Por Martín Rodríguez (Panamá Revista)
En esta nueva “semana decisiva” (la que pasó) Mauricio Macri organizó la primera reunión de padres del gobierno de Javier Milei. Ni los gobernadores, ni la CGT, ni la Iglesia, ni el kirchnerismo, ni los dialoguistas, ni las cámaras empresarias hicieron lo que hizo Macri. ¿Tenía con qué? Sí. Él rescató de los días depresivos después de las Generales a un Milei encerrado en su oscuro hotel, mega operado por un Sergio Massa triunfalista. Plata y expectativas, como decía Kirchner, le ofreció Macri en ese acuerdo para ganar. Por eso a ocho meses de una gestión que mira desde afuera y a media distancia el ingeniero puso el grito en el cielo (aun cuando tampoco tiene tan afianzada su propia tropa como se ve en las votaciones del Senado). Pero empezó en serio a auditar la gestión y sacó a relucir el malestar de todo liderazgo asociado: no entender dónde lo ponen y dónde ponen a los suyos. “Te aviso que voy por Santiago Caputo”, se encargaron de decir que le dijo a Milei en la última de esas cenas en las que el calor de la charla los hace sentir que ya está todo arreglado. Pero dijo: mirá lo que hago, porque ya te lo dije. El que avisa no traiciona. Macri admira la velocidad de este gobierno. Pero no sin él. Santiago Caputo se le mueve demasiado del lado de afuera del acuerdo que entreteje (o eso creen) una y otra vez con Milei. ¿Con quién negocia tu asesor?, es la pregunta de Macri. O sea, ¿con quién estás negociando vos la gobernabilidad?
A esta altura del partido poco importa la eficacia del golpeado Santiago Caputo (que se viene revelando escasa), sino su intríngulis: ¿puede entregarlo Milei? Macri, en la crisis de su gobierno, tampoco entregó a Marcos Peña, a quien dentro y fuera amaban odiar. “Lo critican a él para criticarme a mí”, razonaba en ese entonces. Hay un momento en que entregarlo es entregarte.
Marcos Peña y Santiago Caputo son el agua y el aceite. Caputo se encargó insistentemente de que lo sepamos. Era la forma de mojarle la oreja a Macri, también. Y como en general hace las cosas el joven asesor: las exhibe. Monje negro y exhibicionista. Pero si lo tomamos al pie de la letra entonces sí son el agua y el aceite en exacto contraste. Si Peña quería hacer las cosas despacio, pero con “lo nuevo”; Santiago Caputo quiere hacer las cosas rápidas, pero con “lo viejo” (si es necesario). “La velocidad es fuerte, la realidad es débil”, escribió sabiamente Juan Di Loreto.
Gradualismo y depuración era la fórmula químicamente pura que mentaba Marcos Peña, y que llevó adelante, sobre todo, en los años de su hegemonía interna, entre 2016 y 2017. Tenemos que parecer boludos, no hijos de puta. Luego, contra esa visión del tiempo (gradualismo) hizo la autocrítica Macri. Diríamos más: esa es la atracción que le produjo Milei. Hacer las cosas rápido. Patricia Bullrich explicitaba lo mismo.
Velocidad y pacto con el diablo es lo que propone Santiago Caputo, el nuevo ideólogo de un gobierno no peronista (y menos anti peronista en su autopercepción). Un libertario bonaerense reconoce que esa fórmula está patentada en toda La Libertad Avanza: “Eso no es sólo Santiago. Él interpreta en modo de época esa visión que tenemos todos”. A Caputo no lo seduce parecer los voluntarios de una parroquia tocando timbres un sábado a la mañana. Lo seduce otro filo. La condición de esa estrategia es que él puede controlar y tutelar la vuelta de esos “malos” que convocó. Stiusso, Lijo, sectores radicales o kirchneristas, todos los que invocó con su tabla Ouija. Porque, de lo contrario, sin ese poder de conducción, será sólo quien le devuelva el poder a la casta. Esa es la paradoja. Por ahora, los oficios que exhibió como intención son los de elegir a un sector, a un “grupo de tareas” de la casta.
Vamos para atrás. Macri llegó a Balcarce 50 en diciembre de 2015 y pensó “acá hay demasiado poder político”. No desguazó el Estado, no privatizó empresas públicas, pero su forma de sumar poder fue ir devolviéndolo a cada casa matriz. Llegar para devolverlo. Mostrarse horizontal, no mesiánico, en apariencia. Voltear la ley de medios, poner a la Sociedad Rural en agricultura, desarmar la reforma de la AFI que había hecho Cristina a contrarreloj. Menos poder político fue el gesto paradójico y casi pudoroso de su poder. Porque no era exactamente débil, pero tenía como ideal invisibilizar la política, no competir por el centro de la escena, colocar su poder en otro lado. Milei, al contrario, tiene más problemas con el Estado que con el poder político. Es más, él diría: lo quiero todo. Milei se presenta como un topo para la tribuna (romper el Estado por dentro es su convicción), pero no tiene ningún problema en ser visto como la suma del poder. Desguazar el Estado sí, pero no el poder.
