¿Quiere conocer el otro Edén? No es perfecto, por supuesto. Pero puede buscarlo en Argentina, a 370 kilómetros de Buenos Aires, en Pinamar, una ciudad con poco más de 45 mil habitantes permanentes. ¿Y pretende saber la diferencia entre pioneros y residentes? Es muy fácil consultar hoy al diccionario de la Real Academia Española (RAE). Pero, seguramente, el que se lo explicará con lujos de detalles, sin inteligencia artificial – con vivencias extractadas de su relación, por ejemplo, con el fundador, el arquitecto Jorge Emilio Isidro Adrián Bunge -, no es otro que «el Francés» – como se lo conocía antaño -, o «Pipi», en la actualidad.
Se trata, en realidad de Miguel Ángel Granier, de 70 años, zinguero de profesión, «un hombre de metas, optimista, basado en lo que se puede lograr», que se dedicó a contar, en dos libros, historias y anécdotas de personas que «nunca o poco fueron nombradas, pero que hicieron grande el nombre de Pinamar».
Asesorada por su esposa Roxana, una literata que falleció hace un par de meses, «Pipi» – corredor aficionado, director técnico de fútbol, evangelista -, se expresa con humildad, algo que lo caracteriza en todos los planos.
A propósito de los 45 años de la creación del Partido de Pinamar, que se cumplen este primero de julio, Humanidad reproduce un extracto de una de sus publicaciones, que data de 2013:
«Una semana después, al pasar por la casa de Bunge, volví a toparme con uno de los perritos que había visto en la playa con la señora Petrona (Bustos). Aunque me ladraba, me acerqué a hacerle caricias. La voz de Petrona me asustó:
-¡Hola, Francés, buenos días!
-¿Hola señora, cómo está usted?
-Bien, gracias ¿Cómo le fue la pesca el otro día?
-Bien. Comimos un sabroso pescado. Pepe lo disfruto mucho.
De pronto, apareció un señor muy elegante al que Petra le comentó:
-Este es el Francés de que te hablé, al que ví en la playa y me dijo donde comprar los elementos de pesca.
-Mucho gusto, señor, le dije, ¿Cómo lo trata Pinamar y toda su belleza?
–Ahora me gusta un poco más. Cuándo recién llegué, la verdad que no me gustó mucho y pensé en no volver más.
-Me alegro, señor, porque este es un lugar paradisíaco. Lo dicen todos los que vienen a veranear
–Espero que yo también pueda decir lo mismo. Y, hablando de otra cosa, ¿sabe usted? Mi madre también era francesa, me hizo el comentario y me invitó a pasar a la terraza de su casa, en donde estaba por desayunar.
LEER MÁS:
Partió Petra Bustos y sus restos descansarán junto a los de Pepe Arias, en Pinamar
Vivió intensamente. Primero con el amor de su vida, el capocómico Pepe Arias – una placa lo inmmortaliza en el Teatro de la Torre -, y luego con perros, amigos y familiares. A los 99 años, falleció la solidaria Petra Bustos.
Le agradecí la invitación y acepté tomar un café con él. Pepe vestía un saco blanco y sus movimientos eran suaves. Hasta, podría decir, delicados.
Me di cuenta de que le gustaba disfrutar la buena mesa, una mesa muy bien servida y ordenada. Sus ojos verdes claros resaltaban al sol.
–¿Usted es argentino?, pregunté.
-Sí, aunque mi madre era francesa. Su apellido era Savatier. Mi padre Arias, era español.
-¿Y cómo fue que decididó venir a pasar las vacaciones a Pinamar?
–Estaba por irme a Oriente, y me sobrevino un problema de salud: cálculos renales. Entonces, el médico me prohibió volar en avión. Mi hermano había escuchado hablar de un lugar que se llamaba Pinamar. Él me hizo la propuesta de venir y acepté. En realidad detrás de todo esto hay una historia.
No quise interrumpirlo porque su forma de hablar era casi un monólogo imbatible. Muy interesante.
–Naci en el barrio del Abasto, en Buenos Aires, el 16 de enero de 1900. Mi padre tenía dos puestos en el Mercado. Mi nombre verdadero es José Pablo Arias. Pepe es mi nombre artístico.
-¡¿Usted hace teatro?!
-Soy actor, sí. Pero no solamente he trabajado en el teatro. En cine hice muchas películas.
Petra me miraba como recriminándome no saber quién era ese hombre.
La verdad es que yo había llegado desde Francia a Pinamar y allí se vivivía muy lejos de todo lo que era el espectáculo.
Pepe continuaba con su relato:
-Después de haber pasado en forma malograda por un colegio de curas y que mi padre me mandara a Río Santiago como cadete, él mismo terminó echándome de casa. Decía que si no quería trabajar ni estudiar me tenía que ir. Mi madre, que siempre me apañaba, me había puesto un catre en el gallinero, a escondidas de mi padre. Cuando él se iba a trabajar, yo entraba a la casa para ducharme y comer. A los 19 años, un dia me fui a verlo al famoso Florencio Parravicini, para ver si me daba trabajo en su compañía. Y me fue bien. Que alegría tenía: iba a trabajar en lo que más me gustaba, que era estar sobre el escenario. Cuando llegó el momento, me dijo: ´Pibe, vos vas a manejar el telón de la obra´. Imagínese, mis ojos se agrandaron más de lo común. Después pensé que al menos ya estaba en una compañía teatral. Otro día, me dieron un papel pequeño dentro de la obra y con unas pocas palabras la gente empezó a reírse. Ahí fue cuando donde Don Parravicini se dio cuenta de que podía darme un papel más importante. Allí comenzó mi trayectoria, que hasta el día de hoy no ha parado.
Me sentí impactado por su historia, una historia con final feliz.
-¿Nunca se casó Don Pepe?…perdone mi curiosidad.
-Me casé con un española, pero el matrimonio solo duro dos meses. Ella era una mujer sumamente celosa y yo en el teatro tenia que besarme bastante seguido con las compañeras de la obra. Me insultaba constantemente. Por eso mi matrimonio duró tan poco tiempo. Después, compartí mi vida durante diecisiete años con Aída Olivier, que era artista y bailarina. Luego, las cosas de la vida hicieron que hoy me encuentre en una situación distinta. Disfruto mucho de mis amigos, que son muchos. Y lo más importante es que vivo y soy feliz.
Daba gusto charlar con Don Pepe. Era inventivo y tan ocurrente que uno se quedaba mudo, escuchándolo.
Pero entonces, ya en el hilo del mediodía, me pareció correcto retirarme.
Le agradecía el café y sus palabras. Había compartido el desayuno con un gran actor».


0 comments on “«Pipi» Granier, libro abierto sobre Pinamar, donde Pepe Arias le contó una historia íntima”