Por Joaquín Paganetti
Un día soleado de enero, Carlos estaba caminando por la Avenida Del Libertador, cuando de repente se encontró con una caja en el piso. Estaba al lado de un faro de luz y contenía numerosas revistas. Si no hubiera sido por la cara de Lenin, que sobresalía al tope del estuche en “Los Hombres de la Historia”, revista del año 1968, quizá no hubiera percibido aquellos pedazos de cartón.
“¿Será que para alguien las letras son basura?”, pensó Carlos. Pero casi inmediatamente se dio cuenta de lo que había ocurrido. Eran los libros y revistas de un muerto. No cabía la menor duda. Ya había vivido este tipo de episodios, donde se encontraba con tesoros que, váyase a saber por qué, solían tener muchos libros sobre psicología.
La primera vez que se dio cuenta que estaba tocando los restos de un muerto, le causó absoluto rechazo y angustia. Luego comenzó a contemplarlos como una parte mas del escenario urbano que aparecía de vez en cuando. Y ahora se lanzaba a ver sin tapujos, estimando que podría encontrar algo de su interés: política, historia, o filosofía.
Como estaba en dirección a un trámite pendiente, agarró la revista sobre Lenin y desestimó las que llevaban en su tapa el día de asunción del exPresidente argentino Raúl Alfonsín. Le parecía interesante pero no quería juntar mas papeles. Siguió caminando y una idea se le vino a la cabeza: ¿Y si se los llevaba a un kioskero de diarios para preguntarle cuánto le daba por ellos?
Aficionados por la historia habrá siempre, estimó Carlos. Quizá lo que conseguiría sería lo equivalente para comprarse un café, pero se iba a sentir realizado como una persona audaz.
No lo hizo. El hombre se quedó pensando. Si hubiera vendido los restos de un muerto al que no conocía, ¿hubiera corrompido su ética? Los hijos o alguien cercano decidieron dejar en la vía pública aquellos bienes, por lo que tenía una autorización implícita para hacerlo. La calle es de todos y a la vez no es de nadie, razonaba Carlos. Ciertos días, dramatizaba, se le figuraba la calle como un “terreno de guerra”. Como suele pasar en los sueños, lo que se imaginaba es mucho mas terrorífico que lo que sucedía en la realidad. ¿O no?
El lector andante no hizo negocios como la voracidad del deseo exige, aunque con eso no hubiera afectado a nadie. Le dejó la “oportunidad” a algún otro viajero, que venda las revistas con la misma decisión con la que él tomó la edición de Lenin.


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