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Cómo incidió la Divina Providencia en al vida del papa Francisco

María Rabell García, corresponsal en Roma y El Vaticano, del diario español El Debate, incursionó en este momento tan especial, en la vida familiar de Jorge Bergoglio. El episodio que pudo haber cambiado todo, con el naufragio del Principessa Mafalda, en 1927.

María Rabell García (El Debate)

La historia del papa Francisco no puede entenderse sin su origen familiar. Nacido como Jorge Mario Bergoglio en Buenos Aires en 1936, el actual Pontífice proviene de una familia de inmigrantes italianos que, como tantos otros en su época, cruzaron el Atlántico en busca de una vida mejor en Argentina. A sus 88 años, Francisco es el único de sus hermanos varones que sigue con vida, pero todavía mantiene un vínculo cercano con los miembros de su familia que aún permanecen.

Los Bergoglio son originarios del Piamonte, en el norte de Italia, y su historia familiar está marcada por la emigración. En los archivos de Asti, una pequeña localidad piamontesa, aún se conserva la declaración de nacimiento de Giovanni Angelo Bergoglio, abuelo del Papa, quien en 1907 contrajo matrimonio con Rosa Vasallo, una figura esencial en la vida del Pontífice, pues, como él mismo ha declarado en varias ocasiones, fue ella quien «me enseñó a rezar». Pero la situación en Italia a comienzos del siglo XX no era sencilla. Tras varios intentos fallidos de negocio y una crisis económica en la región, la familia tomó la decisión de trasladarse a Argentina en 1929, como lo hicieron miles de compatriotas.

En Buenos Aires, Mario Bergoglio, el padre del Papa, se casó con María Regina Sívori. Juntos formaron una familia numerosa con cinco hijos: Jorge Mario (el futuro Papa), Alberto Horacio, Oscar Adrián, Marta Regina y María Elena. De todos ellos, esta última es la única que sigue con vida.

A sus 77 años, María Elena Bergoglio es el último lazo directo que queda de la generación del Papa. Vive en Argentina y, aunque su hermano ha estado al frente de la Iglesia durante más de una década, no ha viajado al Vaticano para visitarlo, así como el Pontífice tampoco ha regresado a su tierra. Desde que fue elegido en 2013, el contacto entre ellos se ha mantenido a través de llamadas telefónicas y videoconferencias.

Otro de los familiares más conocidos es precisamente el hijo de María Elena, José Bergoglio, quien decidió fundar la organización «Haciendo Lío» tras inspirarse en un discurso de su tío durante la Jornada Mundial de la Juventud en Brasil. Su labor se centra en ayudar a los más necesitados en los barrios más vulnerables de Buenos Aires. Otro de sus sobrinos es José Luis Narvaja, hijo de Marta Regina, quien, en cierta forma, ha seguido los pasos de su tío y ejerce como sacerdote jesuita.

Sus padres no puederon embarcar en el Mafalda

Pero quizás la historia más llamativa es la de su sobrino nieto Felipe Bergoglio, un joven de 20 años que desde agosto de 2023 juega como defensa en el Sporting Club Trestina, un equipo de la Serie D italiana. Su llegada a Italia marcó una conexión especial con la tierra de sus antepasados, y el apellido Bergoglio ha sido una constante en su vida, acompañándolo en cada paso de su camino.

«Cada vez que digo mi nombre o enseño mi documento, la pregunta es inevitable», ha reconocido Felipe en entrevistas. Sin embargo, lejos de verlo como una carga, lo considera un honor.

El apellido Bergoglio ha despertado curiosidad desde el momento en que Jorge Mario fue elegido Papa en 2013. Para Felipe, esta conexión con su tío abuelo no solo es un motivo de orgullo, sino también un lazo con la fe: «Mis compañeros de equipo a veces me piden una bendición antes de los partidos o cuando se lesionan. Ya me he acostumbrado», contó con humor.

Más allá de los lazos familiares o su apellido, el Papa Francisco ha dejado claro en diversas ocasiones su arraigo tanto a Argentina como a su herencia italiana. En su autobiografía Esperanza, recordó un episodio que marcó el destino de su familia:

Sus abuelos y su padre habían comprado billetes para viajar a Argentina en el buque Principessa Mafalda, conocido como el «Titanic italiano». Sin embargo, al no lograr vender a tiempo todas sus pertenencias, se vieron obligados a retrasar su viaje.

Este giro inesperado les salvó la vida, ya que el 25 de octubre de 1927 el barco sufrió una explosión y se hundió frente a las costas de Brasil, dejando cientos de víctimas. «No se imaginan cuántas veces he dado gracias a la Divina Providencia por ese cambio de planes», confesó el Pontífice al recordar aquel episodio. Un solo detalle, una simple decisión, y su destino – y quizá el de la historia –, habría sido otro.

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