«Al ocuparme de la política, no he querido por lo tanto sancionar algo nuevo o desconocido, sino establecer con razones ciertas e indudables lo que mejor concuerda con la práctica.
En otros términos, deducirlo del estudio de la naturaleza humana; y para aplicar en este estudio la misma libertad de estudio que debe emplearse en las investigaciones matemáticas, traté por todos los medios de no ridiculizar las acciones de los hombres, de no llorarlas, de no detestarlas, y adquirir en cambio de ellas un conocimiento exacto.
He considerado, asimismo, los afectos humanos: el amor, el odio, la cólera, la envidia, la soberbia, la piedad y los restantes movimientos del alma, no como vicios sino como propiedades de la naturaleza humana; modos de ser que le pertenecen, lo mismo que pertenecen a la naturaleza del aire, el calor, el frío, la tempestad, el trueno y todos los meteoros.
Por más que me desagraden esas destemplanzas, son necesarias, habiendo causas determinadas por las que nos dedicamos a conocer su naturaleza; cuando el alma adquiere su conocimiento exacto, goza de él lo mismo que el conocimiento de las cosas que son agradables a nuestros sentidos».


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