Cultura Sociedad

Piero (1945-2026)

Además de salvar una omisión imperdonable de Humanidad - no decir que el autor de la letra de Mi viejo fue José Tcherkaski -, Matías Bauso hace un repaso impactante de la trayectoria de Piero, cantor primero de protesta, después de propuesta.

Por Matías Bauso (Revista Seúl)

Abril de 1984. La efervescencia democrática, en su punto más alto. Todo estaba por hacerse, todos estaban volviendo. Algunos llegaban por primera vez, como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Sus discos, que habían circulado en casetes piratas durante años, se habían empezado a editar en el país a partir de fines del 82, en los meses de la transición. En el ’84 tocaron en Obras con muchos invitados: Víctor Heredia, el Cuarteto Zupay, León Gieco, César Isella, Tarragó Ros. Y Piero. Después salió el disco doble de tapas rojas, que vendió decenas de miles de copias. Muchos recuerdan aquellas noches como apoteósicas, un verdadero acontecimiento, y la prensa celebró los shows y las canciones de los cubanos. De todos los invitados, el único que fue fustigado – el único que, según algún texto periodístico de la época, pareció no encajar – fue Piero.

No hace falta ir a la hemeroteca para comprobarlo: basta con buscar en alguna plataforma el disco En vivo en Argentina, vol. 1. La última canción es Para el pueblo lo que es del pueblo, escrita por Piero con su coequiper de siempre, José Tcherkaski, y grabada en 1975. Es una versión desprolija, con algunos bramidos extasiados de la multitud en los versos más panfletarios: “Estudiar era pecado/ Clandestino era saber/ Porque cuando el pueblo sabe/ No lo engaña un brigadier“. Pero hay un momento en que esa comunión con el público se quiebra. Primero, la sorpresa de descubrir una estrofa nueva (lo que muestra un público más atento que el actual), que canta Piero solo, sin el acompañamiento de Silvio ni de los Zupay: “Olvidemos la venganza/ recordemos lo que pasó/ Si hay justicia que ajusticien/ con una constitución”. Después, en la grabación, se escuchan con claridad los silbidos del público apenas termina el segundo verso: la reacción indignada de una parte de los asistentes. Ese fue uno de los problemas de Piero en su regreso: lo que él tenía para decir no era lo que quería escuchar buena parte de su público antiguo, el que tenía antes de ser obligado al exilio.

«Que se vayan ellos o Para el pueblo… son cosas de hace diez años, y eso ya pasó. Yo fui y volví y hubo gente que se quedó enganchada en eso», le decía Piero a Canta Rock unas semanas después. Cuando se tuvo que ir del país, cantaba Para el pueblo lo que es del pueblo. Al regresar, su canción emblema era Manso y tranquilo. Pero ese no iba a ser el último malentendido que protagonizaría durante esos años.

Piero Antonio Franco De Benedictis, que murió en Buenos Aires el 7 de octubre, a los 81 años, por complicaciones de una neumonía, era italiano. Había nacido en Gallipoli, un pequeño pueblo de la provincia de Lecce. La familia viajó a la Argentina cuando él tenía tres años y, después de pasar por Buenos Aires, se instaló en la Patagonia, en Allen, Río Negro. A los 17 entró en el seminario (es como si Gius, el guionista de El profesor patagónico, se hubiera inspirado en estas dos circunstancias biográficas de Piero para escribir el papel del padre Raúl. Esa película es otro malentendido de su carrera: le dieron un coprotagónico, pero de cura, como a los ídolos juveniles). Duró poco como aspirante a religioso: se dio cuenta bastante rápido de que el celibato no era lo suyo.

En los primeros años en que trataba de hacer pie en la música – su nueva vocación, luego de abandonada la Vocación -, siguió ligado a la religión. Una de sus principales ocupaciones era vender clergyman, es decir, los trajes de civil de los sacerdotes, con esos cuellos blancos de cartón y esas camisas oscuras y cerradas. En 1964 empezó a cantar en Remates musicales, conducido por Roberto Galán. Tuvo algunos módicos hits, subido a la canción italiana y a temas pasatistas al estilo del Club del Clan y de lo que se llamaba la Nueva Ola. Pero no logró asentarse y su presencia en la televisión y en los planes de las productoras se fue difuminando.

