Por Nino Ramella
Aunque no tanto como ahora, en política siempre hubo violencia verbal. Generalmente los ataques entre unos y otros nacían de los distintos enfoques en temas de relevancia para la comunidad, aunque tampoco faltaban acusaciones personales.
Solía, eso sí, advertirse cierta sutileza ilustrada para acometer los agravios, que de todas maneras no eran, ni lejos, tan usuales como los que hoy predominan el discurso político cotidiano.
El tema es que no sólo hay inflación en la moneda. También las palabras sufren inflación. Y de tanto usarlas a cada rato y por cualquier motivo también van perdiendo el sentido, es decir el valor que tenían al ser acuñadas. Acaso el ejemplo arquetípico de esta ecuación sea la palabra “boludo”, que tanto nos identifica a los argentinos, y que de ser insulto hoy se toma como una expresión de entrañable cariño.
Ya han perdido efecto palabras como “chorro”, “ladrón”, “traidor” y un sinfín de otras linduras que en tiempos idos hubieran generado un reto a muerte. Hoy al día siguiente de llamar terrorista asesina de niños a una dirigente política el injuriante puede nombrarla ministra de su gobierno…ah! ¡y de Seguridad! (NR: que debería, velar, precisamente, por los niños).
Lo que está ocurriendo es un descenso a la vulgaridad como nunca antes habíamos vivido, al menos así en categoría de clima reinante…ya que alguna que otra expresión rústica nunca nos ha faltado.
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Hay una hipótesis interesante para el debate. Javier Gomá, filósofo español, sostiene que “la vulgaridad es la hija fea de dos padres hermosos, la igualdad y la libertad”.
“Nunca antes la igualdad y la libertad fueron juntos. De ellos sale un producto que merece respeto porque sus padres son eminentes. La vulgaridad es el precio que hay que pagar por ser libres e iguales”.
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Y también Gomá abre una puerta a un futuro más promisorio: “Ahora, la vulgaridad debe ser un punto de partida. Hay tres posibilidades ante lo que llamo la vulgaridad triunfante. La primera es el repudio y un deseo de volver a la situación anterior, que podríamos llamar la actitud reaccionaria o tradicionalista. Una segunda reacción, que me parece todavía más peligrosa, es la de la resignación. Luego está la tercera, que es la propuesta de un ideal, la reforma de la vulgaridad por la ejemplaridad. Yo milito en el tercer movimiento”.


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