Por Felipe Pigna (Caras y Caretas)
Osvaldo Soriano fue mucho más que un escritor; fue el “cronista del sentimiento popular” argentino. Su obra logró una hazaña poco común: unir el éxito masivo de ventas con el respeto de la crítica, utilizando un lenguaje directo, cargado de humor negro, melancolía y una profunda sensibilidad política. Nacido en Mar del Plata el día de Reyes de 1943, Soriano no terminó la escuela secundaria. Su verdadera universidad fueron las redacciones. En Buenos Aires, formó parte de la mítica redacción del diario La Opinión. En 1973 publicó su primera novela, Triste, solitario y final, una parodia del género negro donde él mismo aparece como personaje ayudando al detective Philip Marlowe, rondando por ahí el Gordo y el Flaco y frases como esta: “A veces uno cree que está en el centro del mundo y resulta que está en un rincón, esperando que pase la vida”.
El golpe de Estado de 1976 lo obligó a exiliarse, primero en Bélgica y luego en París. Durante su exilio en Francia, Soriano trabó amistad con Julio Cortázar, quien lo apoyó en sus primeros pasos literarios y lo alentó a publicar en Europa. Julio reconocía en Soriano una voz popular y comprometida, capaz de narrar la Argentina desde la ironía y la ternura. Durante estos años escribió sus obras más políticas y dolorosas, que analizaban la violencia argentina desde la distancia, como No habrá más penas ni olvido, de 1978, una sátira feroz sobre el enfrentamiento interno del peronismo en un pueblo imaginario llamado Colonia Vela con un diálogo para siempre: “–¿Usted es peronista? –No, yo nunca me metí en política. Yo soy peronista”. Luego vendrá Cuarteles de invierno, de 1980, la historia de un boxeador en decadencia en plena dictadura y una pelea que va mucho más allá de lo deportivo.
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Con la vuelta de la democracia en 1983, Soriano regresó a la Argentina como un héroe literario. Sus libros se vendían por miles y desde 1987 se convirtió en una firma indispensable del diario Página/12. En esta etapa, su narrativa se volvió más surrealista y cinematográfica, con obras como A sus plantas rendido un león (1986). Soriano escribía de noche, rodeado de sus gatos, a quienes consideraba sus mejores críticos. Su prosa evitaba el adorno innecesario y buscaba la emoción directa del lector. Él mismo ironizaba sobre su destino: “Yo no tengo biografía. Me la van a inventar los gatos que vendrán cuando yo esté, muy orondo, sentado en el redondel de la luna”.
Veía al fútbol como una tragedia épica. Su relato “El penal más largo del mundo” es un pilar de la literatura deportiva y el humor como un mecanismo de defensa ante la tragedia nacional. Fue un apasionado hincha de San Lorenzo de Almagro. Su vínculo con el club se reflejó en crónicas y relatos donde el fútbol aparecía como metáfora de la vida y la política. En entrevistas solía recordar partidos y jugadores, y su figura es aún reivindicada por la hinchada azulgrana como un símbolo de identidad cultural. “A mí me gusta la gente que sabe que la vida es una derrota, pero que da la batalla de todos modos”, solía decir.
Aunque fue uno de los autores más vendidos en la Argentina en los años 80 y 90, la academia y los círculos literarios tradicionales lo ignoraron o lo consideraron un escritor “menor”, por su estilo accesible y su cercanía con el periodismo. Sin embargo, su obra tuvo enorme impacto cultural y varias adaptaciones cinematográficas. Falleció de cáncer de pulmón el 29 de enero de 1997, a los 54 años, y fue sepultado en el Cementerio de la Chacarita. Soriano encarna la figura del escritor popular y comprometido: periodista crítico, narrador irónico, exiliado político, hincha apasionado y amigo de Cortázar. Su exclusión de los círculos académicos contrasta con el fervor de sus lectores, que lo convirtieron en un clásico contemporáneo de la literatura argentina. Su obra sigue siendo leída como testimonio de una época atravesada por dictaduras, exilios y pasiones colectivas.


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