Por Ignacio Zuleta
La situación en el PJ desnuda el costado más vulnerable que tiene Cristina. El paso del tiempo renueva la reflexión sobre los jarrones chinos. Es comprensible que busque formalizar el poder político que tiene como jefa del peronismo de la provincia de Buenos Aires – el más grande del país -, con la formalidad de la presidencia del PJ. Pero la obliga a un recuento de apoyos y rechazos.
Hay gente que quiere a Cristina y gente que no la quiere. Pero hay un tercer pelotón que integran aquellos peronistas a quienes Cristina no les conviene. Como Carlos Menem en su momento, ella compromete a su fuerza en una aventura personal, ligada a las causas (NR: judiciales). Menem rifó su final al intento de una tercera reelección. Le costó la elección de 1997 y al peronismo la salida del gobierno en 1999.
Un año más tarde, estaba preso, siendo presidente del partido. No era conveniente ni oportuno para los peronistas que el partido y sus vidas estuvieran ligados a esa circunstancia personal. Es un drama de las biografías caudillistas. Al menemismo le sobraba Menem para seguir existiendo. Al cristinismo le sobra Cristina, como al macrismo le sobra Macri, como cree Milei, que en cualquier momento le va a empezar al sobrar al mileísmo.
Ahí está la explicación que piden algunos para la distancia que ha tomado Axel Kicillof. Puede amarla a Cristina, pero no le conviene. Repite desde hace rato que quiere ser presidente. Se lo dijo al papa Francisco en una de las dos reuniones que tuvo en julio pasado en el Vaticano.
“Quiero ser presidente…”. “Qué bien”, le respondió el Papa, que lo bergoglió con este comentario: “… también están Wado, está Juan (Grabois)…”. Kicillof es gobernador con un apreciable respaldo electoral, le ganó a Vidal por 14 puntos, reeligió en 2023, lo hizo ganar al peronismo en Buenos Aires, tiene leyenda de honesto, es leído y convoca a no peronistas de la izquierda.
Y lo más importante: no tiene plan B, no tiene reelección. Está forzado a emprender la corsa verso il nulla (el camino hacia ninguna parte) de la que hablaba Giovanni Sartori, teórico de la política líquida, gaseosa y sólida. No hay motor más poderoso para un político que no tener proyecto alternativo. A matar o morir.
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Las aguas se van dividiendo cada vez más. Kicillof, uno de los más firmes detractores a la Ley Bases, aprobada en el Senada con remilgos, fue recibido por el papa Francisco. Armas en alto.
A Axel el cristinismo y Máximo le pesan. Tampoco entiende al peronismo. Por eso pide internas ahora (pero no cuando lo pusieron a dedo en donde está). ¿Cómo iba a respaldar a una lista después de que Guillermo Francos se reunió con Jorge Yoma, apoderado de Ricardo Quintela?
“Ese fue el colmo”, confesó Verónica Magario, su vicegobernadora, cuando llamó al Instituto Patria para apoyar, junto Fernando Espinosa, a Cristina. Axel les pedía “esperen, esperen” y vieron cómo el gobierno se acercaba a Quintela.
El viernes, ya conocido el fallo de Servini de Cubría, Quintela encabezó una reunión por zoom con sus seguidores en este envión. Dijo haber sido invitado por Cristina a reunirse este lunes, pero adelantó que no acepta conversar. Hasta el domingo no tenían decidido si apelarán el fallo. No está prevista esa instancia en el Código Electoral, pero existe una vía para llegar a la Suprema Corte.
La última palabra de Quintela antes del fallo fue que, si éste era en favor de Cristina, le correspondía a ella llamar a la unidad. Por de pronto, Quintela les dijo a los suyos que el 17 de noviembre lanzará una agrupación interna del peronismo junto a Guillermo Moreno.


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