Cultura

Horacio González (1944-2021), un lúcido pensador

Para expresar el dolor por la muerte del exdirector de la Biblioteca Nacional, Humanidad eligió la semblanza en la que Caparrós transmitió su cariño y admiración y lo definió como inteligente, generoso y mordaz.

Por Martín Caparrós (Cháchara)

Horacio González había nacido en Buenos Aires en 1944, hijo de un empleado público que se separó de su madre cuando él era chico; su abuelo materno, el hombre de la casa, era un inmigrante italiano que había hecho carrera en el ferrocarril de los ingleses y terminó como capataz en los talleres de San Martín. El abuelo Ulderico tocaba el clarinete y celebraba a los dos próceres de Recanati, su pueblo natal: el poeta Giacomo Leopardi y el tenor Benjamino Gigli. El abuelo Ulderico siempre pensó que los trenes se arruinaron cuando los nacionalizaron, y estaba en contra del gobierno que lo hizo: no solía participar en política, pero cuando cayó Perón puso una bandera argentina en la puerta de su casa. La casa era grande y oscura, con su patio y sus malvones, sobre una calle de tierra de Villa Pueyrredón. Aída, la madre de Horacio, trabajaba en la Biblioteca Popular del barrio; desde chico, Horacio la acompañaba a su trabajo y leía, leía, leía.

En el barrio, a principios de los cincuentas, Horacio era “el hijo de la señora que se separó” y eso, entonces, significaba algo. La familia quería prepararlo para una vida útil y lo destinaron a ser contador público. Horacio se resignó y empezó a cursar el comercial. Pero leía a los historiadores revisionistas, discutía en las clases y abominaba confusamente de ese destino ordenado y previsible: cuando le tocaba entrar en cuarto año consiguió pasarse al nacional Sarmiento, en Libertad y Arenales y, con deliberación, hizo todo lo posible por cambiar su barrio casi suburbano por las luces del centro.

Entrar en el Nacional era como entrar en la política, en la patria. En esos años, a fines de los cincuentas, el Sarmiento era más que nada un refugio para hijos de familias tradicionales venidas a menos. Un González, ahí, era casi un marginal: casi un judío. Era la época de las peleas entre enseñanza laica y enseñanza libre y el Sarmiento era uno de los bastiones de los grupos nacionalistas católicos que estaban por la educación religiosa. Horacio estaba fascinado a su pesar por esos muchachos de traje negro, bufandas federales y peinado a la gomina con la cola de pato: los hermanos Berra, el flaco Ezcurra: los jefes de Tacuara. Lo fascinaban, pero estaba en contra. Además, estaba claro que el plebeyo González no era uno de ellos.

-Che, González, vos de qué las vas con la cola de pato.

Tognetti dio la noticia por pedido de Liliana Herrero

Le dijeron un día, y entendió. El clima era agitado, y a menudo la salida de clases se amenizaba con cadenazos; de vez en cuando aparecía algún revólver. Los alumnos nacionalistas le pegaban a los alumnos judíos y, a veces, llegaban al rescate desde el nacional Moreno los muchachos de FACON, la Federación Argentina contra las Organizaciones Nazis, y se armaban trifulcas importantes.

Alguna, incluso, terminó a los tiros en la plaza Libertad, con un herido de FACON. Horacio, a todo esto, se había metido en un grupo del centro de estudiantes, alentado por varios profesores, que trataba de mantenerse equidistante y condenaba todo tipo de violencia.

En 1963, cuando entró en la carrera de Sociología, Horacio González se pasó unos meses rondando alrededor de mitines y asambleas, buscando dónde militar: quería pertenecer a algún grupo de izquierda, hacer algo contra ese estado de cosas del que venía leyendo y escuchando, pero no sabía con quién. Sabía, sí, que el militante era el modelo de persona que lo cautivaba y que quería ser uno de ellos: no estaba seguro de poder. Sociología también era un espacio atractivo: era una carrera en pleno auge, donde empezaban las discusiones que después se desparramaban por el campo intelectual. En esos días empezó en la facultad una huelga en una materia, Metodología, a la que se acusaba de empirista: de utilizar los saberes sociológicos para cuantificar la sociedad y operar sobre ella a favor del sistema. La huelga estaba encabezada por Heriberto Muraro, Daniel Hopen, Marcos Slajter. La discusión contra los empiristas era encarnizada. En una asamblea en el patio de Sociología, en la calle Viamonte, Slajter lanzó un desafío perentorio.

¡Y estoy dispuesto a regalarle toda mi biblioteca de Lenin al que me demuestre que se puede comprobar algo por el método empírico!

La discusión y la pelea pasaban por un enfrentamiento de métodos y teorías: los estudiantes enarbolaban un libro de Wright MillsLa imaginación sociológica, y un manual de LenínSobre el empiriocriticismo, contra los manuales americanos al uso.

