Es, nos animamos a afirmar, lo contrario a Fidel Pintos, el inventor de La Sanata, del que seguramente no tiene registro. Rafael Calderón nació en Sucre, en el centro de Bolivia, hace 41 años, y se vino para la Argentina a los 20 años a probar suerte, primero como obrero textil, luego como ayudante de peluquero, hasta que logró instalar su propio negocio, hace 4 años, alquiler mediante, en el barrio de Mataderos.
En Buenos Aires formó su familia. Tiene dos hijos argentinos, Amanda, quien ya está estudiando economía en la UBA y Lionel (por su admirado Messi), de apenas 9 años. Con una clientela fidelizada, Rafael es cordial, se expande cuando le dan cabida. Nada que ver con Fidel, el rey del verso. Tuvo que soportar, como todos los artesanos de la tijeras y las maquinitas de cortar el cabello, las restricciones y penurias impuestas por la cuarentena.
El miércoles 29 de julio empezó a retomar al trabajo, con riguroso protocolo. Como integrante de una comunidad que, según el censo de 2010, llegó a los 345 mil personas (aunque cálculos extraoficiales la elevan a más de dos millones, detrás de la paraguaya y la Dirección de Inmigración constató el ingreso de 414 mil bolivianos entre 2011 y 2017), Rafael se siente parte en el barrio popular que eligió para vivir y prestar su prolijo servicio.
Humanidad indagó sobre su experiencia en la pandemia. Habló de las dificultades, la solidaridad y comprensión de los vecinos. Impresionó cuando explicó el retraimiento de los adultos mayores que dejaron de concurrir a su peluquería, en la avenida Directorio, por temor a contagiarse la enfermedad.
“Los de más edad, los que rondan los 80 o más, no están acostumbrados a usar WhatsApp para pedir turnos por teléfono. Empezaron a llegar, como hacían antes, con sus melenas crecidas y desordenadas. Los vi caídos, tristes, preocupados por el encierro obligatorio. Si uno mismo padece trastornos por la situación, como no comprender el desaliento que los atrapa”, contó.
En apenas cinco días, Rafael tuvo que atender a más de 10 octogenarios y un pensamiento rondó por su cabeza, dada la fugacidad de la existencia que lo explica tan bien la letra de un tango cantado por Gardel: “Es un soplo la vida”.
“Viéndolos así, tan abatidos hasta físicamente, muchas veces me pasó por la mente: ¿será éste el último corte?”. Amable y educado, Rafael se desvive por atenderlos, con todas los previsiones sanitarias. Una alfombra con lavandina los recibe a la entrada de su pequeño local. “Pero cuando salen, el virus los está esperando en la calle y puedo experimentar sus temores”, empatizó con sus clientes.
Como buen peluquero, conversa cuando le dan calce. Por lo general es callado. Escucha quejas, que giran acerca de problemas económicos, alegrías y tristezas familiares, del ocaso de historias personales producto del inexorable paso del tiempo.
A Rafael también se le hizo duro mantener su trabajo, pero recibió el apoyo de la barriada. “Con el 99 por ciento no tengo ningún inconveniente. Puede haber alguno que rezongue». Para afrontar la situación accedió a un crédito a tasa cero facilitado por el Banco Nación. Es un agradecido.
Le preocupa el futuro, pero también abriga esperanzas de poder mudarse a la costa atlántica. Instado por Humanidad a hacer comparaciones (siempre odiosas), dijo que en su país no hay buena prestación médica, pues para atenderse hay que pagar, algo que no ocurre en los hospitales de la Argentina. Sabe por las noticias y relatos de familiares, que muchos bolivianos apelan a curaciones con hierbas medicinales y yuyos. No desmintió que muchos de sus conciudadanos murieron en las calles, ante la desatención de las nuevas autoridades. El quedarse en casa en Bolivia es un imperativo.
Ha hecho aquí buenas migas con gente de su comunidad y fuera de ella. Los argentinos lo tutean con afecto, aunque el se escuda en el «usted». Como anécdota, mencionó que un grupo de futboleros, que se juntaban a jugar y tomar algún refrigerio, se hacían bromas entre sí y se sacaban mechones de pelos en forma caótica. Tuvo que rasurar a 4 de ellos. Otros fueron a pelarse con otros competidores en el arte de embellecer la parte externa de algo tan valioso que nos debería servir para pensar y congeniar con armonía.


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