Por Eduardo Gómez Zaragoza de la Rosa de Córdoba
Charlie veía pasar por al lado suyo a su jefe, cada vez que este iba al baño. No era muy seguido, como máximo dos veces en cada jornada laboral. Pero suficiente para que el joven abogado desviara la vista de la computadora unos pocos minutos y supiera cómo estaba el líder de la banda.
Aunque el estudio jurídico se manejaba dentro del marco de la ley, ello no le impedía a los compañeros de Charlie bromear sobre lo «oscuro» que era el bufete.
Realidad o ficción, un día estaban bien sucios los lentes que su jefe llevaba en la mano derecha. El hombre, ya entrado en los años mayores, se detuvo a mirar el celular, quedando delante de Charlie por unos pocos metros y dándole la espalda. Esta era la única razón por la que el eficiente procurador se animaba a levantar la cabeza para registrar cómo se encontraba el superior.
A veces llevaba las zapatillas tenuemente embarradas, otras veces unas desprolijidades en la ropa propias de un escritor. Nada muy serio, pero eran cosas que el meticuloso joven no podía dejar de observar.
En aquella ocasión, Charlie no pudo con su genio y empezó a pensar en el estado de aquellos lentes. «¡Casi ni se puede ver con lo borroso que están!», «parece como si le hubiera puesto los diez dedos de las manos encima», pensó para sus adentros.
De repente, el jefe llevó los lentes hacia delante suyo. En unos pocos segundos volvieron al lado derecho de su cuerpo, sujetados con unos pocos dedos de su mano. Estaban completamente limpios.
«¿Cómo puede ser?», se preguntó Charlie con los ojos sobresaltados. Inmediatamente se sintió avergonzado, penoso de que su jefe hubiera podido leer su pensamiento. «Imposible, eso es para los brujos», se sentenció a sí mismo. Tendría que haber murmurado lo que pensó.
Aunque las palabras hubieran salido de su boca, no se explicaba cómo es que el jefe pudo limpiar los lentes, que sorpresivamente estaban como nuevos. Ni por mas que los hubiera frotado con la remera (algo que no hizo y que tampoco resulta efectivo), hubieran quedado tan transparentes.
Por la noche Charlie no pudo dormir. La única opción posible era que su jefe fuera un brujo. Lo mejor sería renunciar, o pedirle perdón. Se decidió por la segunda opción, e intentó conciliar el sueño.
En la jornada siguiente, lo primero que hizo el muchacho fue acercarse a la oficina del viejo abogado. Todo lo que iba a decirle lo había preparado detalladamente, con las palabras precisas.
Tocó la puerta y luego del permiso concedido, entró al despacho. Antes de que Charlie pudiera pronunciar la primera sílaba, el jefe le dijo: «tranquilo, de todos los que hay acá, vos sos el que tiene pensamientos más soft, ¿entendés?».
Charlie hizo que «sí» con la cabeza, y fue a su escritorio. Ese día no apartó los ojos de la computadora.


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