Por Nino Ramella
En Laboulaye un menor de 13 años mató a otro – su mejor amigo -, de 14. Las muertes violentas son siempre aterradoras. La edad de los involucrados convierten el caso en un drama que bien podría ser argumento para la tragedia griega.
Lo ocurrido nos deja sin palabras…aunque no a todos. Las primeras repercusiones de la crónica policial despertaron la esperada reacción: “hay que bajar la edad de imputabilidad”.
Ni siquiera el hecho de que el protagonista transite lo que se denomina, según la OMS, “adolescencia temprana” (entre 10 y 14 años) hace que quienes siempre buscan la solución por el lado represivo se pongan a pensar en que tal vez sea necesario tratar la cuestión desde abordajes que contemplen alternativas que no se limiten al castigo…porque hoy los institutos en los que se alojan menores (entre 16 y 18 años) en conflicto con la Ley Penal no son otra cosa que un castigo.
Curas, tratamientos, protección y procesos de reinserción son meras fantasías si nos referimos a esos sitios en nuestro medio. Ninguno que los conozca podría contradecir esta afirmación. Por supuesto que no es distinta la realidad de las unidades penitenciarias de adultos.
Cierta vez, entrevistando al director de una cárcel de máxima seguridad en Finlandia, a mi pregunta de cuál era el principio que regía las políticas públicas en contextos de encierro me lo aclaró diciéndome lo que no era. “En muchos sitios se cree que lo que perfecciona la Justicia es el castigo, pero eso no es más que una rémora de las religiones, que inventaron el castigo para quien quebranta las normas. Pero eso no mejora a la víctima, ni al victimario…ni a la sociedad. El castigo no es más que la venganza canalizada a través de la vindicta pública”.
Siempre me despertó curiosidad que la idea de “castigo” no tenga diferencias ideológicas. De izquierda y derecha se clama siempre por el castigo, a pesar de que el artículo 18 de nuestra Constitución establezca: “Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas”.
Por supuesto, tener otra mirada de esta problemática no implica en modo alguno que se propicie que la gente pueda andar libremente por ahí delinquiendo. Obviamente, debe contenerse a aquel que sea un peligro.
Es significativo que los países con respuestas más represivas tengan indicadores mucho más altos de delincuencia que los que encaran la cuestión contemplando circunstancias sociales algo más complejas pero más efectivas. “Es simple: un crimen un castigo”. rezaba el slogan de un candidato a gobernador de la Provincia de Buenos Aires en 2011. Pues semejante reduccionismo pareciera tener una adhesión mayoritaria.
¿Hasta cuándo piensan algunos seguir bajando la edad de imputabilidad de los menores? Por lo visto, hasta el Jardín de Infantes no piensan parar.


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