La huelga consistía en no presentarse al examen de Metodología, pero poco a poco fue perdiendo fuerza. Horacio se empeñaba en no dar el final, aunque veía que algunos de los dirigentes de la huelga empezaron a rendirlo. Era extraño, pero Horacio respetaba a esos dirigentes y supuso que, si lo hacían, era porque habían entendido algo que él todavía no. Unos meses después, Slajter moriría como miembro del Ejército Guerrillero del Pueblo, un foco rápidamente abortado que había organizado en Salta Jorge Massetti, un periodista argentino que había vivido en Cuba, donde fundó la agencia Prensa Latina. En la facultad fue un golpe fuerte: hasta entonces, todos habían hablado pero nadie había pasado a la acción de esa manera tan tajante. En esos días, Horacio se contactó con un grupo más o menos trotskista que se llamaba MIRA, Movimiento de Izquierda Revolucionaria Argentina: no era exactamente que lo hubiese elegido; fueron, más bien, los que quedaban más a mano, y había que hacer algo.

El sociólogo y ensayista Horacio González murió por coronavirus

El MIRA estaba dirigido por uno que se hacía llamar Horacio Casco Achával:  era un poco mayor que la mayoría de sus compañeros y había leído su Lenin de cabo a rabo. Casco tenía una frase del ruso para cada ocasión: las aplicaba como parábolas cristianas, y deslumbraba a su auditorio. También tenía contactos con algunos militantes sindicales. Entre ellos un tal José Pedraza, un obrero de izquierda del gremio ferroviario, del que siempre se hablaba con el mayor respeto: era bueno, era como una garantía de importancia para un grupito de la izquierda tener a un obrero entre sus próximos. Alguna vez, el MIRA, para apoyar el trabajo sindical de Pedraza, pintó con sus consignas los grandes paredones junto a las vías de entrada a la estación Retiro. Después, durante semanas, Horacio pasaba en tren frente a esos paredones, cuando venía del barrio al centro, y los miraba con orgullo.

En esos días, Horacio tenía veinte años y empezó a leer a Lenín con denuedo. El MIRA era más bien ecléctico: también estudiaban con entusiasmo a Mao Tsé Tung, y leían Pekín Informa siempre que podían. Horacio se había suscrito a esa revista china, que llegaba sin escalas desde el Asia hasta su casa de Villa Pueyrredón. Su abuelo Ulderico, que la recibía del cartero, estaba impresionado. El MIRA, además, empezaba a discutir la cuestión peronista: cómo se podía hacer la revolución obrera y socialista en un país donde los obreros estaban mayoritariamente con el General.

Uno de esos días, el TAU, la Tendencia Antiimperialista Universitaria, que era el grupo del MIRA en la universidad, organizaba una charla sobre Hegel y Marx, a cargo de un filósofo, Norberto Wilmer. Corría 1964 y recrudecía el plan de lucha de la CGT contra el gobierno radical y la proscripción del peronismo, con gente manifestándose en las calles. Pero la charla seguía en pie. Daniel Hopen lo agarró a Horacio en la vereda de Viamonte. La facultad todavía no se había mudado a Independencia.

-Che, decíle a Wilner a ver si puede suspender ese curso sobre Hegel, porque hay huelga de la CGT.

No hubo caso. En el aula magna había treinta personas escuchando hablar de la filosofía alemana y en el centro los obreros se peleaban con la policía. Horacio se quedó en el aula, pero estaba incómodo. El curso era realmente interesante, pero le parecía que la historia se estaba haciendo en otro lado.

Poco después, la policía baleó una manifestación en San Martín y mató a tres obreros: Mussi, Méndez y Retamar. Dos eran comunistas y uno peronista: cuando la noticia llegó a la facultad, el centro de estudiantes decidió levantar las clases y salir en manifestación como muestra de solidaridad con los caídos. Horacio y otros dos compañeros empezaron a recorrer las aulas para avisar a los alumnos. Cuando ya estaban casi todos en la calle, se encontraron con un aula donde seguía la clase.

El intelectual fue uno de los fundadores de Carta Abierta

Era una sala chica, donde diez o quince mujeres de mediana edad escuchaban una clase sobre sagas islandesas a cargo del profesor Jorge Luis Borges. A Borges nadie le hacía caso: era un lugar común hacerle burla cuando bajaba, tanteando, las escaleras de la facultad. Para los estudiantes de izquierda, Borges era una especie de aparato que, en medio de las transformaciones que enfrentaba el país, seguía hablando de guerreros míticos y versos en dialectos celtas. A sus clases sólo iban señoras bien vestidas, y los militantes estaban convencidos de que era un rezago de un pasado ridículo que estaba por desaparecer. A lo sumo, a veces, alguien le ayudaba a cruzar la calle cuando se paraba, golpeando su bastón contra el suelo, en la esquina de Viamonte y San Martín.

