Por Nicolás Fernández Rivas (Capital.24)
«Que la crisis la paguen los capitalistas”, solía decir una vieja proclama de la izquierda argentina allá por los tempranos años 2000, cuando la crisis estaba arrastrando al Gobierno de Fernando de la Rúa . Y, con él, a todo el país al desastre, a un escenario socialmente apocalíptico para la Argentina.
Los capitalistas – tal cual lo entendían los trotskistas -, no pagaron nada.
Y ahora, más de 20 años después, en medio de otra hecatombe social enorme, se está creando dentro de la dirigencia empresaria, un amplio sector de la política argentina e incluso hasta en la vicepresidenta Victoria Villarruel un nuevo lema: “Que la crisis la pague Milei”.
Un derivado de un viejo dicho de los “viejos perros” de la inteligencia argentina: “Los muertos los ponen los otros”.
Parece claro. Muchos son los referentes y analistas que auguran un “gobierno corto” del presidente Milei: por la crisis social, por la economía en declive, con una inflación reprimida por baja demanda y con un desempleo que no tardaría en llegar.
Un amplio espectro de dirigentes está de acuerdo en la necesidad del ajuste fiscal y financiero. Incluso, colateralmente podría estar en sintonía la mismísima Cristina Fernández de Kirchner.
Basta revisar el documento que emitió hace semanas atrás, tal cual lo mandó a leer Miguel Pichetto, junto a Guillermo Moreno y Aníbal Fernández en el programa de Pablo Duggan (C5N) llamando a una amplia discusión para crear mayorías parlamentarias, adecuar las leyes de trabajo y recuperar el virtuoso ciclo de Néstor Kirchner: los llamados superávits gemelos, tanto fiscal como de cuenta corriente.
La política trata de reciclarse, retroalimenarse con el entorno y crear su autorreferencia con nuevos relatos.
En política internacional y también en la vernácula hay dos escuelas: la realista, en la cual los actores solo se manejan por su interés, tratando de expandir al máximo su autonomía, en franca autoprotección y en un clima políticamente conflictivo; por el otro, la liberal o idealista, donde los actores cooperan, creen en valores y se manejan por principios.
Lamentablemente para los idealistas, la política, la economía y todos los actores se manejan en términos realistas, es decir, cada uno busca su propio interés.
Javier Milei, es por principios, un anarcocapitalista: retoma las raíces del antiguo anarquismo antiestatal y tiene una fe ciega por el mercado como forma de alinear la sociedad por medio de un principio de “organización espontánea”.
El mundo no se maneja así. Los Estados garantizan con “fierros”, las ventajas de sus propias burguesías.
El idealismo de Milei, su forma de ser descarnada y el convencimiento mesiánico por la causa en la que cree, lo hace blanco de los realistas, que esperan que todo el peso del ajuste lo cargue sobre sus espaldas: a Milei eso no le importa demasiado. Lo repitió muchas veces. El poder no es faquir: espera que otro ponga el muerto.
En política poner el muerto es desaparecer. Por eso, el silencio es más importante que la opinión.
Milei quiere hacerse cargo del ajuste. Y eso es justamente lo que busca el sistema político: que se retire una vez que la función del apriete de clavijas fiscales (algo en el que todos están de acuerdo), esté cumplido.
Tiene razón el presidente cuando advierte que su vicepresidente Villarruel tiene agenda propia. 1) fue formada por sectores más poderosos en el país; 2) ha sido preparada políticamente en usinas de pensamiento internacionales; 3) tiene la gracia de los sectores empresarios más concentrados y 4) cuenta con botones para llamar a múltiples estamentos de poder que le brinden apoyo.
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Es equilibrada. Fría para tomar decisiones. Reacciona cuando le muerden su espacio. Tiene un plan de Gobierno paralelo. Desde el principio. Por eso Milei evitó que se financie su “Partido Militar”, sus influencias en el sistema de inteligencia y defensa, lo que la llevó a una intervención paralela, que hoy comanda un veterano de Malvinas, que no opina demasiado, pero toma decisiones desde bares con su celular a las órdenes de Victoria.
