Opinión

A la gilada, ni cabida

PREMIOS MARTÍN FIERRO. La última entrega de los galardones de la Asociación de Periodistas de la Televisión y la Radiofonía Argentina (APTRA), vista como una hoguera de vanidades. Aquí las instrucciones satíricas de Horacio Convertini.

Por Horacio Convertini (Clarín)

La cámara te toma en primer plano. En las pantallas, un rostro (tu rostro). Debajo, un graph con tu nombre y la categoría por la que te acaban de dar el Martín Fierro. Vas a inspirar profundo. Vas a sonreírle a alguien que está fuera de campo. Acaso hasta puedas hacer un gesto simpático, cómplice, que del otro lado se interprete como un modo de descomprimir la lógica emoción que te invade desde que los conductores dijeron que vos y no otro (¡tomá!) has sido merecedor de la estatuilla de bronce.

¿Qué hiciste hasta ahora? Poner cara de incredulidad al escuchar que habías sido premiado, mirar agradecido al cielo (al cielorraso, bah), dejarte apretujar por tus compañeros de mesa, meter puñito, levantarte, caminar por el pasillo alfombrado saludando a diestra y siniestra (a diestra solo, mejor, teniendo en cuenta los tiempos que corren), enfrentar los peldaños que te llevan al escenario con seguridad pero con cuidado para no tropezar y volverte meme.

En el camino te acordaste de “Instrucciones para subir una escalera”, de Cortázar, y se te cruzó por la cabeza citarlo en el discurso de agradecimiento que esa misma mañana ensayaste cien veces en el baño. Pensaste que podía garpar, no tanto como mencionar a Borges pero un poco sí, hasta que te convenciste de que era mejor no innovar puesto que todo marchaba acorde al plan (TMAP).

Ya saludaste risueñamente a los conductores, ya le diste un beso al miembro de APTRA que te dio la estatuilla (y que desde luego no sabés quién es ni de dónde salió), ya te paraste frente al micrófono como si fueras a anunciar el regreso del 1 a 1, el asfaltado del Río de la Plata o el ascenso a Primera de Victoriano Arenas.

Cancha de Victoriano Arenas, club de ascenso, isla del fútbol argentino

La cámara con la lucecita roja te enfoca. Podés imaginar tu cara en “close up” (de cerca) llegando a todos los hogares del país. Termina la pausa mínima, dramática, que tu ansiedad siente eterna, y soltás lo que el mundo necesita escuchar. Porque un Martín Fierro es más que un souvenir que se pondrá mohoso con el tiempo, es más que un adorno al que tu pareja (¡ay!) querrá darle un uso impropio, es más que un disparador de anécdotas graciosas cuando lleguen visitas a tu casa.

El Martín Fierro es la oportunidad de refregar verdades incómodas en la trompa bovina de una sociedad atontada por el pasatismo. Y ahora sí, enérgico, hasta tenso, con la mirada llameante del que embiste molinos de viento sin miedo a terminar hecho un estropajo, valiente hasta la inconsciencia, lúcido como una persona que ha visto el futuro y lo cuenta, dirás cuatro frescas (quizás cinco o seis) y te dejarás arrullar por los aplausos.

Finalmente, volverás a tu silla, recibirás las felicitaciones de los que te quieren bien, pedirás permiso, irás al baño y sentado en el inodoro te apurarás a ver qué dicen las redes de vos. Te quedarás con los que elogian tu elocuencia, tu temple, tu coraje. Y a la gilada, ni cabida.

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