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Detener el tiempo, más allá de la obsesión

La película argentina "Más allá del olvido" (1956), es una joya oculta, que no deja de tener aspectos recriminables. El comportamiento posesivo del protagonista es el principal. Pero la destreza de sus actores y sus frases elocuentes ofrecen del otro lado de la balanza una expresión hoy olvidada.

Por Eduardo Gómez Zaragoza de la Rosa de Córdoba

Expresar el amor en la pantalla significa poseer un don especial. Y en «Más allá del olvido», un film argentino de 1956, las generaciones más jóvenes pueden deleitarse con aquello que hoy no se ve: la ingenuidad de entregar el alma.

El largometraje, dirigido y protagonizado por el histórico rioplatense Hugo del Carril, tiene frases profundas que ayudan a conectar aun más con la historia. Una pareja que lleva diez años en matrimonio permanece con la pasión intacta. Las peculiaridades: pertenecen al sector social más alto -con un lujo propio de la realeza- y la mujer amada sufre de una enfermedad terminal.

Lo dicho aparece en la primera escena de este clásico. Un clásico que como muchos otros, son parte de lo poco que queda de la democratización del Internet, como lo es la repentina aparición de contenido cultural en plataformas como Youtube.

Sin embargo, las rosas tienen sus espinas, y se muestran con una poderosa genialidad en esta interpretación cinematográfica de una novela del escritor belga Georges Rodenbach. Conociendo esos orígenes se entiende un poco más la europeización de las escenas, los criados por todas partes y la fortuna que no tiene límites. Partes de la maravilla de esas películas que muestran las ostentosas propiedades de los ricos sin detallar cómo obtuvieron su riqueza o siquiera de qué trabajan.

Hugo del Carril hace de millonario caprichoso y obsesivo

El paso de los besos y la admiración, a la posesión del otro como si fuera una cosa, está excelentemente representada. Laura Hidalgo, madre mía, ¡qué actriz! Ver cine argentino del año del ñaupa, trae esperanzas de verdad. Con todas las expresiones, levantamiento de cejas, cerramiento de ojos, angustia marcada, y mucho más de lo que las pantallas de ahora nos hicieron olvidar.

Justamente en esto último se encuentra la fuerza de la película. En lo que se quiere dejar de recordar. Aparece el gran dilema de dejar el amor que se fue, para seguir adelante, porque esa persona así lo querría. No quedarnos con la enfermedad del suicida que muere por goteo, sino salir y volver a vivir, porque «la vida es más fuerte que la muerte».

Vaya si no olvidáramos seguido esta última enseñanza. Lograríamos detener el tiempo, significando tal cosa llegar a ese estado de plenitud que se siente contadas veces. Disfrutar estar en sus brazos, brazos que son especiales porque resultan sinceros y seguros a la vez.

Hasta que la obsesión se aparece y el deseo se convierte en un capricho. Capricho que aquellos que tienen dinero terminan por satisfacer, pero que en el fondo pagan su propia ruina. Porque la felicidad de origen, esa que era un sueño hecho realidad, es la cumbre de la vida. Lugar al que por cierto, para llegar, no hay billetes que valgan.

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