Por Sergio Sinay
En estos días a algunos gobernantes (incluso en estas pampas) se les ocurrió hablar livianamente de moral. La moral es un conjunto de deberes que debemos cumplir en todo tiempo y lugar sin esperar recompensa de ningún tipo, como bien lo explica el filósofo francés André Comte-Sponville. No matar, no torturar, no violar, no mentir, no calumniar, ejercer compasión activa (acciones, no palabras) con los necesitados, respetar la dignidad del otro, aunque no acordemos con él. La moral no necesita de ninguna religión, es intemporal, no se exhibe. Es un deber que cada uno se impone a sí mismo a cambio de nada. La recompensa está en la acción.
Otra cosa es la ética, aunque se las confunda o se las use como sinónimos. La ética es lo que cada persona hace con los deberes morales. Los cumple o no. Los respeta o no. Mientras la moral es universal, la ética es personal. Quien evade aquellos deberes o se los pasa por donde más le place no deja de tener una ética. Hasta los ladrones, los corruptos y los asesinos la tienen, se llaman “códigos”. Hay “códigos” en la política, en los negocios, en los vestuarios, etcétera. Es una ética de grupos o de sectas determinadas, pero no toda ética es moral.
¿De qué hablan entonces los gobernantes cuando hablan de moral? ¿De qué hablan los moralistas cuando la mencionan y se la exigen a otros, pero no la aplican para sí? La moral, dice Comte-Sponville, es aquello por lo cual la humanidad llega a ser humana. Muchas éticas tan declamadas hoy hacen exactamente lo contrario.


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