Por Norma Lafuente D’abiduría
El viejo escuchaba en silencio. Un momento de la escucha se le hizo particularmente difícil, con sus impulsos instándolo a soltar una descontrolada carcajada. Es que la persona que tenía frente suyo le hablaba de valores que eran puro blah blah. Algo así como leer un artículo sobre la bondad y la sinceridad, perfectamente escrito, pero sabiendo de antemano la falsedad de quien lo publica.
La hipocresía no es un mal de estos tiempos, pensó. Ocurrió desde el primer conflicto humano, generada por las intrincadas estrategias que un adulto, las tribus, y complejas organizaciones, pueden llegar a optar para hacer su propio jaque mate. O dicho de otra manera, para cagar al otro.
Lo que jamás entendió el viejo es cómo vive ese sujeto que predica lo que no cumple. O que ensalza públicamente lo que desconfía en su vida cotidiana. Hablar de solidaridad pero maltratar al compañero de trabajo. Desear un mundo mejor pero en la práctica vincularse en los círculos sociales ya construidos y cerrarle la puerta al desconocido, al extranjero.
Ocurre que el adulto sufrió mucho. Le han hecho tanto daño que aprendió a callarse, a excluir y excluirse. A diferencia de los niños, ya no afronta sus berrinches a los gritos interminables o con un golpe impiadoso, sino que para sobrevivir apela a la indiferencia.
Cuando los niños y niñas se enojan, se lastiman sin más. Los adultos también, aunque ya no por regla general, porque en ese caso volveríamos a la ley de la selva. Con la «civilización» aprendimos a ignorarnos y desinteresarnos por los desconocidos. «Si no afecta mi vida, no me importa». Así de simple es el axioma que lidera nuestro inconsciente.
Y lo peor de todo es que cuando se presenta alguien que parece querer revertir esto, falla y destruye la confianza al mostrar luego su lado oscuro. ¿Será que no nacimos para ser buenos? ¿Será que el ser hipócrita es un efecto adverso del buscar una unión donde no debería existir, de los principios antinatura? ¿Será que hemos perdido la esperanza?
También puede que la cosa sea más simple, con cada uno haciendo lo que puede en el dolor de estar acá. En ese caso, un pacto básico sería saludable: no joder al otro.
Para entonces, del amor ya nos habremos olvidado.


0 comments on “Los principios y su efecto adverso”