No fueron pocos lo que se maliciaron que aquel obispo callejero, simpático y futbolero llegado del fin del mundo no tardaría en ser anulado – en el mejor de los casos -, por la poderosa Curia vaticana, la misma que había amargado los últimos días de pontificado a Joseph Ratzinger o la que vivía plácidamente escondiendo escándalos y dinero oscuros mientras los fieles desertaban de las iglesias.
Muchos pensaron que la cruz de plata, los zapatos gastados y aquellos discursos contra el poder económico serían flor de un día, una vistosa tapadera para el caldero de siempre. No parece que vaya a ser así.
Parapetado en Santa Marta –no hay mejor blindaje que mezclarse entre la gente -, a salvo del lujoso aislamiento vital y teológico de Benedicto XVI, Jorge Mario Bergoglio sigue erre que erre el camino que se marcó: viajar a cuerpo gentil hacia las periferias del espíritu y del mundo.
Por lo pronto, ya ha cambiado el lenguaje y la mirada. Francisco ve posibles amigos donde antes solo había enemigos.
- Imagen destacada: LOS ZAPATOS DE MUGICA. Inicio del jubileo por los 50 años de su martirio (1974-2024)


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