Por Juan Yaría
“…muchos pacientes crean su propio “campo de concentración”, ya no están más los nazis ni los Gulags stalinianos, sino los múltiples “aguantaderos”
Víctor Frankl («El sentido de la vida»)
Una madre rosarina se presenta con sus dos hijos que consumen. Lo hacían con su padre que murió luego de una enfermedad terminal agravada por la venenosa ingesta. Están deprimidos, sin fe y desordenados. Siento que hay hacia mí un pedido paterno para que los ayude a encontrar un sentido a la vida. El adicción intrafamiliar es una realidad.
Jorge, otro paciente en rehabilitación, vive con nosotros en la casa de medio camino. Dirige un gimnasio, participa en los grupos y transita por un espacio disciplinado que provee terapias y, fundamentalmente, limites. Quedo solo en el mundo; su padre consumía con él y se murió. Su tío falleció también por la misma causa. La obra social de un familiar facilita esta “salvación” de un ser humano que, además, era “barra brava» del conurbano.
Utilizo en mi tarea clínica este esquema para entender la complejidad de las situaciones actuales que tenemos que enfrentar ya que se ligan varios fenómenos que se interconectan:
- En el centro se ubica la identidad vaciada por el uso de sustancias; la palabra “nameless” significa que es un “nadie” que depende de las drogas para “vivir muriéndose”. Nuestro trabajo terapéutico es transformarlo en «alguien» a través de «nosotros» (con ayuda y compañía). Jorge llegó «solo, fané y descangallado». Se hicieron estudios de personalidad (delirios, trastornos impulsivos) y se detectaron los síntomas psiquiátricos y psicológicos. Equilibrar la inestabilidad es duro: hay que sortear la abstinencia, la angustia, el insomnio e, incluso, las autolesiones.
- Luego, se determina la cantidad de años de consumo; tenemos pacientes de más de 20 años e incluso hasta 40 años con distintos trastornos metabólicos asociados (diabetes, hipertensión, daños renales, etc.). Las estructuras más finas del cerebro de autocontrol están hipotecadas por el abuso continuo que a veces comienza para sedar, angustiar o estimular y luego termina siendo un hábito imposible de controlar. Se configura así la esclavitud y, por fin, la edad de iniciación (hoy, habitualmente a los 12 o 13) con alcohol, marihuana, cocaína y crac. Una maduración nociva.
- El contexto estimula. Pulula la oferta desde distintos lugares y con un “neuromarketing“que banaliza el consumo. Sin educación preventiva ni detección precoz la plusvalía está garantizada.
- Observación. ¿En qué momento del ciclo vital, el paciente empieza recordar duelos anestesiados con drogas (muertes) , abusos, incesto…?
- Hay que reforzar el vinculo con ellos. He aquí la clave: el principal factor de retención y de cambio. El acompañamiento que el paciente siente de sus compañeros y de su equipo terapéutico lo lleva a reencontrar un sentido. El paciente necesita percibir que esta en una casa que transmite amor, limites y valores que son reaseguros de la vida.
- La relación con otras instituciones; muchos vienen de varias internaciones o de un pasar errante en “cementerios al aire libre. Están entregados. Sin esperanza. La tarea es reconstruirla. Se piensan «atrapados y sin salida», tras deambular por emergencias de guardia o centros, sin ir a las raíces de su problemática. El mal es crónico.
- La novela familiar no falta. Abandonos, fallos funcionales, traumas que son heridas abiertas…


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