Reflexión

No es chiste: la existencia es un mero azar

Un extracto de la nota en Seúl, de Leonardo D´Esposito, introduce en el mundo del humor, con el cual el autor no teme ni ofende. Lo ideal es clickear el link: https: //seul.ar/humor-ofensa-cancelacion/

Casi no somos nada. Hasta donde sabemos, en el universo no hay vida inteligente (sic) como acá, y aunque las probabilidades digan que puede ser, andá a saber. Somos un montón de polvo rejuntado al azar que, por esas cosas de la naturaleza, tomó conciencia de sí. Si dudan de lo excepcional del asunto, piensen que no hay otro animal que tenga esa característica. Tampoco que pueda hablar u ejercer poder en el mundo a través de sustitutos de las cosas, como hacemos nosotros con las palabras.

Ah, las palabras… Son al mismo tiempo nuestra gran herramienta, la bendición evolutiva que nos hizo lo que somos, y una maldición. Es extraño que esas palabras con la que hemos construido la civilización hoy estén bajo escrutinio permanente. Las palabras son inocentes; lo que no es inocente es su uso. Produce cosas, tiene consecuencias. Pero sólo lo hace y sólo es posible saberlo si las palabras se usan, justamente. Qué problema.

Volviendo a lo poco que somos, la existencia humana es en sí misma una ridiculez. Los grandes procesos físicos, el titánico nacimiento de una estrella o la colisión de agujeros negros es inmensamente más determinante para el todo del universo que si te jode un chiste con la palabra “puto”. En serio, sé que parece extraño, pero no. Al universo – lo sabía Lovecraft, que se reía más bien poco, y lo sabía John Ford, que tomaba mucho -, no le importa en lo más mínimo si la abuela Eudosia se fracturó la cadera. Claro que a uno sí le importa porque adora a la abuela Eudosia, porque recuerda su tuco amoroso de cada domingo. Pero incluso a escala menos monumental que la del Todo, a los que viven a dos manzanas de distancia les importa nada la abuela Eudosia. No tienen idea de su existencia, probablemente. Si alguien le cuenta a uno de esos vecinos que la abuela venía de la verdulería y pisó una mandarina, que agitó las piernas en el aire mientras caía para quedar despatarrada en el suelo, seguramente diga “uy, qué barbadidá” y en su mente se dibuje una anciana volando por el aire de modo tan ridículo que le cause gracia.

Y seguro que uno lo cuenta para eso, para que cause una impresión, una emoción, una gracia. Por muy doloroso que haya sido, por muy triste que sea la convalescencia de la abuela Eudosia, es posible narrar el hecho sin que la parte triste se integre al cuadro. Sucedió algo excepcional y uno lo narra de tal modo que sostenga esa excepcionalidad en la mente del receptor. Sí, por supuesto que también se puede contar de modo trágico y el sentido – plasmar un cuento excepcional en el otro -, sería el mismo. Pero el humor tiene una característica importantísima, clave, que lo hace en el fondo mucho más útil que el drama: nos recuerda que somos insignificantes. Que nuestra existencia es un mero azar, algo casual y frágil que, por lo tanto, no tendríamos que tomar nada demasiado en serio.

El humor se hace de palabras, incluso cuando las palabras se trasladan a imágenes y a sonidos. Porque pensamos con el lenguaje, qué se le va a hacer. Es así. Y el humor es difuso, también: a todos nos causan gracia diferentes cosas, y hay cosas de las que no podemos reírnos. Pero eso es una dimensión individual (o colectiva) mínima. Tampoco nos hacen llorar a todos las mismas cosas, aunque, en general, la muerte se empeña tanto en recordarnos que vamos a morirnos que, inevitablemente, la pena llega. El humor, por otro lado, provee ante eso algo llamado “consuelo”, la idea de que, después de todo, incluso si nuestra existencia es la nada misma al lado del gran absoluto, incluso si en 100 años probablemente nadie recuerde que alguna vez pisamos esta piedra rodante en un conurbano distante de una galaxia de tamaño mediano, mientras estemos valdrá la pena estar. Porque nos pudimos reír de ser, incluso de la peor de las desgracias. No crean que incluso en Auschwitz no hubo nunca una risa por parte de un prisionero (lean a Primo Levi, si no me creen). La gracia, la risa, son también capacidades humanas, únicamente humanas, y proveen ese consuelo del que hablamos, al menos por un instante que sirve, paradójicamente, para aferrarse a la existencia. Mientras reímos, incluso de lo más terrible, estamos vivos

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