Opinión Sociedad

El asesinato de un kiosquero en Ramos Mejía, la inseguridad al palo

La indignación por otro grave hecho de inseguridad en el conurbano bonaerense - en Ramos Mejía -, provocó la catarsis del periodista Jackson, quien puso el foco en autoridades políticas y judiciales.

Por Ernesto Jackson

¿Cuál sería la reacción del Gobierno si las víctimas de la inseguridad fuesen familiares directos de funcionarios? No importa de qué nivel. Si a quien roban, violan, matan o ejecutan de un disparo a quemarropa, es el hijo del presidente Alberto Fernández o Máximo y Florencia, los de la vicepresidenta, del gobernador Axel Kicillof, de un ministro o de un legislador o intendente, ¿cuál sería la reacción de las autoridades policiales primero, y de la Justicia después? 

El crimen con forma de ejecución de Roberto, el kiosquero de Ramos Mejía, podría ser el comienzo del final de una paciencia infinita de una sociedad que está más que harta, y atravesada por tanto dolor, bronca. Pésimos ejemplos bajan desde el más alto nivel del poder y aplasta al laburante que no entiende por qué nadie pone freno a tanto asco por tanta impunidad, negligencia y a tantos funcionarios que no funcionan. 

¿Se imagina el lector si la víctima de un robo, de un atraco con paliza incluida, de una entradera o salidera fuera un hijo del poder? Claro, dirá el lector y con razón: ellos tienen custodia, van en autos blindados y, según el nivel del progenitor, hasta tienen personal que puede hacer inteligencia antes de que ese funcionario o su familiar salga a la calle. 

El dolor infinito de miles de familias destrozadas no sólo en el invivible Conurbano caliente sino en todo el país, no tiene fin. 

Delincuentes que en muchos casos recuperaron la libertad con causas gravísimas en su haber, amparados por jueces irresponsables, venales, o por el “beneficio” inadmisible concedido por el gobierno en el marco de la pandemia, debieran ser el objetivo central a abordar ya mismo por los responsables.  

Ni un muerto más. Abordar la demorada reforma del Código Penal. Llenar las calles con efectivos de distintas fuerzas de seguridad debidamente dotados y adiestrados, con sueldos dignos. La vuelta de todos los presos liberados desde el año pasado, durante la pandemia y – ¿por qué no? -, quitarle a los jueces la decisión final de liberar presos, si antes no se tiene el visto bueno de un cuerpo integrado por profesionales afines y representantes de la comunidad. 

En estos tiempos, pareciera que la responsabilidad de los no responsables es lo único que mantiene contenido tanto hartazgo en la ciudadanía. No hay peor sordo que el no quiere quiere oír. No hay peor ciego que quien no quiere ver. El dolor de tanta muerte y de tanto desprecio por la vida de los inocentes es una bomba que urge desactivar ya. Mañana quizá ya sea tarde. 

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