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Martha

Emmanuel Carrère, sorprende en su libro Yoga con el impacto que le provoca la pianista argentina Martha Argerich, tecleando la "Polonesa heroica". Existe - nos dice -, la sombra, pero también la alegría pura...​

Blanco y negro, plano general: filmada desde bastidores de un sala de concierto, se ve a una mujer con un vestido negro de lunares blancos, de espaldas, sentada delante de un piano. Posa los dedos en el teclado y empieza a tocar. He escuchado bastante la «Polonesa heroica» en estos últimos tiempos para reconocerla desde el primer compás.

Segundo plano: los dedos corren por el teclado. Solo habrá tres ejes, el tercero sobre la cara de la pianista. Es una mujer muy joven, de una belleza deslumbrante, la belleza del joven Alain Delon en Rocco y sus hermanos. A ella también la reconozco al instante porque es una de mis pianistas preferidas, y no soy el único.

Es Martha Argerich, debe de tener veinte años, quizá incluso menos, luce ya esa melena negra y suelta, nunca recogida, que tendrá toda su vida. Su nariz es recta, sus labios llenos, sus párpados bajos y pesados. Es salvaje, sensual, intensa, indómita, genial. La escucho, la miro preguntándome por qué, antes de partir, Erica me ha enviado el enlace con este vídeo, sin otro comentario que el asunto del mail: 5´30´´. El cursor indica que el vídeo dura 6´40´´.

Ahora conozco de memoria la «Polonesa Heroica», puedo reproducirla mentalmente de principio a fin, lo que me permite maravillarme con toda tranquqilidad de la interpretación de Martha Argerich, muy rápida (6′ 40´´: más rápida que Hórowitiz, menos que todos los demás).

Hechiza ver sus dedos corriendo por el teclado, pero eso no es nada comparado con las expresiones de cara al compás de la música. Concentración y abandono extremos. A los 4′ 30´´ llegamos a la pequeña nota, muy alta en el cielo, a partir de la cual se desenrolla la guirnalda.

Yo tenía un poco más de 12 años, había tocado en el Teatro Colón) y Perón me había dado una cita en la residencia presidencial. Mamá preguntó si podía acompañarme y le dijeron que sí, por supuesto. Yo no era muy peronista; me acuerdo de que siempre estaba pegando por todos lados papelitos que decían «Balbín-Frondizi». Perón nos recibió y me preguntó: «¿Y adónde querés ir, ñatita?». Y yo quería ir a Viena, para estudiar con Friedrich Gulda. A él le gustó que no quisiera ir a Estados Unidos. Lo más cómico fue que mi mamá, para congraciarse, le dijo que a mí me encantaría tocar un concierto en la UES [Unión de Estudiantes Secundarios]. Y parece que yo debo haber puesto una cara bastante reveladora de que la idea no me gustaba, porque Perón le empezó a seguir la corriente a mamá, diciéndole «por supuesto señora, vamos a organizarlo», mientras me guiñaba un ojo y, por debajo de la mesa, me hacía con un dedo que no. Él la estaba cargando a mamá y a mí me tranquilizaba. Se dio cuenta de que yo no quería. Fantástico, ¿no? Y le dio un trabajo a mi papá. Lo nombró agregado económico en Viena. Y a mamá le dijo que le parecía que ella también era muy inteligente, emprendedora y capaz y le consiguió otro puesto en la embajada.

Martha Argerich (Revista Clásica 1999)

Contienes la respiración cuando Martha Argerich la despliega. La embarga una especie de tránce lánguido, suspendido. La indicación de Chopin para este pasaje es smorzando, una indicación muy rara que siginifica «muriendo».

Martha Argerich muere en directo dejando que burbujeen estas notas de ensueño, pero ella sabe y nosotros sabemos que en este punto va a retorna rel gran tema de la «Polonesa» y que ese resplandeciente retorno es el momento culminante de la pieza. Estamos en los 5´15´´, quinces segundos antes de los 5´30´´ que Erica ha señalado especialmente, y he aquí lo que sucede: son las últimas notas de la guirnalda antes de que vuelva el tema, grandioso y festivo, en el lado derecho del teclado, en el lado derecho de la pantalla.

El retorno del tema transporta a Martha Argerich, que lo aborda como un surfista la ola. Se abandona totalmente, ya que se mantiene en el encuadre, con una sacudida desplaza la cabeza hacia la izquierda con su mata de pelo negro, desaparece un instante y cuando vuelve dentro del encuadre, después del cimbreo de la cabeza, Martha Argerich sonríe. Y entonces…Esa sonrisa de niña dura muy poco tiempo, esa sonrisa que viene de la infancia y de la música, esa sonrisa de pura alegría. Dura exactamente cinco segundos, desde los 5´30´´ a los 5′ 35», pero en esos cinco segundos vislumbramos el paraíso. Ella lo ha visto durante cinco segundos, pero son suficientes, y al mirar a Martha Argerich tienes acceso a él, pero tienes acceso. Sabes que existe.

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