Catalina había logrado su misión. Llevaba la mayor parte de su vida en Argenguay, realizando tareas de inteligencia para una Corona extinguida, pero con sus resortes transmutados a una oficina estatal. Entre sus misiones se encontraron objetivos de lo más variados. Desde hombres poderosos y robos en laboratorios, hasta el cuidado de un niño que había nacido para ser rey.
Por cuestiones políticas, el destino llevó lejos de su reino al último heredero de los Zanmindi, y Catalina se fue con él. Al llegar a Argenguay reconstruyó la comodidad de su tierra natal, con trabajo y esfuerzo. Porque era una espía, no una destructora sin sentido.
El compromiso con su trabajo la llevó a sacrificadas décadas de encierro voluntario en su casa. Mientras las compañeras que se hacía en la vida cotidiana salían a bares y se hacían problema por las equivocaciones del hacer, ella vivía su propia historia. Una totalmente reservada, sin verdaderos amigos. Era la única espectadora de una obra que le salía muy bien, a costa de jamás escuchar aplauso alguno.
El reconocimiento recién llegaría a sus 60 años, cuando el centenario protocolo creado por el servicio secreto del que era parte marcaba el fin de todas las operaciones. Por los riesgos a los que estaba sometido ese tipo de agente, se le encomendaban cosas propias para alguien de quien se espera que no esté más al día siguiente. Pero Catalina seguía viva.
Básicamente se convertiría en una santa, con cada aspecto que puede desear el ser humano a su merced: alimentos, descansos, diversión y buen trato. Todo potenciado por un respeto propio de un antiguo egipcio a su faraón. Solo faltaba su regreso a Asram, la tierra por la que tanto había sufrido.
«En la Tierra se sufre más de lo que se disfruta». Este era un pensamiento de Catalina que, reconocía, era apto a cada trabajador/a independientemente de su rubro. Cuando se tuvo que tomar el avión acompañada por los primeros «súbditos» que formarían parte del exclusivo séquito de no más de diez personas que se encargarían de su cuidado, le saltaron unas lágrimas al recordar a Nicolás, el pequeño al que tanto había protegido y que hoy ya andaba solo.
«No te olvidaré tan rápidamente», pensó hacia sus adentros Catalina, observando el pasillo del aeropuerto antes de subir por la manga. De cada transcurrir en el que experimentó lo jodida que es esta especie, rescató el valor del amor. Ese amor que no se apaga por la desavenencia de un romance fallido o una mirada ausente, sino que queda prendido por haber llegado hasta lo más genuino. Eso que se suele llamar familia.


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