Milei es todo lo contrario. Es agresivo, vehemente, caótico para tomar decisiones, apasionado y disruptivo. Es idealista. Cree en su misión que considera divina. Y no le interesan las consecuencias para sí mismo.
Victoria es conservadora. Busca crear un consenso alrededor de su figura que garantice el reparto de poder económico y político de forma mucho más ordenada. “A cada cual según su interés”. Viene del procesismo pero es pragmática: no pondría en riesgo su espacio de autonomía y su construcción por el pasado, por el que todos deberían hacer un «mea culpa».
¿Agazapada?. Ya no tanto. ¿En silencio?. Ya no tanto. Cada día es más evidente su juego. “Por las dudas”, dejó de ser una posibilidad, para ser una meta política.
Milei no se ayuda demasiado: alimenta la anomía a su alrededor. El posteo de “X” donde un acólito troll presidencial llama a que Villarruel sea “colgada en la plaza” y Milei le da “like”, muestra su forma de gestión y un sistema de organización del poder caótico, sin ningún tipo de contención política en su entorno. Mauricio Macri, lo defenestró delante de empresarios con una brutalidad pasmosa: “Milei es él, su hermana y las redes”.
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Milei se acerca a su prueba más riesgosa. Pagni dice que necesita dar una señal de orden político junto a los gobernadores para enfrentar su mayor desafío: la licuación de las jubilaciones y la remoción de los subsidios energéticos.
Su enfrentamiento con Villarruel y los barquinazos del DNU en el Senado muestran que su ascendencia legislativa es poco más de cero. Hay que tener presente las críticas del presidente de la Corte Suprema, Horacio Rosatti quien afirmó ante la Cámara de Empresarios Estadounidenses (AmCHAm): “no se cumple con la seguridad jurídica y se la desafía cuando se judicializan cuestiones que tienen que ser resueltas por la política”.
Milei, no hace política, no quiere consensos. Es él y su causa. Se dice a sí mismo que cuenta con el apoyo popular. Es otra regla que parece no entender: la opinión pública no pone la causa por encima de su bienestar. Quien construye sobre el vulgo construye sobre arena.
El poder real, por supuesto, no quiere estos comportamientos inestables. Le gusta la «Juvenilia de Mercado» pero buscan asegurar su cuota por un tiempo indeterminado, muy largo. No se puede vivir enfrentado a dos de los tres poderes del Estado. Ejecutivo + Legislativo, sobreviven; Ejecutivo + Judicial sobreviven; Ejecutivo sin poder legislativo, ni judicial, se muere. Ecuación simple.
Por eso, una figura como Macri, desde el PRO comienza a rodear a Villarruel y le retacea el acuerdo político al presidente. No le baja las manos legislativas pero no se saca demasiadas fotos.
Por la misma razón, Pichetto y el peronismo más tradicional – que es mirado cada vez con más simpatía incluso entre muchos sectores kirchneristas – también la están rodeando. Para contenerla o para conducir un proceso que consideran inevitable.
Por supuesto, cada sector lleva agua para su propio molino: no se trata de estudiantinas hippies. Se procura blindarla, en una evengual situación de caos político con derivación impredecible. Sobran los ejemplos en América Latina. Es la práctica más común de cambio de mando. Que Milei tenga más ascendencia en Estados Unidos que Villarruel, no es tan claro. Pese a que ve a Donald Trump como una estampita viviente. Victoria conoce la ciudad de Langley, Javier no.
Así y todo, no se quiere una agudización tan rápida de la crisis. Primero, es necesario para estos sectores de poder que se consolide el ajuste, para sembrar sobre tierra limpia. Y luego preparar sus propias disputas sabiendo que el primus inter pares que surja construirá con estabilidad su poder y lo repartirá, como fue toda la vida. No hay Revolución. Que nadie se llame a engaño.
Siempre ha sido así. La política tiene 6 mil años. La democracia Argentina algo más de 200. El Gobierno de Milei solo 95 días.


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