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Francisco lamentó la existencia de «niños devorados por las guerras, la pobreza y la injusticia»

En una Basílica de San Pedro repleta, tras dos años marcados por las restricciones que provocó la pandemia, el Papa celebró la solemne misa de Nochebuena. La crónica de Piqué y el llamado de "servir a Jesús en los pobres".

Por Elisabetta Piqué (La Nación) 

“Dios no quiere apariencia, sino cosas concretas. No dejemos pasar esta Navidad sin hacer algo bueno. Ya que es su fiesta, su cumpleaños, hagámosle a Él regalos que le agraden. En Navidad Dios es concreto, en su nombre hagamos renacer un poco de esperanza a quien la ha perdido”.

Ese fue el pedido que hizo ayer el papa Francisco en la misa solemne de Nochebuena en la basílica de San Pedro – otra vez con muchísima gente después de dos años marcados por restricciones por la pandemia -, en una homilía llena de pasión en la que denunció el consumismo que rodea a las Fiestas, el hambre de poder que genera los conflictos y lamentó la existencia de “niños devorados por las guerras, la pobreza y la injusticia”.

Ante cardenales, obispos, sacerdotes, siete mil fieles y miembros del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede – entre los cuales, la embajadora argentina, María Fernanda Silva -, el Pontífice comenzó su sermón de una de las misas más importantes del año con una pregunta: “¿Qué es lo que le sigue diciendo esta noche a nuestras vidas?”.

“Después de dos milenios del nacimiento de Jesús, después de muchas Navidades festejadas entre adornos y regalos, después de todo el consumismo que ha envuelto el misterio que celebramos, hay un riesgo: sabemos muchas cosas sobre la Navidad, pero nos olvidamos del significado”, advirtió. A la ceremonia, que presidió, llegó en silla de ruedas debido a un problema en la rodilla derecha que limitó su movilidad, pero no su agenda.

Recordó que la narración evangélica toma distancia del escenario mundano que en ese época tenía que ver con un gran censo que se estaba realizando y se concentra en un pequeño objeto, aparentemente insignificante: el pesebre. “Por lo tanto, ¿qué es lo que nos quiere decir a través del pesebre? Al menos tres cosas: la cercanía, la pobreza y lo concreto”, dijo, pasando a explicar estos tres conceptos.

Francisco y un ruego para no dejarse vencer por el miedo, la resignación y el desánimo

En cuanto a la cercanía, Francisco indicó que, como el pesebre sirve para llevar la comida cerca de la boca y consumirla más rápido, puede simbolizar un aspecto de la humanidad: la voracidad en el consumir. “Porque, mientras los animales en el establo consumen la comida, los hombres en el mundo, hambrientos de poder y de dinero, devoran de igual modo a sus vecinos, a sus hermanos”, dijo. “¡Cuántas guerras! Y en tantos lugares, todavía hoy, la dignidad y la libertad se pisotean. Y las principales víctimas de la voracidad humana siempre son los frágiles, los débiles”, denunció. “En esta Navidad, como le sucedió a Jesús, una humanidad insaciable de dinero, poder y placer tampoco le hace sitio a los más pequeños, a tantos niños por nacer, a los pobres, a los olvidados. Pienso sobre todo en los niños devorados por las guerras, la pobreza y la injusticia”, lamentó.

Aunque recordó luego que, “Cristo nace en el pesebre, donde se devora la comida, para hacerse nuestro alimento. Dios no es un padre que devora a sus hijos, sino el Padre que en Jesús nos hace sus hijos y nos nutre de ternura. Llega para tocarnos el corazón y decirnos que la única fuerza que cambia el curso de la historia es el amor”, subrayó.

“El pesebre de Navidad, primer mensaje de un Dios niño, nos dice que Él está con nosotros, nos ama, nos busca”, siguió. “Ánimo, no te dejes vencer por el miedo, por la resignación, por el desánimo. Dios nace en un pesebre para hacerte renacer precisamente allí, donde pensabas que habías tocado fondo. No hay mal, no hay pecado del que Jesús no quiera y no pueda salvarte. Navidad quiere decir que Dios es cercano. ¡Que renazca la confianza!”, exhortó.

En una misa marcada por bellísimos coros de la Capilla Sixtina que comenzó a las 19,30 locales (las 15.30 en la Argentina), el Papa también recordó que el pesebre, además de cercanía, habla de pobreza. “Jesús nace en el pesebre y allí nos recuerda que no tuvo a nadie alrededor, sino a aquellos que lo querían: María, José y los pastores; todos eran pobres, unidos por el afecto y el asombro; no por riquezas y grandes posibilidades. El humilde pesebre, por tanto, saca a relucir las verdaderas riquezas de la vida: no el dinero y el poder, sino las relaciones y las personas”, explicó. “Y nosotros estamos llamados a ser una Iglesia que adora a Jesús pobre y sirve a Jesús en los pobres”, subrayó, citando luego un mensaje de 1980 de San Óscar Arnulfo Romero: “La Iglesia apoya y bendice los esfuerzos por transformar estas estructuras de injusticia y sólo pone una condición: que las transformaciones sociales, económicas y políticas redunden en verdadero beneficio de los pobres”. “Cierto, no es fácil dejar la tibia calidez de la mundanidad para abrazar la belleza agreste de la gruta de Belén, pero recordemos que no es verdaderamente Navidad sin los pobres. Sin ellos se festeja la Navidad, pero no la de Jesús”, afirmó.

La cercanía, la pobreza y lo concreto

Finalmente, recordó que el pesebre nos habla de lo concreto. Destacó, en este marco, que Jesús, “que se hizo carne, no quiere sólo buenos propósitos”. “Él, que nació en el pesebre, busca una fe concreta, hecha de adoración y de caridad, no de palabrería y exterioridad. Él, que se pone al desnudo en el pesebre y se pondrá al desnudo en la cruz, nos pide verdad, que vayamos a la verdad desnuda de las cosas, que depositemos a los pies del pesebre las excusas, las justificaciones y las hipocresías. Él, que fue envuelto con ternura en pañales por María, quiere que nos revistamos de amor. Dios no quiere apariencia, sino cosas concretas”, sumó. Y lanzó un fuerte llamado a no dejar pasar esta Navidad sin hacer algo bueno.

Como es tradición, hoy al mediodía romano (las 8 de la mañana en la Argentina), Francisco impartirá la bendición y pronunciará el tradicional mensaje navideño “urbi et orbi”, a la ciudad y al mundo, desde el balcón central de la Basílica de San Pedro.

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