Por Katja Alemann
En proporción el 2% y un poco más de la población se ha movilizado a las marchas, tanto en USA con «No Kings» (Sin Reyes), como en Argentina con los 50 años del Golpe. 8 millones allá y 1 millón acá.
Se podrán imaginar que eso no mueve la aguja. Es apenas un indicio. Ah, sí, hay sectores descontentos, opositores rabiosos que se movilizan. Como siempre. Un poco más, tal vez. ¿Capaces de generar un movimiento como con la guerra de Vietnam? ¿Capaces de intervenir en el rumbo del gobierno? ¿Capaz de generar algún cambio? No creo.
A lo sumo calmar la culpa y la impotencia de no poder hacer nada, de todos los que vemos con estupor el suicidio colectivo al que nos dirigimos.
Mientras, el otro 98% apuesta a quién gana en las pantallas. Aquí y allá. Todos entretenidos con ese partido. El partido de nuestra civilización. Un domingo de Ramos sin misa en el Santo Sepulcro. Histórico.

Siempre vuelvo a recordar este librito que leí hace tiempo The Report Of Iron Mountain, que hace un análisis sobre si es posible la paz. Después de analizar la utilidad de la guerra con argumentos exhaustivos, concluye que no se puede gobernar a la población, sin un enemigo letal que nos confronte al peligro de muerte, sean conflictos bélicos, pandemias o invasiones extraterrestres. Es esa la única manera de dominar/gobernar a las gentes.
Después de la pandemia, la inmediata transición fue la guerra de Ucrania, Gaza y ahora Irán. Hay otras guerras en curso pero no son utilizadas mediáticamente en este sentido. Y, por si nada de esto resulta, tenemos el as en la manga de los archivos extraterrestres y pronto el gran mito cinematográfico de la ciencia ficción del siglo pasado, el dominio de las máquinas, robots insurgentes y asesinos, o IA sin ir más lejos.
La narrativa siempre construye al enemigo, a la fuerza opuesta que dispute el objeto de conflicto, pasando por Apuleyo, Shakespeare, Cervantes, Dostoyevski y quiénes querramos sumar. Lo mismo sucede en la política. Sólo que en la política muere y sufre mucha gente de verdad.
Veo los videos de misiles que caen arriba de ciudades, y ya no sé si es en Gaza, Tel Aviv, Teheran o Ucrania, pero sé que mucha gente muere. La IA ha logrado desnaturalizar la muerte. Vemos cualquier cosa y la descartamos porque es IA. Ya no hay forma de distinguir lo real, la contundencia del sufrimiento humano y su impacto en la psiquis colectiva. Pero lo real acecha inevitable por todos los poros de nuestra percepción, por más artificial que quiera parecer.
El tema es que no lo soportamos. No podemos vivir con esa dimensión inhóspita de las aberraciones humanas. Entonces lo transformamos en juego. Como si fuera la play, como si no existiera de verdad, como si sólo estuviera ahí para entretenernos. Apostamos a descubrir cómo hacen la guerra.
En tanto, la vida sigue, y comemos, dormimos, juntamos el mango como podemos, cogemos y reímos. Y hasta podemos hacer un meme de las más horrendas depravaciones.
Se perdió el tabú, lo inconfesable, lo sagrado. Hoy cualquier cosa, la más miserable, no inmuta a nadie.
En esta realidad, ese 98% no sale a cambiar el rumbo de las cosas, que es lo único que garantizaría un cambio radical.
La revolución que no sucede. ¿Qué tiene que pasar para despertarmos de este letargo cómplice, cómodo y cagón de las pantallas? ¿Cómo sacudimos la consciencia de ese 98% para que se involucre e imponga la razón?
La ficción nos ha ganado la mano. Le creemos más que a la realidad.
- Imagen destacada: Con consignas contra ICE y Trump, se vivió la protesta de ayer en Atlanta


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