Sociedad

«El que las hace las paga…», el origen de refranes que usamos todos los días

Matusalén, Ñaupa, el que se fue a Sevilla y el chancho de San Martín. Todas expresiones coloquiales que forman parte de nuestro vocabulario. ¿Pero cuál es su origen? Lo cuenta Gustavo Capone, en MDZ.

Por Gustavo Capone (MDZ)

De dónde provienen estas frases que en forma automática repetimos hasta el cansancio muchas veces de manera sarcástica. Si bien las aplicamos referencialmente para exagerar situaciones puntuales con el fin de describir personas o hechos, y siempre tenemos en claro lo que queremos representar al decirlas, es muy probable que no poseamos idea de quiénes fueron esos tipos, lugares, situaciones o procedencia a los cuales nos referimos al pronunciarlas.

Estos dichos masivos andan todo el día dando vueltas entre nosotros, “como bola sin manija” marchan de boca en boca ironizando una nota que probablemente todos interpretaremos, aunque sin conocer algunos detalles.

He aquí una pequeña semblanza aclaratoria, que nunca está de más, por si hay algún “colgado de la palmera” que “viviera dentro de un termo” y no los escuchó nunca o por si el ocasional interlocutor requiere más precisiones ante la comparación que sobre él efectuamos. Entonces, “zapatero a tus zapatos”.

El popular Matusalén (MatushAlen) es un personaje bíblico. Era hijo de Enoc, un nombre muy popular en la Biblia. Enoc, aparece nombrado varias veces en el libro sagrado, primero como primogénito de Caín (el hermano rebelde de Abel). Pero nos detendremos en el Enoc que en la Biblia era el segundo hijo de Jared, descendiente de Set, hijo del conocido Adán, pareja de Eva, la que ofrecerá la manzana tentadora.

Lo importante es que éste Enoc fue el padre de Matusalén. Todo este relato previo es para tomar dimensión del tiempo atrás que estamos hablamos. También Matusalén fue el padre de Laméc y el abuelo de Noé. Sí; Matusalén fue el abuelo de Noé, el del diluvio universal, según el libro del Génesis. ¡Mira si no será viejo! Matusalén fue anterior al diluvio, y al arca que salvó a todos los animales. 

Mejor no dejar la silla vacía. Espacio que se deja, es ocuipado por otro

Según la Biblia, Matusalén vivió 969 años convirtiéndose en el personaje más longevo de las sagradas escrituras. Nació en el 3074 aC y falleció en 2105 aC.

Para proseguir con la línea anterior referenciada con el tiempo abordamos el término “ñaupa”. Lo primero por acotar es que “ñaupa” no es una persona. No es un “coso” como Matusalén. Es un americanismo que proviene del quechua “ñawpa” y significa “lejano” o “muy atrás”. Es muy usado en Sudamérica; se referencia con lo viejo y para la formalidad literaria de principios de siglo XX su utilización fue considerada anticuada y propio del ámbito rural.

“Ñaupa” fue adoptado también por los españoles que llegaron a América. Algunos lo relacionan con la cuna o los pañales. Podríamos inferir pues que ñaupa era “del tiempo que usabas pañales”, pero lo justo es vincularlo con la etimología india.

Aquellos españoles tenían además muy arraigado a otro personaje para simbolizar lo viejo o el muy lejano tiempo que rápidamente también cobrará auge. Así como decir “de los tiempos de ñaupa” era peyorativo para determinada clase social, renacerá otra expresión que significaba lo mismo, pero un tanto más “pituca”: “ser de los tiempos de Marícastaña”.

«Abreme la puerta blanca…»

Expresión famosa por María Castiñeira, una mujer que habría nacido en Cereixa (España) durante 1374 y que residió en Lugo. Curioso fue que cuando propusieron ponerle el nombre a una calle de Lugo con “Maricastaña”, la iniciativa fue rechazada por la comunidad ya que muchos consideraron que era un personaje sin relevancia histórica.

Finalmente, triunfó la postura de inmortalizarla con un nombre de calle, cuyos sostenedores de la iniciativa hasta recurrieron a Cervantes y su Quijote para argumentar a favor de su fama. En Argentina, María Elena Walsh y Leda Valladares hicieron un álbum musical con populares temas españoles que la recuerda: “Canciones del tiempo de Maricastaña” (1974).

Todos interpretamos correctamente como que se puede perder un privilegio o beneficio por el sencillo hecho de abandonar un espacio. El dicho generalmente se torna un juego hogareño que muchas veces se conjuga con la picardía infantil. Quien se levanta de la silla para buscar algo en la heladera puede perder el lugar privilegiado frente al televisor, o perder su reposera en el picnic de la playa por ir a conseguir una gaseosa, o el lugar al lado de la ventanilla del auto cuando la víctima que se retrasa podrá ser sentenciada a viajar “al medio” del asiento trasero. Terrible. Sujeto a berrinches, reproches y burlas. Pero aquel refrán histórico muy lejos estará de esos cotidianos ejemplos de disputas domésticas. En realidad, el refrán es: “El que se fue de Sevilla, perdió su silla”.

La popular expresión tendrá su origen en los durísimos tiempos cuando Enrique IV, “el impotente” (hermano de Isabel, “la Católica”) fuera rey de Castilla entre 1454 y 1474, donde la política, el poder de la iglesia y los intereses mezquinos se articulaban. La expresión nacerá del trágico enfrentamiento de dos arzobispos, vaya casualidad, también parientes: Alonso de Fonseca, alias “el viejo” 0 “el patriarca de Alejandría” (el tío) arzobispo de Sevilla y Alonso de Fonseca y Acevedo, alias “el mozo” (el sobrino).  

Lo cierto fue que por ese entonces todo el reino de Galicia estaba muy convulsionado, así y todo, en 1460 “el mozo” fue nombrado arzobispo de Santiago de Compostela y pedirá ayuda a su tío (“el viejo”) para solucionar los conflictos en Compostela y tomar posesión de la sede episcopal. Hacía allá marchará “el viejo”, mientras tanto él (Alonso de Fonseca “el mozo”) se quedaba cuidando el arzobispado de su tío en Sevilla.

El final de la historia seguramente es imaginable. Cuando volvió “el viejo” a Sevilla, su sobrino “el mozo” no quiso restituir el arzobispado, lo que generó gran revuelo que contó hasta con la directa intervención del papa Pio II, la armada del duque Medina Sidonia y del mismo rey Enrique IV. El conflicto se dirimió con el uso de la fuerza. Persecuciones, batallas, encarcelamiento y ahorcamiento formaron parte de la dramática situación.

En fin, pasó lo que sucede en muchas familias, “donde el que no corre, vuela”, y en este caso también con la flagrante violación de varios mandamientos. Pero como siempre pasó “el zorro pierde el pelo, aunque no las mañas” y Alfonso “el viejo” fue restituido. “El que las hace, las paga”, le habrá enrostrado al sobrino.  

Conclusión: “El mozo” recibió una lección y no pudo escaparse del sabio dicho: “A cada chancho le llega su San Martín” (por aquella conmemoración a San Martín de Tours coincidente con el otoño español, momento de los característicos “carneos” de cerdos para producir embutidos).

Pobre sobrino; bueno, “el que quiere celeste que le cueste”, y ya que estamos: “celeste”, por lo difícil que era conseguir para los aristocráticos mecenas que querían ornamentar los monumentos, palacios o catedrales con piedra “lapislázuli” (la piedra azul de los cielos) trayéndola de Oriente, pero también desde la antigüedad, una piedra sagrada con amplios poderes curativos. Obvio, era una gema carísima que salía “un ojo de la cara”.

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