El nihilismo no es, ni más ni menos, que un diagnóstico de la crisis de sentido, de la presencia cada vez más relevante del absurdo que observaba en su tiempo. La nada se apoderaba de una sociedad en apariencia rebosante de energía, pero con sus cimientos en proceso de putrefacción.
Friedrich Nietzsche identifica el origen de esa carencia en la Muerte de Dios, que no es sino la perdida de referencia de sentidos absolutos. Nuestra incapacidad para sustituir la mentira de una vida más allá que nos esclavizaba, pero nos dotaba de un sentido, y ante la cual nos vemos incapaces de crear nuevos sentidos que nos arraiguen a la vida, a la realidad de un único mundo.
Esta es nuestra única vida y la desperdiciamos siendo esclavos de una programación mezquina en nuestra vida cotidiana, de falsas felicidades.
Carecemos de un verdadero sentido de la finalidad en nuestras acciones, deambulamos carentes de orientación. Un diagnostico que vale para el XIX, vale para el XXI. Si tomáramos conciencia del absurdo de la esclavitud a las nuevas tecnologías, cómo nos están cambiando, el proceso de embobamiento que llamamos entretenimiento, descubriríamos algunas de las causas por las cuales hay tantas cosas que no van bien, en la sociedad, en la cultura, en la política.
- Imagen destacada: Nietzche, ya muy enfermo, cuidado por su hermana en 1889


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