Por Sergio Sinay
Desde que los seres humanos existimos nada nos fue garantizado. Vivir resultó siempre una inversión de riesgo. La inseguridad es parte de la vida, viene con ella. ¿Cómo saber si este no será nuestro último día? Nadie nos puede vender un seguro contra eso, a pesar de que existan pólizas para casi todo. Y aun así, nada está asegurado. La vida es una aventura de final incierto que se reanuda con cada amanecer. Si pretendemos vivir como inmortales, nos frustra cada hecho con el que la vida nos recuerda nuestra condición mortal.
En “La sabiduría de la inseguridad”, un ensayo cada día más revelador y vigente, el filósofo Alan Watts (1915-1973) dice que cuando no nos atrevemos a fluir en el río de la vida desde su nacimiento hasta su desembocadura, aceptando cambios y misterios, pasando por la incertidumbre y explorando el sentido de la existencia, terminamos por buscar refugio en supuestas seguridades, a menudo falsas. Nos metemos en fortalezas ilusorias, como el dinero, el poder, los blindajes físicos (de casas, autos, etcétera) y en nichos emocionales (mantener pocos vínculos, sospechar del otro, refugiarse en pantallas y redes). Paralizamos el flujo de la vida. No hay ciencia, no hay creencia, no hay receta mágica que nos garantice seguridad. Somos seres destinados a vivir y desarrollarse en la incertidumbre.
El filósofo francés André Comte-Sponville ve, por su parte, dos actitudes en cuanto a la seguridad. Una es la disposición del alma para ir hacia la vida desarrollando recursos propios, sobre todo internos, y compartiendo peligros con los otros, los semejantes. La otra es comprar todo lo que nos prometa que no sufriremos ni correremos riesgos. La primera actitud es una virtud. La segunda, sólo un contrato. No conviene caer en la ilusión de que a mayor cantidad de contratos gozaremos de más seguridad. Quien quiere prevenirse contra todos los riegos suele terminar protegiéndose de la vida.


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