Reflexión

El jugo agridulce de la felicidad

Sí es posible ser feliz. Sin embargo, el sistema que hemos armado como especie lo restringió tanto al punto de convertirlo, por momentos, en una descarada mentira.

Por Tomás Lafuente del Dolor

Creí que se podía ser feliz por más de un momento. Que la libertad, finalmente conseguida, era un estado permanente. Pero la adultez llegó y está más que demostrado que hay que sufrir para vivir. Trabajar cinco días (mínimo) para que en los otros pocos que quedan de la semana sentir que «podés hacer lo que querés». ¿Cómo, si mi alma se encuentra profundamente abatida? ¿Cómo disfrutar si mi pena está tan arraigada?

No voy a mentir, hay momentos en que tengo mucha felicidad. Fueron elegidos casi al igual que un cirujano usa ciertas herramientas en una operación. Estos van en sintonía con mis principios. De lo contrario, solo quedaría adentrarse aun más en el infinito fondo oscuro hacia el que hacemos carrera para llegar.

Tomar un jugo multifruta en un lindo local; escribir de repente y sacarlo todo; ver a esos seres queridos que te sitúan nuevamente en órbita. Porque no todo está perdido. Nuestro destino sí lo está. Y esa es la mejor parte. Al ser así, podemos hacer lo que queremos. Depende de nosotros.

Por contradictorio que parezca, la libertad puede sentirse incluso en la obligación. Si no estuviéramos en ese trabajo de oficina tan odioso ¿acaso nos gustaría la opción más «deslomada»?

Hay quien dirá que sí, pero que a la vez reconoce la necesidad de continuar por el sendero que ya arrancó. Es que la vida es asimilable a un jueguito de computadora. Es cuestión de ir pasando escenarios, y si estás en el nivel 3, querer volver al 1 resulta parte de un engaño.

Un engaño tan similar al de vivir en felicidad. Es posible, pero vaya si a veces no parece una descarada mentira.

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