Por Carlos Fara
Luego de un discurso estruendoso en el Congreso el 1ro. de marzo, vinieron 3 semanas ultra complicadas para el gobierno, en donde perdió la iniciativa política de la mano de los errores no forzados, como de un clima socioeconómico que se va enrareciendo, sumado a un contexto internacional no apto para cardíacos.
En el tablero de la realidad puede haber muchos datos objetivos positivos – como el crecimiento del PBI en 2025 y las inversiones en rubros estratégicos – pero al final del camino todo se termina de resolver en el plano de la opinión pública. Esta semana accedimos al último registro del Índice de Confianza del Consumidor de la Universidad Di Tella. Dado el estado del tiempo que se menciona en el primer párrafo, era lógico esperar que hubiera una caída. Van dos meses consecutivos en baja, perdiendo casi un 10 % respecto a enero. Hubo retracción en casi todos los indicadores, salvo que el interior mostró un crecimiento que no alcanzó a compensar el deterioro en la zona AMBA (una de las más golpeadas por la estadística de desocupación que conocimos esta semana). Pero en el interior también caen las expectativas a futuro.
La caída en este índice permite suponer que también se registrará una nueva baja en el otro parámetro que mide mensualmente la misma universidad: el índice de confianza en el gobierno, que ya lleva 3 meses al hilo en tendencia negativa. Al respecto, no hay consultora colega seria que no haya registrado en este mes un deterioro de la aprobación presidencial, ubicándola por debajo del umbral del 40 %, con un agravante: la mayoría empieza a considerar que la culpa de la situación actual se debe más a la Mileinomics que a la herencia recibida (o, el riesgo kuka). Esto no debería llamar la atención, ya que tarde o temprano iba a suceder, mucho más después del generoso crédito que le otorgó la ciudadanía a LLA en octubre pasado. La consecuencia lógica de semejante respaldo era una vara más alta de exigencia, tal como comentamos oportunamente en esta columna.
Alguien podría decir que la opinión pública cambia, que hoy piensa una cosa y mañana otra, y que todavía falta mucho para la presidencial (19 meses para la primera vuelta). Eso es rigurosamente cierto. Lo que se debe computar aquí es la inercia de los factores. Primero, cuando se instala un tiempo negativo, cuesta más darlo vuelta hacia lo positivo que viceversa. Segundo, más allá del ambiente, una vez que uno se mete en un lodazal – Libragate, Adornigates – modificar las sospechas de corrupción de la ciudadanía es complejo. Tercero, la deriva de las variables económicas que le importan a la calle – empleo, salario, actividad – tardan en reaccionar. Es decir, el gobierno juega con viento en contra.
El aire también puede cambiar. A todos los gobiernos le pasó. En esta circunstancia es como si la administración libertaria – luego de un verano maravilloso en extraordinarias – si se hubiese dormido en los laureles y perdido vitalidad política, con una agenda parlamentaria somnolienta que le permitió a la oposición despertarse un poquito (no mucho): ¡80.000 anotados para opinar sobre la ley de glaciares!
En este marco, el oficialismo revivió dos de sus peores caras. Por un lado, volvió a manejar desastrosamente la comunicación de crisis, como ya le sucedió en todas las oportunidades en que lo agarraron con los pantalones bajos. Contradicciones, aclaraciones que oscurecieron, novedades de llovido sobre mojado, etc. Por el otro, reverdecieron las internas con toda la paranoia a su favor: ¿Quién filtró un video? ¿Quién dejó que se conociera un documento o una escucha reservada? ¿Quién expuso las eventuales falencias de un fiscal?
Como ya lo señalamos, la supremacía es de Karina. Pero aún no maneja todos los resortes y por eso va por la vieja y no querida SIDE. El joven maravilla parece decir “¡resistiré!”. ¿Por qué sucede esto? Porque, a diferencia de cualquier otro gobierno, donde el número 1 deja fluir la competencia entre tribus para aprovecharla en su beneficio personal, aquí el líder no se ocupa de eso. Dejó en manos de su hermana – eficiente políticamente – la administración del conflicto, pero siendo ella a la vez cabeza de tribu. Es decir, el esquema tradicional en este caso no funciona, ergo le complica el cuadro al Javo, ya que los que van perdiendo se defienden con uñas y dientes hasta la próxima tregua.
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El león toma nota de que hay algo que está haciendo ruido en la calle. Respecto a la semana que pasó hay que prestarle especial atención al discurso de Córdoba. En más de una oportunidad trabajó en la comparación para llevar agua para su molino. Por ejemplo: “¿La inflación es alta? Sí, claro, pero cuando vinimos era del 1,5% diario. Venimos desde el infierno” (Néstor Kirchner decía lo mismo y ponía como horizonte llegar al purgatorio). Es decir, reconoce que la foto no es buena, pero la película progresa favorablemente. Un dirigente político hace esto cuando debe dar vuelta percepciones negativas (en inglés se denomina spinning, de ahí los spin doctors). La táctica trata de reconocer el mismo punto de partida que la audiencia, pero tratando de influir sobre la interpretación del dato.
En este marco, algo empieza a gestarse en el arco opositor. Mauricio Macri relanzó al PRO en Parque Norte,- con estética vieja, pero discurso de futuro. Axel Kicillof lanzó su fundación y los amigos de Dante Gebel llenaron el Microestadio de Lanús, más para la política. Ya pasaron casi 5 meses desde el triunfo violeta. Los derrotados van dejando atrás el duelo, la catarsis y los pases de factura, para empezar a juntarse y pensar más estratégicamente. No debe olvidarse que, a esta altura de 2018, faltaban 14 meses para que apareciera algo competitivo enfrente del oficialismo de turno. Y en marzo de 2022 el futuro mandatario lo ponía Juntos por el Cambio. De modo que difícilmente emerja algo atractivo en el corto plazo.
En el otoño caen las hojas, pero es el mejor momento estacional de la economía argentina. El gobierno prende velas para que eso cambie el clima de calle. Pero el verano se terminó.


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