Por Alvaro López Melián
Sé que no es común. Pero me gusta recordar a las personas que me dieron una mano, me ayudaron o, simplemente, me brindaron su apoyo cuando lo necesité a lo largo de mi vida. Y fueron muchas. Una de ellas, justamente, la trajo a mi mente una publicación que hace unos días realizó mi gran amigo, y uno de los grandes fotoperiodistas de la historia, Mario Paganetti.
Allí aparecía nada menos que Ante Garmaz, un reconocido modelo argentino, y luego gran empresario de la moda. Algunos tal vez lo recuerden. Durante los primeros años de la década de 1980, cuando él gozaba de gran popularidad, me tocó hacerle varias notas para distintos medios. Yo era muy joven en ese tiempo, pero a pesar de ello siempre me trató con gran deferencia y respeto, algo poco común cuando uno recién empieza. Repitiendo, al final de cada entrevista, que contara con su ayuda si la necesitaba en algún momento.
Y ese día llegó, justo cuando José Lata Liste, el dueño de la legendaria “Mau Mau”, me invitó a compartir una cena “muy formal” para «cubrir», desde adentro de su propia casa, y después en su boliche, la llegada de varios representantes de la decadente “nobleza” europea – desde Carolina de Mónaco a la princesa von Fürstenberg -, que había invitado a su aniversario.
Pero existía un problema. Yo no tenía ropa adecuada para la ocasión, ni mucho menos. Miré vidrieras y precios en busca de algo que me «salvara», pero todo estaba muy lejos de mis posibilidades. Entonces se me ocurrió, ya «sobre la hora», preguntarle a Garmaz, si tenía un saco que pudiera alquilarme. Porque pantalón, zapatos – bien lustrados -, y camisa blanca tenía, no nuevos, pero caminando rápido, como decía mi abuela, no se verían demasiado…

Y así fue, lo llamé por teléfono y no terminé de contarle lo que necesitaba que, primero, me «reto» por no haber acudido a él inmediatamente. Que tenía todo a mi disposición, gratuitamente, que lo pasara a buscar ya mismo por su oficina.
Así lo hice. Me tenía preparado. Me tenía preparado un traje completo, camisa, zapatos y hasta un moñito, todo de enorme calidad y valor. Además de un sastre que trabajaba con él por si había que hacer algún arreglo.
Y hasta me regaló, como lo hizo luego en otras ocasiones a lo largo del tiempo, una de sus extraordinarias corbatas de su enorme colección. Algo que atesoré durante años.
Para mí fue tocar el cielo con las manos. Asistiría a la cena y fiesta más importantes de su época con un atuendo “de primera”, haría las notas pautadas y otras que, por suerte, vendí a muy buen precio a un medio extranjero. Y todo gracias a la ayuda del inefable Ante Garmaz, un verdadero grande de la moda y de la vida que debió luchar durante muchos años para imponer su talento y dejar de lado los prejuicios que intentaban marginarlo.
Este mes de julio se cumplirán 12 de su fallecimiento y mi agradecimiento, humilde por cierto, aún perdura.


0 comments on “Ante Garmaz, el salvador”