En 1967, buscando nuevos rumbos, Piero pasó por la redacción de la revista Siete Días. Su incipiente carrera musical agonizaba: ya casi no lo contrataban, su auge había sido tenue y efímero. Iba a visitar a dos de los integrantes del staff, Otelo Borroni y Roberto Vaca (los que después harían en televisión Historias de la Argentina secreta). Ellos le presentaron a un compañero joven, un periodista de prosa florida y aguerrida que cada tanto escribía poemas y se los mostraba después de algún cierre: José Tcherkaski.

Piero y José comenzaron a componer juntos. Trabajaban ocho horas diarias en un departamento de un ambiente. Con horario de oficinistas trataban de crear un repertorio: Tcherkaski hacía la letra, Piero la melodía, y ajustaban los versos para que entraran de manera adecuada en la canción. Con una decena de temas salieron a buscar discográfica y fueron rechazados en todas. De nada servían los antecedentes musicales de Piero ni el prestigio del joven periodista. Hasta que, en CBS, Héctor Techeiro los hizo grabar Mi viejo porque se aproximaba el Día del Padre. A Piero, al principio, no le gustó demasiado la idea: otra vez iría detrás de una moda, de algún evento oportunista, un método con el que ya había fracasado. Pero Mi viejo fue un boom inmediato. El single vendió más de 600.000 copias. Llevaban a Piero y a Tcherkaski por las disquerías de los barrios para que firmaran las portadas y hablaran con los compradores. La gente se ponía a llorar sobre sus hombros mientras les hablaba de sus padres enfermos, envejecidos o ya muertos.

Tcherkaski se inspiró en el recuerdo de su padre, que había muerto cuando él tenía 14 años. Es famosa la anécdota de cuando Piero subió el volumen de la radio y le hizo escuchar la canción a su propio padre, que a la altura de la segunda estrofa ya lloraba emocionado. Al terminar el tema, todavía secándose las lágrimas, el hombre le dijo: «¿Camina lento mi viejo? ¡Andate a la puta que te parió!» (el padre de Piero tenía en ese momento 48 años; el de Tcherkaski había muerto a los 54).

Tcherkaski, en Chau no va más, un libro que reúne dos entrevistas que le hicieron hace unos años, contó que su madre se enteró de que él era el autor del tema del momento viéndolo en una entrevista por televisión. El domingo, cuando fue a comer con ella, la mujer le dijo que iba a tener que salir a desmentir ese disparate de que había escrito Mi viejo, porque le iba a traer problemas seguir repitiendo una mentira tan grande. La madre no creía que su hijo fuera capaz de escribir una canción. Y menos un éxito de ese calibre y ternura. Se hicieron más de 300 versiones de Mi viejo, de Iva Zanicchi (Un uomo senza tempo, se llamó en italiano) a Los Pibes Chorros. Muchas de sus frases se metieron también en el inconsciente colectivo, fueron el meme de los ’70: aforismos fileteados en camiones y colectivos, cantos de amor al padre: «Yo soy tu sangre, mi viejo».

El éxito de Mi viejo hizo que lo convocaran para El profesor patagónico, segunda entrega de la saga docente de Sandrini. En la película, Llegando, llegaste viene a ser nuestra Tiny Dancer: esa parte es la antecesora de la escena de Casi famosos donde el alter ego de Cameron Crowe, la groupie Penny Lane y todos los miembros de la banda entonan la canción de Elton John en el micro de gira. Acá no es un micro, sino un tren; Gabriela Gilli vendría a ser Kate Hudson y el silbido de Luis Sandrini, vaya uno a saber con qué lo podríamos comparar.

Gran parte de las letras del repertorio de Piero fueron escritas por José Tcherkaski, quien declaró que no eran amigos íntimos, que tenían una relación laboral amable pero también diferencias de visión considerables. Es fácil deducir que lo que los separó a partir de los años ’80 (aunque en alguna ocasión volvieron a trabajar juntos) fueron las ideas y los posicionamientos políticos.

Los temas de la dupla se convertían en éxitos inmediatos. En 1969 ganaron el Tercer Festival de la Canción de Buenos Aires con Cómo somos. Al año siguiente obtuvieron el primer premio en el Festival de Río de Janeiro con Pedro Nadie; en el jurado estaban Paul Simon y Lalo Schifrin, entre otros. A diferencia del resto de los participantes, que se presentaron con arreglos complejos y una big band, Piero se paró frente al público y el jurado, solo, con su guitarra. Esa desnudez de la canción ayudó a que fuera escuchada mejor, además, por supuesto, de su conexión con el clima de época. De esos años es también Juan Boliche. Ya en la década del ’70 llegaron las canciones de protesta: Los americanos, Cosas que pasan, Coplas de mi país (Ay país, país, país) y, por supuesto, Para el pueblo lo que es del pueblo. También editó, con mucho éxito, un disco para el público infantil, Sinfonía inconclusa en la mar.

