Por Ismael Sánchez-Herrera (The Conversation)
El sol de verano en Viena iluminaba el reloj Anker, mientras mientras una multitud, absorta, levantaba sus móviles. La obsesión no era vivir el instante, sino fotografiarlo, capturarlo en un gesto digital que prometía inmortalizar un presente fugaz.
Aquella escena, repetida en cada rincón de mi viaje por Austria, fue el inicio de una reflexión. Los veranos, como decía el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, despiertan al etnólogo que todos llevamos dentro. Pero en un mundo atravesado por la digitalización, el etnólogo ya no solo observa tribus lejanas: observa la nuestra, en la calle y, por extensión, en la oficina.
Aquel viaje se convirtió en un laboratorio social a cielo abierto. Empecé a ver las dinámicas que moldean nuestras organizaciones en los gestos más cotidianos: en la forma en que consultamos el móvil, en las modas que seguimos, en nuestros rituales urbanos. Comprendí que para entender la cultura de una empresa hoy, primero hay que entender la cultura de la calle.
Nuestra primera brújula en este viaje es el también antropólogo estadounidense Clifford Geertz. En su obra magna, La interpretación de las culturas, nos enseñó que la formación es el mapa colectivo que nos permite orientarnos en el mundo. ¿Pero qué ocurre cuando el territorio cambia más rápido que el mapa? La tecnología digital ha creado un nuevo continente para el que nuestras viejas cartas de navegación cultural no siempre sirven.

Las plataformas digitales, con sus diseños persuasivos, explotan nuestro sistema de recompensas cerebrales. Cada notificación es un estímulo dopaminérgico; cada scroll infinito, un hábito compulsivo. Nuestra capacidad de concentración se deteriora. La cultura, ese gran mecanismo de adaptación colectiva, parece desbordada por artefactos diseñados para captar nuestra atención. Lo vemos en la calle, con gente absorta en sus pantallas, y lo vemos en la oficina, con profesionales incapaces de realizar una tarea profunda sin ser interrumpidos por un torrente de alertas.
El viaje termina, pero la reflexión no. De vuelta a casa, un correo electrónico me invita a un grupo focal sobre cómo la digitalización laboral afecta a nuestra salud. Mientras voy en el metro hacia la reunión, la imagen de la multitud de Viena se superpone a la de los pasajeros a mi alrededor, cada uno en su propia burbuja digital. Es aquí donde la figura del sociólogo francés Pierre Bourdieu se me aparece con una claridad meridiana.
Bourdieu nos habló del habitus : ese sistema de disposiciones, gestos y hábitos aprendidos, que moldea nuestra forma de actuar sin que seamos conscientes de ello. La digitalización ha creado un nuevo hábito organizacional. Contestar un correo electrónico al instante, reaccionar con un emoji no son solo acciones; son gestos que configuran nuestra identidad profesional. Quien domina este nuevo lenguaje corporal digital acumula capital simbólico e influencia.
Este habitus reconfigura el poder. En empresas digitales, un ingeniero joven que documenta su trabajo con precisión en un repositorio público puede ganar más prestigio que un directivo veterano menos hábil en la comunicación asíncrona. La autoridad ya no emana solo del cargo, sino de la capacidad de generar valor en los nuevos “campos” digitales.
Si Bourdieu nos ayuda a entender los gestos, Lévi-Strauss nos permite descifrar la gramática subyacente. Nos recordó que las culturas se estructuran en oposiciones binarias. La era digital ha creado las suyas propias: síncrono frente a asíncrono, canal público frente a mensaje privado, cámara encendida frente a apagada.
De estas tensiones nacen los nuevos rituales que dan cohesión a las tribus organizacionales. Revisión matutina de redes, y sus correspondientes me gusta, rondas virtuales de estado de ánimo o las celebraciones con GIFs son los tótems y ceremonias de nuestro tiempo. Son gestos mínimos que, en un entorno de trabajo distribuido, refuerzan las pertenencias colectivas y nos recuerdan que, a pesar de la distancia, formamos parte de algo compartido.
El relato podría terminar aquí, en una visión optimista de la adaptación cultural. Pero entonces se me aparece el psicólogo estadounidense Edgar Schein, quien advierte que la cultura opera en tres niveles: los artefactos (lo que vemos), los valores (lo que decimos) y los supuestos básicos (lo que realmente creemos). Y es aquí donde surge el conflicto.
Nuestros artefactos son las plataformas colaborativas y las métricas de rendimiento. Nuestros valores declarados hablan de agilidad, bienestar y desconexión digital. Sin embargo, el supuesto básico no ha cambiado: seguimos premiando la disponibilidad constante y la hiperconexión. Esta disonancia es la receta para el cinismo y el agotamiento.
Y es entonces cuando el fantasma de Byung-Chul Han, reciente Premio Princesa de Asturas de Comuniación y Humanidades, recorre las oficinas. En La sociedad del cansancio , el filósofo coreano-alemán lanza una advertencia brutal: el sujeto de rendimiento del siglo XXI ya no necesita un jefe que lo explote; se explota a sí mismo. La digitalización es el amplificador perfecto de esta dinámica. Cada notificación nos recuerda que siempre podríamos – y deberíamos – estar haciendo más. Lo que se nos vende como autonomía se convierte en una jaula de autoexigencia que conduce a la fatiga, la ansiedad y la pérdida de sentido.
El viaje que empezó en Austria termina con una revelación. La transformación digital no es un proyecto tecnológico; es un profundo desafío cultural. La ansiedad de los turistas por capturar un instante es la misma que la del empleado por responder un correo electrónico fuera de horario.
Liderar hoy ya no consiste solo en gestionar recursos o implantar herramientas. La verdadera tarea del liderazgo es convertirse en un diseñador de cultura. Significa leer los símbolos que emergen, cuidar los rituales que unen y, sobre todo, proteger el tiempo y la salud de las personas. Implica alinear los artefactos, los valores y los supuestos para que la tecnología se convierta en un lenguaje de confianza y pertenencia, y no en un dispositivo de cansancio permanente. Porque, como nos recuerdan los filósofos, solo tenemos salud y tiempo. Olvidarlo es el verdadero riesgo en la actualidad.
- Imagen destacada: multitudes a puntos de grabar el reloj Anker, en Austria, al mediodía
- El artículo es de autoría del profesor Ismael Sánchez-Herrera Bautista Cámara, de Universidad Nebrija, consultor de Cultura Preventiva en Vítaly, Universidad Nebrija (The Conversation)


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