Reflexión

El fantasma de la libertad

Apalancado en varios filósofos humanistas, Sergio Sinay, señaló que la libertad significa reconocer límites y responsabilidad en las elecciones que se adoptan. Resistirse y buscar culpables externos es un signo de inmadurez.

Por Sergio Sinay

¿De qué libertad hablamos cuando tanto se habla de libertad? Porque no hay libertad en donde no hay límites. Justamente porque todo no se puede y todo no se debe, existe la noción de libertad. Libertad y límites son opuestos complementarios, se necesitan el uno al otro para cobrar significado. Rollo May (1909-1994), uno de los padres de la psicología existencial, disciplina que pone el acento en la importancia de la responsabilidad del individuo en la elección de sus caminos, señaló que “la libertad humana consiste en nuestra capacidad para hacer una pausa, para elegir la respuesta hacia la que queremos lanzar nuestro peso”. Elegir es la palabra clave. La vida es una elección continua, dado que, vale repetirlo, no se puede ni se debe todo. Además, existen los otros, que son diferentes de nosotros y por lo tanto pueden tener opiniones, gustos y direcciones distintas.

May (al igual que Víktor Frankl, Irvin D. Yalom. Abraham Maslow y otros psicoterapeutas y pensadores humanistas) señalaba que hay una libertad primera, la del bebé que al irse despegando de la madre quiere acceder a todo y patalea furioso cuando topa con el “no” o con la prohibición, y la libertad última, la del individuo que evoluciona hasta comprender que el conflicto y la imposibilidad son parte de la vida y asume la responsabilidad de tomar una decisión y una actitud haciéndose cargo (responsable) de la consecuencia. El dilema moral o trágico que esto encierra está en la médula del existencialismo y, se tenga o no se tenga consciencia de él, se presenta una y otra vez a lo largo de la vida.

Un signo de madurez psíquica y emocional, y de agencia moral, es aceptarlo y vivir en consecuencia. Y un síntoma de inmadurez en todos esos planos es resistirse y buscar culpables externos. Quienes no trascienden la primitiva y precaria libertad del bebé, no soportan la negativa, la frustración ni los límites puestos por leyes y normas, por la presencia de los otros, por la naturaleza o por la propia imposibilidad física o psíquica, y ven en esos límites la presencia de un enemigo. Es sólo el fantasma de la libertad.

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