Por Juan Yaría
“Es posible que las familias no estén interesadas en la guerra cultural, pero la guerra cultural está interesada en ellas”.
Rod Dreher, «Vivir sin mentiras» (2020)
Son otros tiempos. Jorge pasó sus días infantiles rodeado de juegos y aparatos electrónicos. Fanatizado con influyentes «youtubers» que en forma velada hablaban de drogas, banalizando sus efectos. El rendimiento escolar es regular: la adición a los video, en muchos casos, está ligado a trastornos del aprendizaje. La atención, la memoria y las distintas habilidades cognitivas quedan sujetas a la pantalla y se resienten, así como la socialización infantil.
Oscar vive en la calle. La escuela casi no existe, así como la vida familiar. Los progenitor4es no están. El padre lo abandonó de chico y la madre trabaja y toma alcohol cuando viene, para “sedar» sus penas y soledad.
Dos escenarios de hoy, donde la familia y la escuela son débiles y no pueden proteger a los más jóvenes de una sociedad hipertecnologica, acelerada, globalizada y con déficit de encuentros, emociones compartidas y modelos vitales.
Las transmisiones generacionales – bases del desarrollo humano -, resultan ser anémicas ante la fuerza de las video-pantallas y la crudeza de la sobrevivencia en la calle.
Los diversos “Patrones del Mal” (mentando los diversos Pablos Escobar vernáculos) se van adueñando de esos jóvenes con padres extraviados. Circundan las vidas de Jorge y Oscar, quienes están a la busqueda de refugios que los alienan en un mundo de paredes y hogares inexistentes y al servicio de la destrucción.
Es el signo de la destradicionalización. En Occidente permite el reinado del «totalitarismo blanco» de los que imponen y rentan con gran plusvalía un modo de ser alienado y mortífero.
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Tradición es “tradens” (transmisión). Sin transmisión no hay cultura y no hay hombre posible. Es aquello que Hegel mencionaba simbólicamente como sucediendo entre abuelos, padres e hijos en el “Discurso de Jena”: era el pasaje de notas de enseñanza entre generaciones, cimiento este de un vivir posible desde la familia, la escuela y toda la base de la cultura territorial.
Así, hoy el “Santísimo Paco” es la pócima deseada . Los pacientes me dicen: “ahí somos Dios”. Y conquistan el Infierno en la Tierra culminando sus vidas en el deterioro.
Ni Gramsci (neomarxista que pregonaba que Occidente no sucumbirá por la lucha de clases sino por la caída de los fundamentos de su cultura) lo hubiera visto tan fácil; o, como decía Marx, todo “lo sólido se desvanecerá en el aire”.
Sobre un telón de muerte, unos y otros están inmersos en la video-pantalla o los diversos Instagram o Facebook que son la Real Academia de sus existencias para desaparecer o morir.
Otros, que están en las calles, entran en tribus, clanes y barras bravas, formando parte de alianzas cómplices con diversos miembros de la corrupción haciendo de correos a costa incluso de sus vidas.
La droga reina y en el altar de los sacrificios miles se inmolan en una sociedad que tiene características que invitan al “totalitarismo blando» del drogarse. No hacen falta tiranías solo “totalitarismo blando”. George Orwell nos enseñó en “1984” (obra magna), que “dos más dos son cinco”. Porqué el sentido común queda a un costado en aras de lo relativo que implica la deconstrucción de la realidad.


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