La puerta del aula hizo un ruido siniestro cuando la abrieron Horacio y sus amigos, y Borges, sentado en su escritorio, dirigió sus ojos ciegos hacia el estrépito. Borges se levantó, con una firmeza extraña, y caminó hasta la puerta. Uno de los militantes dijo en voz muy alta que había que suspender la clase:

-Venimos a levantar esta clase porque han muerto los obreros Mussi, Méndez y Retamar.

Y al profesor Jorge Luis Borges le temblaron los labios. No pudo balbucear nada, pero los tres creyeron que quería pegarles. Tenía un gesto de furia inverosímil. Hubo un segundo de tensión muy quieta. Después, los tres militantes bajaron la cabeza y se fueron, sin cerrar la puerta.

A mediados de 1966, Horacio González ya formaba parte de un grupo que resultó de la alianza del TAU con el LIM -Línea de Izquierda Mayoritaria– donde estaban Roberto Grabois y Daniel Hopen. La sopa de siglas no siempre era fácil de entender. Al poco tiempo, el LIM-TAU pasó a llamarse FAU -Frente Antiimperialista Universitario– y era el grupo de izquierda no-PC de más peso en esos días. En esos días de junio, los grupos estaban muy activos. La universidad fue una de las escasas instituciones que se opuso desde el principio al golpe. Ya la noche del 28 de junio el rector, Hilario Fernández Long, llamó a los docentes, alumnos y ex-alumnos a defender a las autoridades que habían elegido y a “mantenter vivo el espíritu que haga posible el restablecimiento de la democracia”. El golpe parecía una amenaza pero Horacio sentía, extrañado, cierto alivio: algo estaba por cambiar, y mucho. Varios estudiantes discutían la cuestión cuando Horacio lo dijo, con ese estilo un poco marginal que muchas veces le ocurría:

-Y bueno, ahora pasaremos todos a otra cosa. Quién sabe si este golpe militar no nos hace a todos diferentes. Eso es así siempre, pero…

Y otro, enseguida, asintió con un raro entusiasmo:

-Claro, el compañero tiene razón. Yo me imagino que la situación se va a hacer mucho más dinámica.

Las facultades quedaron en tensión, esperando la reacción del  gobierno militar: era evidente que iban a hacer algo, pero nadie previó la violencia con que actuaron.

Un mes después, el 29 de julio, el gobierno del general Onganía promulgó una ley, la 16.192, que debía “poner fin a la autonomía universitaria” y, aunque no mencionaba la palabra intervención, dispuso que las universidades pasaran a depender del Ministerio del Interior. A las diez de la noche de ese día, la Manzana de las Luces, donde funcionaba la facultad de Ciencias Exactas, sufrió el ataque de la guardia de infantería. El decano de Ciencias Exactas, Rolando García, fue herido en la mano, y hubo varios más; Varsavsky, Sadosky, Herrera, González Bonorino, entre otros doscientos estudiantes y profesores, fueron llevados a las comisarías de la zona. Fue la “noche de los bastones largos”. Mientras tanto, a la misma hora, en la facultad de Filosofía y Letras, en Independencia, la guardia de infantería también amenazaba con actuar. Los estudiantes, en el hall, en plena agitación, juraron resistir todo lo que pudieran.

De pronto, la puerta de la facultad cedió a los golpes y las cargas y los guardias entraron en malón. Se cortó la luz, y se escuchaban gritos. Los guardias pegaban, pateaban, insultaban. Horacio trató de protegerse la cabeza con las manos: no había dado cuatro pasos cuando sintió terrible golpe en plena coronilla. El mundo se le nubló, hubo un silbido fuerte y se cayó redondo. Fue un momento: se levantó enseguida, tocándose la cabeza para ver si había sangre, preguntándose qué era, dónde estaba; lo primero que vio fueron los cascos de los guardias, las manos revoleando bastones y trató de alejarse todo lo posible.

Había sido un momento: un desmayo muy leve. Pero Horacio González supuso que significaba algo. Por mucho tiempo creería que ese desmayo lo estaba despertando, que ese golpe había sido un principio: que con ese golpe en la cabeza alguien -el Estado, los militares, el poder- le estaba diciendo que de ahí en más sólo podrían hacer política los que estuvieran preparados para recibir o contrarrestar esos ataques. Horacio supuso que la política iba a suponer alguna forma de comportamiento heroico: por un lado, nada lo atraía más que ese destino literario, épico; por otro, dudaba mucho de sus posibilidades de sostener un personaje semejante. Siempre había creído que era un flojo, pero ese golpe en la cabeza parecía mostrarle otros caminos. Durante un par de semanas Horacio contó en los bares de la facultad la historia de su golpe: se sentía nimbado por un extraño aura.

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