Reflexión

Qué hacer para no ser pasado a degüello

Un incidente tonto y grave a la vez en una conocida cadena de pizzería con casi 100 sucursales en todo el país, le hizo dar una vuelta carnero al periodista Sergio Elguezábal. De la calentura, a una forma más civilizada de convivencia.

Por Sergio Elguezábal

Hay una cadena de pizzerías en Buenos Aires que se caracteriza por la disparidad en la atención y en la calidad de los productos que ofrece. En una noche linda, fui con Marina a una que está sobre la avenida Federico Lacroze. La comida típica italiana riquísima; al mozo te lo querías llevar a tu casa por lo amable y compinche a la hora de ofrecernos los platos. Un verdadero campeón.

Otra vez, en Santa Fe y Coronel día, la atención fue pésima y la pizza no estaba rica y eso que la marca es una de las más tradicionales del país desde hace décadas. Con sede en Santa Fe y Godoy Cruz, hoy cuenta con casi 100 franquicias en todo el país.

Cuento esto por la experiencia que viví anoche y que reproduje en un hilo de tuit. Dice así: ´Un pizzero de Kentucky me acaba de amenazar con una cuchila en un establecimiento de Rivadavia al 4700, en Caballito. Llegaba a casa tarde y con hambre y paro ahí a comprar un par de muzzas y una faina.

No salió, me dice el cajero. –Cuánto tarda, pregunto. El que está cocinando, murmura por lo bajo, sin que por eso deje de escucharlo: ´Si estás tan apurado, andate a otra que queda a 10 cuadras´.´Qué decís´, respondí. –´Lo que oíste, gil. Si no te gusta, anda a la otra´.´Pero…vengo cansado, de tener una día difícil, quiero comprar y me salís con esto: ¿Qué te pasa?´.

Sin comerla ni beberla me encontré en un lío. Vamos y venimos en una discusión banal, típico de varones: ´que vos me dijiste, que yo te dije´. Corté por lo sano: pedí un par de napolitanas para calentar en casa, y le dije al empleado de la caja donde podía presentar una queja. ¿Para qué? El otro, recaliente, se me viene a lo Juan Moreira. Por suerte, la barra nos separa. Igual recapacito: no tengo que hablar más. Tengo frente a mí a uno que viene a degollar a un pato y no quiero que ese cogote sea el mío. Me agarro la cajita, y salgo escuchando sus gritos, arma en mano. Creo que allí no iré más».

Una reflexión porteña

Así finaliza el hilo de tuit.

Al otro día, en eñ programa de radio por la 1170 Sábado Verde, encuentro voces solidarias. Más fresca mi cabeza, tengo en claro que no quiero que ese hombre se quede sin trabajo. ¡Que nadie se quede sin trabajo en este mundo! Miro otras cosas: antes que juzgar o condenar al mentado pizzero, me fijo de dónde viene, cuántas horas está parado ahí, cuánto le pagan, que capacitación recibió el dueño de la franquicia o del gremio que le retiene sus haberes, en caso de estar en blanco.

¿Esta gran cadena de pizzerías pensó en eso?, ¿en que más allá de los números y la cantidad de harina a amasar, es necesario atender el crecimiento y el desarrollo de las personas? Me parece que no. Así, el comercio no será sostenible en el tiempo.

Pagan mal y poco. No adiestran a las personas, a los que atienden las mesas, los que están en la caja o al lado de los hornos. Cuando llegué a mi departamento, me encontré con una porción de más, posiblemente un intento del empleado sorprendido de la caja, por alivianar las cosas, ante la posibilidad real de ser pasado a degüello.

El episodio queda como una anécdota más. De la que hay que aprender. Es necesario cambiar el modo de hacer las cosas, en la organización que nos damos. No puede una marca tan conocida hacer las cosas tan despatarradas. No es pareja la atención ni la calidad. Se convierte en un hecho temerario, frente a organizaciones horizontales y transversales que tiene una manera más amable y solidaria de actuar. No es que cualquier decida cualquier cosa. Debemos, conscientemente, transformarnos, para tratarnos con respeto democrático».

  • Imagen destacada: el cuchillo para cortar pizzas, no para agredir a los clientes

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