José Tcherkaski, coautor de Mi viejo

En julio de 1976, su hermana salía con el hijo de un comisario. El suegro de su hermana le avisó a Piero que había visto su nombre en una lista de personas a desaparecer y que debía irse del país lo antes posible. La amenaza le sonó tan verosímil y urgente que decidió viajar de inmediato. Mientras preparaba todo, se escondió en la casa de Arturo Puig y Selva Alemán, vecinos suyos que lo cobijaron. Desde la ventana de la casa de la pareja de actores vio cómo dos Falcon verdes iban a buscarlo. Se fue a Colombia. De ahí siguió hacia Italia y terminó instalándose en España.

Vivió en el campo, en un molino abandonado a casi 100 kilómetros de Madrid, sin agarrar una guitarra durante dos años. Nunca se victimizó con el exilio. Decía que había tenido suerte, que no había sido duro, que podía vivir con 30 dólares al mes y que había descubierto la conexión con la tierra. De a poco retomó la música. Le dijeron que, ya entrada la década del ’80, algunos habían empezado a regresar. Viajó hasta Uruguay y desde ahí, desde más cerca, se convenció de que podía volver.

Al poco tiempo anunció un show en Obras y lo agotó rápido. Pero unos días antes le dijeron que no iba a ser posible. Él contaba que Massera le había dicho que debía reanudar su carrera más despacio, en algún lugar más chico, ir de a poco. Le costó encontrar otro lugar hasta que Antonio Carrizo lo entrevistó en La vida y el canto y Alejandro Romay le ofreció la sala de El Nacional. Después vinieron los discos; Soy pan, soy paz, soy más, cantada por Mercedes Sosa en su regreso (aunque la canción no estaba en el disco en vivo); el éxito de nuevo y su ubicación temporal en las huestes del rock nacional, ese amplio y desparejo espectro que en 1982 involucraba a cualquiera que cantara en castellano y no hiciera tango o folklore.

A raíz de Malvinas y de la prohibición de emitir música en inglés, el rock nacional adquirió un protagonismo casi monopólico. Pero en esa confusión (y obligación) de pasar solo gente cantando en español, la etiqueta de rock nacional se estiró hasta límites impensados. Por un par de años fueron considerados rockeros cantantes que nunca más lo serían: Baglietto, Lerner, Sandra Mihanovich, Marilina Ross y Piero. «Un cantante que se acercó lentamente al rock. Puso un pie en el rock y el otro lo deja en el aire», decía la revista Pelo, que para ilustrar las primeras jornadas del B.A. Rock 82, el gran festival de la época (que tuvo disco doble y película dirigida por Héctor Olivera), lo eligió a Piero para la tapa: «Piero emocionó al Festival», decía. Era una gran foto que ocupaba toda la portada, con él de espaldas, sobre el escenario, vestido de blanco, frente a una multitud atenta.

Entre tantos rockeros, el que cerró el primer día fue él. Hay que reconocer que la programación era ecléctica. Podían tocar en la misma jornada V8, Piero y Los Encargados, que fueron lapidados por parte del público, que no entendía qué hacían sobre el escenario esos jóvenes vestidos con mamelucos: las piedras rozaban la cabeza de Daniel Melero, que se reconcentró en sus teclados. La revista destacaba la destreza técnica del guitarrista del grupo Demo, un tal Ricardo Mollo. Los periodistas del palo – puristas, muy críticos y exigentes, no dudaban en destrozar un disco o una presentación – hacían malabares para justificar la presencia de Piero en esos eventos y hasta en las páginas de las revistas especializadas: «Una música abierta (antes era más folclórica) pero intentando mantener las raíces latinoamericanas», escribieron en Pelo.

