Cuento

Leonor Manso en el colectivo

Relato de una mujer que se molesta por el monólogo de una señora que casi que grita sus problemas arriba del colectivo. Lo bueno, lo malo, y la salida que Manso no quiere dejar de hacer, aunque le quede una sensación contradictoria después del paseo.

Por Norma Lafuente D’abiduría

No soy Leonor Manso, soy una mujer que se le parece. Hace unos días estuve en un colectivo casi vacío en comparación a las horas pico, sentada en la parte de adelante pero no en los asientos que están a la derecha del conductor. Tampoco estaba en los asientos de cuatro, que parecieran formar un espacio de encuentro al que solo le faltaría una mesa. Ahí estaba una señora que no dejaba de hablar, relatándole a sus oponentes las peripecias de su turno médico.

La escuchaba no por curiosidad, sino porque hablaba demasiado alto. Se quejaba y hacía gestos teatrales para demostrar aun más su desencanto con el sistema de salud. Justo a mi me va a tocar un viaje con otra actriz. Puede que fuera verdad su indignación, la verdad es que no lo se. Con las décadas de experiencia y trabajo que tengo, aun no puedo saber cuándo alguien actúa. Siempre me pareció que las expresiones de la mentira son similares a las de la verdad, por no decir que idénticas.

Debo decir que al principio el monólogo me entretuvo. Suelo tomarme el 24 seguido, por lo que mirar a través de la ventana ya me empieza a aburrir. He memorizado los nombres de las calles, las alturas, y algunas tiendas. Cuando paso por el Abasto me sonrío pensando en lo que ha cambiado nuestro país. De aquel en el que Tita Merello actuaba de vendedora de pollos, casi no queda ni el recuerdo.

Para no ponerme nostálgica me concentré en lo que pasaba dentro del ómnibus. Escuchar la radio me gusta, pero cuando dicen cosas interesantes. La señora que hablaba era una molesta radio humana. Qué ignorante que sueno diciendo eso, «como si la radio no fuera humana de por sí», podría pensar mi Patricio. No siendo él por supuesto, sino en el personaje que interpretó en «Made in Argentina».

En esa pareja de ficción que fuimos (el modelo más lejano que quise cuando ese amor lo llevamos a la realidad) él era un orgulloso con aires de violento que no le interesaba pedir perdón, y yo era la Yoli, la sumisa argentina. Vaya si los dos estabamos equivocados. Él por no revertir su violencia, por no pasar al otro lado después del enojo desenfrenado, y yo por seguir ahí. Pero el director estaba más interesado en transmitir otro mensaje en esa película.

Volviendo a la «radio humana», reconozco que lo que se escucha (o escuchaba) del aparato son voces de seres de carne y hueso, pero para mi sigue siendo algo raro, algo tecnológico. En cambio la mujer que habla y que veo, sin nada mas que mis ojos y la boca de ella, es cien por ciento humano.

Resulta que ya me cansé de escucharla. Pronto bajaré, pero antes un revoleo de ojos me fue inevitable. Un chico que estaba leyendo parado en frente mío me vio y se sonrió. Supongo que fue por mi espontaneidad. Eso me hizo bien. Me hizo entender que llevar consigo la esencia de la actuación -expresar lo que se siente-, no quiere decir pasarse la vida actuando. O al menos no en una ficción.

El viaje no tuvo información radial con datos curiosos como que la primera mujer latinoamericana en ejercer el derecho al voto fue de Ecuador. Solo escuché por parte de la señora quejas y lamentos.

Al fin y al cabo me hace bien salir de casa. Lo único que debo recordar es que habrán actos que me harán sonreír y otros que me dejarán con la mirada triste. Será tarea pendiente no dejarme engañar por la escena frustrada, esa que, si le damos tiempo a la verdad, termina revalorizando las escenas que no se filman, y que nos devuelven la alegría del amor. El amor a la Vida.

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