Pero la parte en que Santiago Caputo funcionó hasta acá como alter ego del presidente, es la parte en que exhibe orgulloso sus pactos con el diablo. Vamos a llamar a los malos si hace falta, presumió el joven asesor desde alguna cuenta de X. Y por malos cada cual entendió lo que quiso (o lo que teme). Como siempre, o como casi siempre, en la virtud anida el defecto: Caputo es rápido también para quemar etapas. Se autofagocita. Sin límites en el amor a sí mismo, ya no queda misterio por conocerle. Hace un mes, los perfiles sobre él llovieron como moda literaria. En todo gobierno hay un signo juvenil. Pero acá es unipersonal. La misma noche picante que se ensañó en twitter con el Topo Rodríguez y con Macri mientras se transmitía el programa de Pagni, se supo que le daban 100 mil millones de pesos de gastos reservados a la Side. A su Side. Que era lo que más le importaba: que se sepa que se los daban a él. Su “método”, contrario al “método Guillermo Francos” (para quien toda fórmula política incluye los buenos modales).
Santiago Caputo es el portador sucio del contrato electoral de Milei (“yo enfrento a la casta”). Es el que explicita que para hacerlo hay que juntar poder, y que el poder se construye en un pacto con los malos. No hay poder sin pacto con el diablo. El poder político en Argentina se mide por la capacidad de influencia sobre la justicia. Es un medidor exacto. Carlos Menem, los Kirchner, e incluso Macri, fundaron Cortes Supremas, tuvieron operadores, jueces amigos, enemigos, servilletas, y colocaron gente sobre la que pudieran influir y, también, con la que tuvieran sintonía ideológica. “Hacete amigo del juez”, dijo José Hernández en nuestra Biblia. Traducción presidencial: no hay mejor amigo que el que ponés vos (aunque esa amistad dure lo que te dura el poder). La judicializacion de la política es de doble vía: es la politización de la justicia también. El huevo y la gallina.
Francos en la cena de Mediterránea dijo que el escándalo de Alberto les permitiría avanzar en las reformas. Explicitó lo obvio: un escándalo es una buena pantalla. Pero a la vez: una pantalla sólo es reemplazada por otra y otras. No éramos un cantón suizo interrumpido por el ojo en compota de Fabiola. No estábamos escuchando un “vivo” de Daniel Filmus sobre educación y nos interrumpió el video de Tamara Pettinatto. Pero se disipó lo de Alberto Fernández un poquito y el gobierno ya es un puterío. Las internas oficialistas afloraron de nuevo. ¿Hay realmente “pantallas”? La política es también una pantalla de la política. El show no tapa la política, la política es el show. Un poco como cada gobierno en tiempo de crisis y otro poco por la naturaleza imprecisa de este gobierno más inclasificable. ¿Es el gobierno de un partido? ¿Es el gobierno de una coalición? Las dos coaliciones que gobernaron antes tenían una curaduría politológica que no fue garantía de nada. Acá el ordenador vendría a ser la fuerza de un liderazgo que va aglutinando y rearmando en torno suyo, y su ecosistema está en proceso de selección natural. Pero van ocho meses duros, con la economía hundida (a modo de ejemplo, se conoció estos días que ya hay 300 trabajadores menos en la planta de Volskwagen de General Pacheco que mencionamos el domingo pasado). En este contexto emergen tres internas de primer nivel: la de Milei con Victoria Villarruel, la de Karina Milei con Santiago Caputo, y esta de Milei con Macri.
Santiago Caputo se fue a Cumelén a curar las heridas. Eligió la misma geografía que Macri. Si uno fuera fanático de la casta, escribiría algo así: “El decreto de cien mil palos anunciado una noche blanca nació muerto. Tanta ansiedad y euforia mileísta enfrenta su peor verdad: solo el método Francos funcionó hasta ahora. Tan simple como escuchar y explicar para qué quieren algo y ser aburridos en la ejecución. Sin tatuaje ni twitter”. Una reivindicación conservadora del aburrimiento en una democracia que no nos promete felicidad, ni igualdad, ni futuro: nos promete intensidad.


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