Él, por su parte, no se preocupaba demasiado por los encasillamientos: «No me interesa el título. Del rock creo que soy primo, un amigo cercano». Tenía modos de predicador que tal vez le quedaron del seminario, con un discurso new age (manso y tranquilo, buenas ondas, achicar el pánico); en algún recital de los que están colgados en YouTube se lo escucha pedir a la gente que no fume tanto, por ejemplo. Él, con anteojos, rulos y sonrisa permanente, vestido de blanco; el público, también de blanco, invitado por Piero a ir así, en una especie de dress code místico. Flores lanzadas al escenario y desde el escenario. Hacía estadios por todo el país y vendía muchos discos.

Sus nuevas canciones, o esa estrofa agregada a Para el pueblo lo que es del pueblo, no las consideraba una traición ni a su gente ni a su pasado. Eran un paso adelante, una evolución. Con su estilo epigramático, de autor del cancionero popular, lo resumía así: «Pasé de la protesta a la propuesta». En el 84, en una entrevista, resumió cuál fue su postura tras su regreso del exilio y qué era lo que deseaba de la nueva etapa democrática: «Mi generación me consideró un traidor por venir con “buenas ondas”, me miraban como un traidor. Para mí hay que ser menos rígido. Es cuestión de agarrar este baldío que nos dejaron y empezar a mejorarlo, sacándole connotación política, religiosa, lo que sea. Empecemos a laburar, a hacer cosas, después cada uno tendrá su bandera, su corazoncito, lo que sea».

Era (manso y) tranquilo en el escenario, sin gran despliegue. Parecía una figura tenue, pero tenía presencia, un gran manejo escénico. Tierno y nada eufórico. El público era más entusiasta que Piero. No había relación entre su tranquilidad y el fervor de la gente. Transmitía serenidad y una rara energía que se multiplicaba en la gente; acaso fueran a buscar algo que él no estaba dispuesto a darles.

Hay un récord que seguramente le pertenece: debe de haber sido el primero -de cientos – en nombrar a Diego en una canción. En Cuestión de células, un cover de un tema de Lucio Battisti incluido en el disco en vivo Calor humano, de 1981, Piero agrega una referencia a Maradona. En ese disco también está perdida, entre algunos hits más obvios, La caza del bisonte, otro cover italiano que tiene, al menos en la versión de Piero, un estribillo similar al de Kodachrome, de Paul Simon (segunda vez que se lo menciona: aprovechemos para recomendar el disco en vivo que salió el viernes, donde con el hilo de voz que le queda sigue cantando sus clásicos invencibles). La caza del bisonte, a su vez, parece una obvia influencia – en esta matrioska de inspiraciones y plagios – del primer gran tema pop español, La chica de ayer, de Nacha Pop.

Otro parámetro de la popularidad de Piero en esos años, en los meses previos a las elecciones y en los primeros momentos de la primavera alfonsinista, fue una gran publicidad en Pelo de La Corporación, la agencia de Oscar «el Gordo» López, manager de varias figuras incipientes del rock nacional. En su elenco estaban Miguel Cantilo, Pedro y Pablo, Celeste Carballo, Zas y Lerner. El que encabezaba el listado era Piero, su artista más importante y taquillero.

Después, pasó la euforia. Su carrera ya no conocía el brillo del comienzo de los ’70 ni el de esos tres años entre el ’81 y el ’84: sus discos vendían menos y él se retiró al campo, a su huerta. Puso en marcha granjas de la Fundación Buenas Ondas, en las que tenía decenas de chicos a los que alimentaba y educaba en oficios. Esos centros, que llamaba Ecogranjas, los diseminó por toda América. Insistía con el concepto de autonomía, tanto como aspiración para los chicos (lograr que fueran autónomos en el futuro) como para su propia organización (no depender del poder político).

En 1998 fue nombrado secretario de Cultura de la provincia de Buenos Aires durante la gobernación de Eduardo Duhalde. Su gestión no fue memorable, aunque muchos sostienen que les dio oportunidades a artistas de todos los signos políticos. En 2002, un informe de Telenoche Investiga lo acusó de manejo fraudulento de 40 becas para chicos de las ecogranjas educativas de Buenas Ondas. Fue llevado a juicio oral, pero al cumplirse diez años se declaró la prescripción de la causa.

Fue, también, una especie de pariente político de Mirtha Legrand. Su hijo, el músico Juan de Benedicits, tuvo una hija con Juana Viale. Mirtha, por supuesto, como a tantos otros, lo sobrevivió.

  • Fuente: Revista Seúl. Imagen (ZIPERARTE) y títulos destacados, originales de la publicación.

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