Cultura Sociedad

Néstor Gaffet, un impugnador de la censura y adelantado promotor cinematográfico

Carlos Ulanovsky ilustra sobre la actividad de Néstor Gaffet, a quien su hijo Hernán homenajeó con un documental. Enfrentó la tijera de censores célebres en épocas dictatoriales y de inestabilidad política.

Por Carlos Ulanovsky (El Cohete a la Luna)

En 1953 ninguna otra alternativa de entretenimiento superaba la oferta del cine. En todo el país funcionaban a pleno más de 150 salas y en la Capital, apenas en cuatro o cinco cuadras de la calle Lavalle, había más de 20 salas. Cada noche, y en especial los sábados, desde la sección primera noche a la trasnoche, en esos 400-500 metros se juntaban miles de personas que salían, que entraban o que en tantas ocasiones se encontraban con el cartel de “No hay más localidades”. A Néstor Gaffet le tocó desarrollarse personal y profesionalmente en tiempos en que la inestabilidad política, las crisis (de todo orden) y las intromisiones de los poderes eran una película repetida.

Durante 27 años de actividad, Gaffet atravesó turbulencias que parecían mandar a negro al país entero. Supo torear frente a 16 presidencias distintas, pocos gobiernos democráticos, con frecuencia débiles, y muchos de facto que auspiciaban y toleraban intromisiones y censuras de parte de jerarquías militares, políticas, eclesiásticas y civiles. En el documental se pueden ver en acción a unos cuantos. Por ejemplo, José Mariano Astigueta, que fue titular de la cartera educativa durante el interinato de José María Guido y luego, ya con el ministerio degradado en secretaría, volvió a estar al frente del sector y no solo eso: contribuyó a la elaboración de un reglamento de censura inspirado en el Código Hays que tantas veces puso en ridículo al cine norteamericano. Entre nosotros, ese fatídico vademécum inspiró las propuestas amordazadoras de la Triple A y de la dictadura.

El documental Néstor Gaffet, un hombre de cine podría ser considerado como un reconocimiento afectuoso hacia él de parte de su hijo Hernán Gaffet. Sin embargo, cualquiera que se adentre en su contenido comprobará que, en este caso, el entendible vínculo padre-hijo desborda el límite de la pantalla hasta que lo personal y afectivo se convierte en político. En 1953 Néstor invirtió todo lo que había juntado para casarse con Beatriz Zuccolillo en la compra de Juventud divino tesoro, la primera película de Ingmar Bergman, que estuvo en veremos hasta que pudo estrenarse en mayo de 1955 en el cine Libertador. Desde ese momento hasta su fallecimiento, en diciembre de 1982, Gaffet fue el gestor que acercó a la Argentina buena parte de los más granado del arte cinematográfico mundial. Y no sólo fue un productor inteligente y arriesgado, sino también un certero preservador, un promotor cultural adelantado a su tiempo (Bergman ocupó las carteleras porteñas previo a su consagración en el Festival de Cannes en 1956) y un decidido impugnador de la censura.

Personaje emblemático en la lucha contra la censura

Antes de recibirse de abogado, Gaffet había estudiado periodismo y filosofía. Tuvo dos patrias chicas: La Plata, donde nació, y Trelew, donde vivió luego. Fue en el sur en donde aprendió a cautivarse con la pantalla grande asistiendo a funciones diarias en los cines Español y Verdi, y a solidificar su impresión de que – como afirma en el documental -, “el cine es una forma de la felicidad”. Cineclubista inquieto, también fue discípulo del exiliado español Manuel Villegas López cuando ofrecía sus cursos en el Instituto de Arte Moderno. En septiembre de 1964 Gaffet acercó a las pantallas el excelente documental francés Morir en Madrid, de Féderic Rossif, un ensayo potente, revelador y emotivo de la Guerra Civil Española. La película, y obviamente Gaffet, tuvieron que superar severos entredichos con la censura del momento.

Por un lado, originados en la acción del censor Ramiro de la Fuente, director de las áreas de cine y teatro de la Acción Católica Argentina y más adelante encumbrado en la conducción del Consejo Honorario de Contralor Cinematográfico. Y en cada caso respaldado por el entonces arzobispo Antonio Caggiano. De la Fuente y asociados, como Juan Martín Biedma, recusaron el film y ordenaron su secuestro unas pocas horas después de su estreno. Quien acompañó de cerca el procedimiento fue un joven reportero del vespertino El Siglo llamado Horacio Verbitsky, que no solo cubrió el caso sino que también inició una serie de notas críticas bajo el título “El hombre de la bolsa”. Justamente, los guardianes de la profilaxis mental interrumpieron una función y se retiraron llevándose las latas del film en varias bolsas. Fue solo una de los miles de películas (se dice que el número ascendió a 5.000) que en sus gestiones tijereteó el impiadoso De la Fuente. Ellos arruinaron el estreno, pero una semana después la película volvió a los cines, donde se exhibió durante más de 100 días y trepó a los rankings como el documental mejor ubicado entre otras 12 ficciones.

Censores y mentalidades censoras hubo y seguirá habiendo. El peronismo de los ‘50 lo tuvo en la figura de Raúl Alejandro Apold. Antes estuvieron los que dudaron sobre si El gran dictador de Charles Chaplin podía o debía estrenarse. En años venideros el que ocupó con orgullo ese puesto (véase lo que afirma en el trailer) fue alguien que se había iniciado como crítico de cine: Néstor Tato. Había otro principal interesado para que nadie viera ese documental en el mundo y era el mismísimo dictador español Francisco Franco. En nuestro país, cuando se acercaba la fecha de estreno, oscuros personajes de la diplomacia argentina y española se complotaron para que el público no la viera. En España la censura fue implacable: Morir en Madrid recién pudo estrenarse en 1978, 16 años después de su presentación europea y tres años más tarde de la muerte de Franco.

La tarea de Gaffet no paró allí. A partir de 1956 asistió en vida y obra, a través de la Productora Ángel, a Leopoldo Torre Nilsson en películas como Fin de fiesta, Un guapo del 900, Piel de verano, Homenaje a la hora de la siesta y, en especial, La mano en la trampa, por su repercusión internacional en el Festival de Cannes, donde ganó el premio de la crítica. También apoyó la obra inicial del cineasta David José Kohon. En octubre de 1982, poco antes de su muerte a los 58 años (la misma edad que tenía Torre Nilsson cuando falleció) consiguió otra proeza: el reestreno, en copias nuevas de 35 mm., de 11 películas argentinas realizadas “en la época heroica de nuestro cine” en los estudios San Miguel y SIDE: joyas como Los isleros, Tres hombres del río, El último payador o La cabalgata del circo. Lo cierto es que, si capítulos de nuestra educación sentimental se nutrieron de títulos inolvidables como Moderato Cantábile, Un verano con Mónica, Propiedad privada, Rogopag, Por la patria, Adorado John, La felicidad, Los 39 escalones, La prima Angélica, El espíritu de la colmena o El Proceso, entre centenares, eso se le debe atribuir a la tarea de Gaffet, militante de la cultura cinematográfica. Por él aprendimos a pronunciar apellidos difíciles como Wajda y Kurosawa, a soñar con Antonioni y a amar para siempre a Fellini. Ahora su hijo Hernán recupera su obra y lo homenajea en pantalla grande.

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