos políticos. Reconozco el liderazgo de los tres candidatos con mayores posibilidades. No es culpa de ellos sino de la crisis de 2001 que afectó la reputación d l Partido Radical como partido con capacidad de gobernar, y creo que eso le hizo mucho daño al sistema democrático. Una de las cosas que hay que hacer es fortalecer el sistema de partidos políticos, como lo dice el artículo 18 de la Constitución. Quiero luchar para eso: no quiero que haya otro ismo. Quiero ser parte de un partido político. Si bien vengo de una familia radical, creo que el peronismo y el radicalismo describen muy bien a la Argentina pasada, pero no estoy tan seguro de que describan bien al país futuro. No veo mal que la recuperación de ciertos valores republicanos se haga en coaliciones, como muchos países de Latinoamérica que tienen experiencias en eso.
¿Le gusta la Argentina versión 2015?
Si veo el proceso de la democracia argentina hasta acá, no soy totalmente pesimista. A diferencia de otros países de Latinoamérica, tenemos un sistema democrático increíble, donde todos nos sentimos parte. En el ‘83, Alfonsín representó un paradigma de la democracia, un sistema que hoy ya nadie discute. Con (Carlos) Menem –siempre estuve y estoy en contra del proceso menemista– aguantamos a (Julio) Nazareno en la Corte Suprema y muchos empresarios y clase media lo bancaban en nombre del proceso neoliberal. Y ahora cierta izquierda progresista se banca cierta corrupción. Entonces, muchas veces, el problema es la truchada y no la ideología. En la Argentina, a veces el problema no es ser neoliberal o de izquierda, sino ser trucho, porque fuimos truchos por derecha y por izquierda. Somos poco serios. Volviendo al menemismo, así como soy crítico, reconozco que implementó la idea de modernidad y hubo cierta inserción en el mundo que nadie discute tampoco: hasta los más izquierdosos tienen un celular que inventó el capitalismo. Después vino un proceso, con los Kirchner, de darnos cuenta que somos de Latinoamérica. O sea, hubo un paradigma de democracia, un paradigma de modernidad y un paradigma de igualdad social. ¿Cuál es el próximo paradigma? Yo creo que es el conocimiento. Si lo miro así, hemos evolucionado. Porque el conocimiento no se hubiera dado en una sociedad sin democracia, sin modernidad y sin discusión por la igualdad. Más allá de todas las falencias, creo que hemos avanzado. Y por eso soy optimista. Que surjan los líderes que tengan que surgir es un proceso largo.